Diez discos esenciales de 1978

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discos-1978-11-09-2018

De Bruce Springsteen a Joaquín Sabina, pasando por Blondie. Sara Morales escoge diez discos que marcaron la historia musical de 1978, el año del punk y la Constitución española.

 

Selección y texto: SARA MORALES.

 

1978 siempre será recordado como un año de libertades, o por lo menos del principio de las mismas. El punk, cuya detonación había tenido lugar un poco antes, se asentaba en todos los rincones del mundo como una nueva forma de expresión artística; y España, que asistía a su propia revolución sociopolítica y cultural post-dictadura, aprobaba su Constitución.

También fue el año del Mundial de Argentina, del ingreso de la primera mujer española (Carmen Conde) en la Real Academia, del comienzo de la serie “Dallas” en la televisión norteamericana y de la victoria de Israel en Eurovisión, a manos de Izhar Cohen & The Alpha-Beta con su tema ‘A-ba-ni-bi’. El año en que nos despedimos de una fiera llamada Keith Moon, pero vimos nacer a Matt Bellamy, un chico de Cambridge que, unas décadas después, daría vida y voz a Muse. En 1978 llegarían al cine películas totémicas para el imaginario popular como “Grease”, “Superman” o “Halloween” y escucharíamos discos que, sin saberlo, iban a marcar un antes y un después en la historia de la música. Aquí van solo diez de ellos.

 

1. “Parallel lines” (Chrysalis), de Blondie.

El disco estrella de Debbie Harry y su banda. El tercero de su carrera, el que tras la emblemática fotografía de Edo Bertoglio para la portada, nacida de una idea del manager Peter Leeds, se esconden algunos de los éxitos más memorables del grupo: ‘One way or another’, ‘Heart of glass’ o ‘Sunday girl’. Una apasionante y certera mezcla de gamberrismo punk y sofisticación disco que, en la estrepitosa y también delicada voz de la rubia, se ganó el aplauso del público y de la crítica llegando al top de las listas británicas y al nº6 en Estados Unidos, consiguiendo colocar un millón de copias.

El trabajo mano a mano con el productor Mike Chapman resultó clave para la conversión del cariz subterráneo del punk en un poso comercial capaz de llegar a los oídos de la masa. Así, “Parallel lines”, se asienta hoy en día como el álbum matriz de la new wave y el trabajo más pop del punk, con el que Blondie ascendieron al firmamento del éxito y la popularidad mundial.

 

 

2. “Darkness on the edge of town” (Columbia), de Bruce Springsteen.

Los tres años de silencio que separan este álbum de su gigante predecesor, “Born to run” (1975), sirvieron para que el bueno de Bruce pudiera no solo asimilar su éxito desde la templanza y la tranquilidad tras una gira agotadora, sino también para superar el sórdido episodio de contenciosos legales con su anterior representante.

Se escondió en las profundidades de Nueva Jersey que le vieron crecer y, desde allí, confeccionó las diez canciones que componen este disco cantado en primera persona, adalid de la igualdad social, la paternidad, la lucha de clases, la frustración y la soledad.

La oscuridad y la noche aparecen como paisaje de fondo en buena parte de las composiciones y, mientras el saxo de Clarence Clemons acompaña discreto esta vez desde un segundo plano, la guitarra del propio Bruce y el piano de Roy Bittan toman el relevo de un protagonismo exquisito. Menos rabioso que “Born to run”, pero igual de inspirado, algo más sombrío y sencillamente encantador.

 

 

3. “Inventario” (Fonomusic), de Joaquín Sabina.

Este fue el álbum con el que se estrenaba discográficamente nuestro poeta sonoro más ácido, en 1978 con 29 años. Sin embargo, algunas de las canciones que lo componen habían visto la luz un par de años antes en un libreto llamado “Memoria del exilio”, publicado durante su estancia en Londres cuando se vio a obligado a huir por sus ideas contrarias al régimen franquista. Un decidido primer paso en su dilatada y reaccionaria carrera de autorísimo de la canción suprarrealista; porque, aunque el Sabina maestro de la literatura callejera todavía estaba por llegar, esta fue una más que digna forma de enseñarle al mundo quién estaba dispuesto a ser. Canciones como ‘Tratado de impaciencia nº10′, ‘1968’ —sobre aquel mayo referencial—, ‘Donde dijeron digo decid Diego’ —sobre la censura— o ‘Canción para las manos de un soldado’ —en contra de la dictadura— no fueron más que las semillas de ese todo que hoy se sustenta bajo su figura y su bombín.

 

 

4. “Powerage”(Atlantic Records), de AC/DC.

