Discos: “El ritmo de la calle”, de Topo

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“Poca gente como Topo puede utilizar con naturalidad y conocimiento de causa el término calle, que para algo plantaron la semilla del rock urbano”

 

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Topo
“El ritmo de la calle”
THE FISH FACTORY

 

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

 

Soy de esos, no sé si sumamos muchos o pocos, que se llevan una buena alegría cuando saben que Topo tiene nuevo disco, en la seguridad de que algo bueno esconderá, que caerá alguna de esas grandes canciones que firma José Luis Jiménez y que pone en pie junto a su socio de siempre, Lele Laina. Porque el cuarteto madrileño, que camina con paso firme pero tranquilo hacia su cuarenta aniversario (sin contar el tiempo anterior en el que Jiménez y Laina formaron parte de Asfalto), no suele defraudar. En esta entrega, editada hace ya varios meses, tampoco lo hace.

Aquí, en lo temático, regresan a sus orígenes, cuando la calle marcaba el paso de algunos de sus temas (de esos que calaron en sus seguidores y acabaron transformados en himnos), y su mismo título, “El ritmo de la calle”, ya lo avanza con diáfana claridad. Título que es, también, el que abre el cedé, un tema aguerrido que es grito ante tanta barbarie política y económica como nos circunda. Poca gente como Topo puede utilizar con naturalidad y conocimiento de causa el término calle, que para algo plantaron la semilla del rock urbano. Y desde esos guitarrazos que lanzan aquí y allá en este corte, recurren a una melodía de reminiscencias Beatle para el estribillo, como dejando claro que su origen está en la escuela de los que se educaron al calor del cuarteto dorado (esa debilidad por los juegos vocales siempre los ha delatado), pero que también escucharon a Cream, a Steppenwolf y a tantos otros que los orientaron hacia la contundencia. Lo que nos recuerda esa confusión histórica adscribiendo a Topo al hard rock (o más delirante, al heavy), cuando en realidad son un grupo de lo que hoy llamamos rock clásico, sin más, navegando con gusto entre la melodía exquisita y el ritmo intenso y preciso, hallando en tal tensión de fuerzas su identidad.

 

 

Pero hay más calle y denuncia en este álbum: en ‘El currante luchador’, un tema con la esencia de Topo bien definida, homenajean a la gente que todos los días sale a ganarse el pan trabajando: “Soldado sin nombre, héroe sin gloria, / el luchador. Soldado sin nombre, héroe sin gloria, / es el currante”. ‘Vagabundear’ está dedicada a aquellos que tienen que abandonar el país para encarar presente y futuro vital: “No, no esperes de tu país lo que nunca te dio / aprende bien esta lección”. Mensaje explícito, ¿no? Es un tema que, perfectamente, podría engrosar su particular colección de himnos, y la melodía ayuda a ello. En la misma línea incide ‘Policías y ladrones’, aquí con buenos riffs de guitarra y una base rítmica que arranca pesada pero que abre paso en las estrofas a un ritmo trepidante para regresar en los puentes al sonido duro. Es un rock and roll de estructura clásica, que en esto Topo son maestros: “En estos días de confusión, / la policía defiende al ladrón (…) No soy un delincuente, soy un ciudadano. / Abusas de tu autoridad. / Van de policías y otros son ladrones. / Cállate o lo pasarás mal”.

En ‘La máquina del tiempo’ fantasean con un mundo mejor que el presente, pero la máquina a la que se refieren es meramente personal y permanece en nuestra imaginación. La vista atrás la echan en ‘It’s been a long time (el murillo)’, un corte sobre sus inicios en la música siendo adolescentes y con referencias a canciones que les marcaron en aquel tiempo, y es que Topo (o José Luis Jiménez) es una de las bandas con más querencia por las metacanciones: temas que hablan de canciones o de música, de la labor y las sensaciones del músico. También el pasado lo protagoniza ‘Tarzán’, un homenaje a Johnny Weissmüller, héroe de la infancia (enlaza con ‘Fantasmas de celuloide’, de su anterior trabajo, “Prohibido mirar atrás”), y el corte menos emocionante de “El ritmo de la calle”.

Las influencias sesenteras de la escuela Beatle se dejan ver de nuevo en ‘El guitarrista de Hamelin’, otra ocasión para hablar del oficio del músico, ahora con Hamelín convertido en guitarrista. Mientras, ‘La dama y el juglar’, cantada por Lele Laina, es una filigrana y el tema más singular del álbum, en el que se narra una historia de corte medieval con toques juglarescos en la música pero interpretada con el sentido rock de Topo. El blues, y suman unos cuantos en su discografía, define, tras una sugerente y vaporosa introducción, el ‘Blues del cristal’.

Al blues regresan, pero preñado de soul (otra debilidad de Jiménez y Laina), en la sentida ‘Esta casa no es un hogar’, sobre el abandono de uno en la pareja y esa angustia que habita en la soledad y la ausencia. Tema sentimental es también el excelente ‘La cosecha’, alrededor del amor que hay que cultivar con dedicación.

Pero la joya de la corona es, sin dudarlo, ‘Canciones secretas’, a situar entre los grandes e incandescentes medios tiempos de Jiménez (con y sin Laina), como ‘Qué es esta vida’, ‘Inesperadamente’, ‘Colores’, ‘Lo que el viento no se llevó’, ‘Angel o diablo’, ‘Quijotes eléctricos’ o ‘Soy una montaña’. En esta ocasión la hermosa historia gira alrededor de los estudios de grabación Kirios y los extraños ruidos que los componentes de Topo escuchaban en la madrugada cuando grabaron allí varias décadas atrás, y cuyo origen desconocían. En la letra, esos sonidos se transforman en los fantasmas de canciones (otra vez las canciones, siempre las canciones) que en aquel estudio quedaron olvidadas. Pegado a él, brota otro enorme tema en el que surge su vena más sentimental: ‘Llueve en la ciudad’, con las acústicas en primer plano (¡qué bonito lo hace Topo cuando se “desenchufan” por un rato!) y a la búsqueda de la belleza de la canción, poco más, tan poco que está tomada directamente de la maqueta. Una delicia.

“El ritmo de la calle” no esconde demasiadas sorpresas, pero sí buenas canciones, que es de lo que se trata y esperamos del grupo. Canciones de esas que calan poco a poco para permanecer en la memoria del oyente, resueltas con la sapiencia habitual, tal vez con más “dureza” instrumental (sobre todo en muchos puentes de canción) de la que habían desplegado en las entregas inmediatas. Ya estamos esperando el próximo.

 

 

 

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Anterior crítica de discos: “Sinatra: All or nothing at all”, de Alex Gibney.

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