Diez canciones para recordar al “Indio” Solari

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«Una figura absolutamente irrepetible»

 

Sendoa Bilbao repasa el legado que nos ha dejado Carlos Alberto “El Indio” Solari, tras su fallecimiento el pasado mes de junio. Este es un recorrido por algunas de las mejores canciones del músico argentino.

 

Texto: SENDOA BILBAO.

 

El pasado 5 de junio, la muerte nos recordó que los mitos también sangran, llevándose a Carlos Alberto “El Indio” Solari a los 77 años y sellando el legado de una figura absolutamente irrepetible. Dueño de un hermetismo de plomo y una personalidad inabarcable, reescribió el manual de supervivencia del rock: le dio la espalda a los despachos de las multinacionales, escupió a la exposición mediática y financió sus propios surcos.

Fue esa ética insobornable la que, sostenida únicamente por el boca a boca y la fe ciega de su tribu, lo catapultó a una masividad extrema y feroz. Desde las trincheras de Patricio Rey, donde parió tótems como Oktubre, hasta sus misas con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, rompió toda métrica de la industria con hitos históricos como el de Olavarría en 2017; aquel barro devoró cualquier estadística previa para convertirse, con más de trescientas mil almas respirando al unísono, en el concierto con entrada pagada más multitudinario jamás registrado en el país.

“El Indio” entendió mejor que nadie que la melancolía, el abismo y la fragilidad humana son la argamasa perfecta para esculpir canciones de una belleza sobrecogedora. Por todo esto, y a modo de trago de despedida, dejo aquí abajo un puñado de diez canciones que, por unas u otras razones, me apetece destacar y que vamos a pinchar en la sesión de hoy.

 

1. “Motor psico” (Oktubre, 1986)
Un latido paranoico en plena noche de los generales caídos. Suena a asfalto mojado, a Guerra Fría bonaerense y encierro. Una pesadilla deudora del pospunk, donde “El Indio” escupe esquirlas de locura sobre una generación que corría buscando la salida de emergencia a ciegas. Es el retrato de un motor desbocado con la voz de un chico, la banda sonora perfecta para la asfixia urbana.

 

2. “Esa estrella era mi lujo” (¡Bang! ¡Bang!… estás liquidado, 1989)
La belleza de lo inalcanzable contada desde la barra del peor bar de la ciudad. Es el dolor de los perdedores hermosos, una balada espesa sobre el deseo que te quema las manos y la certeza de que las cosas más brillantes siempre se escurren. La melancolía hecha carne en un muro de sonido inolvidable.

 

3. “La hija del fletero” (Lobo suelto / cordero atado, 1993)
Cine negro de arrabal. Amores de asiento trasero, cuero barato y olor a peligro. Solari dibuja con el pulso de un Bukowski del conurbano una viñeta donde el romanticismo sobrevive, a duras penas, entre la mugre y el humo de los cigarrillos, retratando a una musa con una flor en la oreja y prendedor de perlas.

 

4. “Todo un palo” (Un baión para el ojo idiota, 1988)
El futuro nos atropelló y no traía buenas noticias. El saxo llora mientras la letra desangra el optimismo de plástico de finales de la década de los ochenta. La banda sonora perfecta, amarga y lúcida, para sentarte a mirar cómo se derrumba tu imperio personal tras constatar que el futuro llegó hace rato.

 

5. “Gualicho” (Último bondi a Finisterre, 1998)
Veneno en formato electrónico. “El Indio” se mete en las trincheras del amor tóxico, en las brujerías de sábanas revueltas que te dejan seco. Es un conjuro de madrugada, oscuro y viscoso, que demuestra que para contar la derrota no siempre hace falta enchufar una guitarra.

 

6. “Jijiji” (Oktubre, 1986)
El himno del precipicio. Un retrato cifrado de la blanca noche, del exceso que te pasa factura por la espalda. Detrás del pogo más animal de la historia late una crónica del miedo, envuelta en un riff que se te clava en la nuca como un cristal roto en medio de un film velado.

 

7. “Juguetes perdidos” (Luzbelito, 1996)
La cicatriz abierta de la tribu. Un abrazo rasposo a los caídos, a los pibes que se quedaron en la cuneta. Es una canción inmensa, épica y dolorosa, que asume que crecer es ir perdiendo piezas por el camino, pero que hay una belleza indomable en resistir con las manos vacías.

 

8. “El tesoro de los inocentes” (El tesoro de los inocentes [bingo fuel], 2004)
El puñetazo sobre la mesa. Solari solo contra el mundo, blindando lo poco puro que queda ante la miseria y la usura adulta. Es la declaración de principios de un tipo que prefiere morder el polvo en la trinchera antes que mendigar en el palacio de cristal, sabiendo que el tonto nunca puede oler al diablo.

 

9. “Había una vez…” (Pajaritos, bravos muchachitos, 2013)
El retrovisor te devuelve la mirada de un fantasma. La madurez de un escritor que se quita la armadura y deja que la nostalgia le perfore el pecho. Un mapa de arrepentimientos donde la tristeza, lejos de ser un agujero negro, brilla con una poética sobrecogedora y serena.

 

10. “Vuelo a Sidney” (El ruiseñor, el amor y la muerte, 2018)
La sala de embarque para el viaje final. Un adiós helado, sin concesiones ni dramatismos de folletín. La constatación física de que la parca estaba ahí, esperando en la barra, y él decidió cantarle de frente, mirándola a los ojos con la pluma más fina y descarnada posible.

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