Fue el debut en AC/DC del bajista Cliff Williams —en la banda hasta 2016—, el comienzo de la que, para muchos, fue la formación clásica e infalible en la historia del grupo. Se trata de su quinto trabajo, el que sirve de hogar para temas vitales como ‘Rock ‘n’ roll damnation’, ‘Riff raff’, ‘Sin city’ o ‘Gone shootin’, compuesto en su totalidad por los hermanos Young en compañía del recordado Bon Scott y lanzado a los mercados nacionales e internacionales, por primera vez para ellos, con el mismo diseño de portada y las mismas canciones (exceptuando algunos vinilos europeos). Los australianos pusieron en manos del propio Angus Young la producción del disco, y este —que se estrenaba en la labor— trabajó mano a mano con los habituales Harry Vanda y George Young para bordarlo.

“Powerage” les llevó a compartir escenarios con Alice Cooper, Aerosmith, Black Sabbath o The Who, entre otros muchos. Y aunque llegado a este punto AC/DC ya se constituían como referente del hard rock mundial, este disco —certificado como platino— supuso la perfecta antesala del éxito arrollador que alcanzarían tan solo un año después con “Highway to hell”.

 

 

5. “All mod cons” (Polydor), de The Jam.

La banda de Paul Weller venía de sufrir un batacazo comercial con su anterior álbum, “This is the modern world” de 1977. Parecían haber agotado sus existencias creativas en un tiempo en que al punk rock le crecían los enanos con sucedáneos y subgéneros que, en muchas ocasiones, fueron desechados injustamente del panorama cultural. Con The Jam pudo haber ocurrido: la crítica, el público y los productores no comprendían su forma de hacer música, ni su sonido, ni siquiera la osadía de un jovencísimo Weller de veinte años que insistía en esa fórmula tan suya de abordar el punk desde la destilería mod y el pop de suburbios. Pero fue gracias a esa obstinación suya y su particular visión de la creación de sonido, que hoy podemos celebrar este tercer disco como el asentamiento de una banda fundamental en la historia de la música. Un cuidado trabajo de textos urbanos y precisos, de personajes y sus antagonistas, de algo de amor y mucho de movimiento callejero al estilo revival, que hoy se acomoda en la estantería del rock como un auténtico imprescindible.

 

 

6. “The scream” (Polydor / Geffen), de Siouxsie and the Banshees.

La reina siniestra saludaba al mundo con este álbum. Un tratado de post punk preciosista que se adecúa al lado oscuro de la época, pero que linda indulgente con la vertiente más gótica del rock. Que chorrea nostalgia y furia a partes iguales, y se vislumbra en su fondo y forma una extraña elegancia que convirtió a la enigmática Sioux en todo un referente musical y conductual a finales de la década, debido en muy buena parte a su dramatismo vocal.

Un debut que, pese a su apariencia caótica y desordenada, se sustentó firme y atractivo sobre las bases de un decálogo conceptual y sonoro que ha resultado invicto e infinitamente clonado con el paso del tiempo. La fórmula de Siouxsie and the Banshees sembró precedente y, aunque para esta presentación decidieron incluir en mitad de su tormenta dark una sorprendente cover del ‘Helter Skelter’ de los Beatles, demostraron que también hay lugar para la belleza en las tinieblas. Nunca un estreno tan lúgubre desprendió tanta luz como hizo “The scream” en 1978, tanta fue que numerosas publicaciones británicas no dudaron en tildarlo como el “mejor álbum del año”.

 

 

7. “Sentimientos” (Ariola), de Camilo Sesto.

Y fue aquí, en “Sentimientos”, el décimo álbum de su carrera, donde el artista alcoyano encontró la inmortalidad. Porque aunque en 1978 ya presumía de una dilatada carrera musical, asentada desde 1964 en el nicho de la balada pop, Camilo Sesto firmó en este disco su éxito más incuestionable, su hit más aclamado, su canción más perpetua, ‘Vivir así es morir de amor’. Él mismo firmó todos los temas del disco, que contó con la coproducción de Rafael Pérez Botija, con los arreglos de René Coupoud y que, cantándole a la pasión entre melodías sencillas, llegó al número uno aquel año en las listas españolas. Sin duda su trabajo más vendido hasta hoy, donde también se esconden algunos de sus otros temas más elogiados como ‘El amor de mi vida’, ‘Girasol’ o ‘Atrapado’.

 

 

8. “Street hassle” (Arista Records), de Lou Reed.

