TREINTA ANIVERSARIO

«Poner las cosas fáciles al oyente no estaba entre sus planes»
Fernando Ballesteros regresa al tercer álbum de estudio de la banda argentina. Ese con el que se acercaron a la psicodelia, al latido instrumental, al rock pesado e incluso a la bossa nova. Su trabajo más experimental.
Babasónicos
Dopádromo
SONY, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
La escena noventera en Argentina fue prolífica y dejó unos cuantos grupos reseñables. Entre ellos, destacaron con fuerza Babasónicos; a estas alturas, y con casi cuatro décadas de camino, toda una institución de la música de país que, durante aquellos años, se descolgaron con unos cuantos discos valientes, desafiantes y en los que los géneros se fundían para terminar generando un sonido cargado de personalidad.
En ese camino, los de Adrián Dárgelos, alcanzaron un claro punto de inflexión en su tercer trabajo, Dopádromo (96), una obra en la que lo primero que llamaba la atención era encontrar a una banda abierta a la experimentación y a dictar sus propias normas.
El grupo llegaba a este punto de su trayectoria con un background importante. Formados en Lanús, en 1991, editaron su debut un año más tarde y dieron un importante salto con Trance zomba (94), un notable elepé que se nutría de algunos de los sonidos y del espíritu de fusión que llegaba desde Estados Unidos y en el que se incorporó como miembro oficial DJ Peggyn.
El punto culminante de un espíritu inquieto y experimental
Aquellas ansias exploradoras se verían redobladas en su siguiente grabación, porque el disco que hoy nos ocupa es uno de esos en los que, apenas transcurridos unos minutos, ya te das cuenta de que cualquier cosa va a ser posible. Y sí, las guitarras fuertes se pueden dar la mano con la electrónica en un momento determinado, pero eso va a ser lo menos sorprendente del viaje. Meter todo aquello en una batidora y lograr que lo grabado tuviera una lógica interna era una empresa a la que podían enfrentarse con garantías Babasónicos en 1996.
Con ese objetivo se metieron en el estudio en el invierno de aquel año y confiaron en las manos del experimentado Andrew Weiss, quien se ocupó de la producción junto al grupo y mezcló el material grabado unos meses después en Los Ángeles, aprovechando la gira que los argentinos estaban realizando por aquellas tierras.
Trato de meterme en la piel de Weiss e intuyo que su trabajo no debió de ser sencillo. El resultado fue óptimo y se pone de manifiesto desde la bienvenida acústica de “Zumba”, que nos lleva de paseo por la psicodelia para desembocar en “El médium” y “Cybernecia” que encarnan la visión del rock que tenían los Babasónicos en sus primeros años. Tras el paréntesis instrumental de “Safari vixen”, llegan dos de los momentos más destacados de Dopádromo.
Las cuerdas dan lustre a la cinematográfica en fondo y forma, “¡Viva Santana!”, un brillante e imaginativo tributo a Tura Santana, la actriz del universo de Russ Meyer a la que presentan sus respetos con una de las mejores canciones de su carrera. “Perfume casino” no baja el listón, el grupo incorpora la bossa nova al catálogo y completa una brillante primera parte del viaje.
La segunda es un viaje aún más profundo a la locura musical, en la que lo mejor que puede hacer el oyente es soltar los mandos imaginarios, abandonarse, dejarse llevar y disfrutar. Llegados a este punto, podríamos hablar de estilos o especificar en qué momento pasan del rock furioso al funk o de este al folk, pero nos ofrece una idea más aproximada al conjunto, decir que, durante un rato, consiguen que los géneros dejen de existir para formar parte de un todo sorprendente. Al final, todas las excursiones sonoras, unidas al peculiar universo lírico del grupo, conforman un lenguaje propio bastante más allá de las etiquetas.
Una primera década arriesgada y una larga carrera de éxito
El 17 de septiembre, cuando se publicó Dopádromo, la crítica supo apreciar las virtudes del disco y su base de fans, ya importante en aquel momento, creció de forma considerable. Mientras, en el cuartel general de Babasónicos, seguían intactas las ganas de experimentar. Poner las cosas fáciles al oyente no estaba entre sus planes.
En 1997, y con los nuevos sonidos metálicos reinando en medio mundo, se metieron de lleno, con Babasónica, en los terrenos del rock duro y la oscuridad y, cuando salieron de allí, lo hicieron para ser un grupo radicalmente diferente.
Aún tuvieron tiempo, antes de que acabara la década de los noventa, de conquistar a un fan ilustre como Ian Brown. El exvocalista de los Stone Roses, no muy dado, por cierto, a regalar elogios, quedó fascinado por el grupo argentino y grabó junto a ellos “Babasónicos”, una canción ambiental y atravesada por su espíritu que estaba incluida en el segundo disco solista del mancuniano.
Lo decíamos al comienzo, Babasónicos son ya una institución del rock, pero sus pasos hace mucho tiempo que les conducen por terrenos mucho más convencionales. El rock que facturan, al que aún hay quien le pone el apellido alternativo, no tiene casi nada que ver con aquel grupo desafiante de sus primeros años. Sus primeros discos dan testimonio de unos años en los que ellos comenzaron a hacerse un nombre, y lo hicieron de una forma que seguramente sorprenda incluso a aquellos que se han ido incorporando a su legión de seguidores con el paso del tiempo.
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