Puede que no sea el trabajo más brillante de Lou. Ni siquiera el que se esperaba de él tras aciertos como “Transformer” (1972) o “Metal machine music” (1975), aunque también hubiera transitado por los infiernos de la crítica con algún que otro álbum excesivamente experimental años antes. Pero si por algo ha quedado grabado en la memoria colectiva este “Street hassle”, es por ser el primer disco de rock manufacturado comercialmente en emplear la grabación binaural, una técnica que consiste en la colocación de dos micrófonos en el estudio para simular el sonido en estéreo y conseguir para el oyente la sensación de estar presenciándolo en vivo. Sin pasar por alto que, el propio álbum, cuenta además con unas cuantas pistas de directos reales extraídas de conciertos del músico en Alemania.
Como venía siendo habitual desde que comenzara su camino en solitario, el capo neoyorkino también quiso sumar a este nuevo repertorio una de las composiciones de sus tiempos en Velvet Underground. La elegida fue ‘Real good time together’. Además, cuenta con la pequeña pero magnífica contribución vocal de Bruce Springsteen en el fragmento ‘Slipaway’ del tema que da nombre al disco.

 

 

9. “Dire Straits” (Vertigo / Warner), de Dire Straits.

En las antípodas del punk dominante en aquel 1978, de la new wave que se imponía como tendencia y muy lejos del rock neoclásico que firmaban grupos como los Stones, aparece este disco anclado en el pub rock de reminiscencias blues. Un visionario llamado Mark Knopfler al frente de su banda arrampla en la escena totalmente ajeno a ella y, sin pretenderlo, hace de su concepción progresiva del sonido y su manejo de las cuerdas una auténtica biblia.

Sin prejuicios y apenas esfuerzos, se metieron en el bolsillo a un público que, a pesar del encanto y las licencias del DIY de la época, resulta que también tiene tiempo y oído para valorar el virtuosismo del trabajo hilado fino. Canciones pioneras en este debut como ‘Sultans of swing’ o ‘Water of love’ consiguieron que el cuarteto londinense re ganase el respeto de todos desde ese rincón tan suyo y tan restringido a toda corriente estilística. Haber sabido mantener su identidad en el tiempo, sin venderse a las modas y a las vanguardias, es el gran triunfo de una banda que lideró los ochenta siendo este su imponente punto de partida.

 


10. “Some girls” (Rolling Stones Records / Virgin), de The Rolling Stones.

En los setenta, Mick Jagger, Keith Richards y compañía ya habitaban cómodamente en el olimpo del rock. Idolatrados, imitados y apoltronados en el trono de referentes mundiales, llegaron a 1978 con este decimocuarto álbum de estudio en Reino Unido y decimosexto en Estados Unidos. Un disco que sirvió como revulsivo, al encontrarse en uno de sus momentos creativos más delicado por la necesidad de renovación, pero que consiguieron superar con éxito gracias a detalles como ver a Jagger empuñando la guitarra de un modo más constante o al último fichaje —Ron Wood— dotando de energía el escenario a través de su pedal steel. Un trabajo inspirado en Nueva York y grabado en París, en el que el punk parece tener una fuerte influencia no solo por el abrasivo uso de tres cuerdas, sino también por la omisión de vientos, coros femeninos y arreglos que sí solían vestir algunos de sus álbumes anteriores. Este cambio hacia un sonido más agresivo y compacto les llevó a salir del letargo en el que habían entrado desde hacía unos años, y que terminó con este “Some girls” calificado socialmente como su mejor álbum desde “Exile on main st.” (1972).

 

 

Bonus track:
“Kaka de luxe” (Chapa Discos), de Kaka de Luxe.

Kaka de Luxe, una de las bandas seminales del punk patrio y progenitores de toda una línea genealógica de formaciones venideras que llegan hasta hoy (Pegamoides, Alaska y Dinarama, Fangoria, Paraíso, La Mode, Radio Futura…), irrumpían en la escena española en 1978 con este epé homónimo de cuatro canciones. Aunque habían comenzado su andadura artística centrados en el dibujo al frente de un fanzine, Manolo Campoamor, Carlos Berlanga y El Zurdo, a los que después se añadirían Enrique Sierra, Alaska y Nacho Canut, vieron en la música el canal ideal para articular sus inquietudes. Nada importó la poca maña que algunos de ellos destilaban con los instrumentos. Lo suyo fue pura actitud teenager en una España ávida de libertad, en la que todo lo que fuera expresarse y despojarse de ataduras era bien acogido. Su música, a pesar de la evidencia amateur en la mayoría de sus miembros, supuso un remanso de provocación y reivindicación, a base de guitarras coléricas y estribillos sencillos y pegajosos.

 

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