De Ley: ¿Puedo copiar, debo citar?

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“Puestos a citar, ¿dónde citar? Las grabaciones se están desmaterializando: ¿cómo cito en Spotify? ¿Tiene sentido?”

 

Citar o no citar: esa es la cuestión. En la música no es nada fácil, aunque cada vez es más habitual tomar alguna frase de otro autor. Javier De Torres reflexiona sobre algunos de los casos más sonados.

 

Una sección de JAVIER DE TORRES.

 

‘El hombre delgado que no flaqueará jamás’ es el título de una canción de Enrique Bunbury perteneciente a su álbum “Helville deluxe”, pero antes fue también un verso emblemático del poeta Pedro Casariego, cuyos herederos acusaron al primero de apropiación por no mencionar la paternidad del texto. Son muchos los artistas que al escribir sus canciones toman prestados fragmentos de poemas o de textos narrativos, de la melodía de otras canciones o de cualquier otro lugar; los hay también que simplemente hacen visibles sus fuentes de inspiración. Nacho Vegas ha reconocido alguna vez su deuda con Fernando Pessoa o con la mismísima Gloria Fuertes. Quique González se ha inspirado en Bukowski o Luis García Montero. Otros prefieren callar o simplemente ignoran la fuente de la que beben: alguno habrá emulado ya el sonido tropicalista de Vampire Weekend sin haber escuchado antes a Paul Simon en ‘Graceland’. No pasa nada.

Es lábil la frontera entre lo que es inspiración, imitación o copia prohibida. Los derechos de autor, que prohíben la copia, están basados en la defensa de la originalidad, entendida como la creación de algo objetivamente nuevo, pero la originalidad es ya un concepto sobrevalorado. Se atribuye a Coco Chanel haber dicho que solo aquellos sin memoria insisten en su originalidad, y manida está la cita de T.S. Elliot según la cual los poetas inmaduros imitan, mientras que los maduros roban. La originalidad, para muchos, no sería más que una imitación juiciosa, consistente en convertir aquello que uno toma en algo mejor o al menos diferente. Naturalmente, uno tiene derecho también a reformularse, repetirse y escribir siempre la misma canción –preferiblemente si es buena–. Al fin y al cabo, si fusilo a los demás, no sé por qué habría de negarme el derecho de fusilarme a mí mismo, decía Gil de Biedma.

Algunos casos de citas no confesadas o de préstamos más o menos evidentes han llevado la sangre al río: hay historias para no dar crédito, porque a veces, mientras las melodías suenan, se combate a cuchillo en la trastienda del pop.

Los sucesores de Bernard Edwards, fundador con Nile Rodgers y Tony Thompson de Chic (exitosa banda de música disco fundada en los setenta), reclamaron derechos sobre ‘Aserejé’ y demandaron a su autor: de haber salido bien, se habrían apuntado una carambola memorable.

 

 

Los primeros versos de la canción popularizada por Las Ketchup contenían una cita paródica de ‘Rapper’s delight’, pieza casi fundacional del género (“Aserejé” = “I said a hip”, “de jebe tu de jebere” = “the hibbit to the hippidi”, “an de bugui an de buididipi” = “bang da boogie to the boogie da beat”).

 

 

Sucede que años antes de intentarlo con ‘Aserejé’, la compañía de Edwards había logrado ya el primer impacto al hacerse por las bravas, en un acuerdo extrajudicial, con los derechos sobre ‘Rapper’s delight’: los autores del rap se vieron entonces obligados a claudicar, ante la amenaza de una indemnización de aúpa, al haber tomado prestada sin autorización la base musical del ‘Good times’ de Chic:

 

 

Aquello acabó mal para la compañía de Bernard Edwards, que perdió definitivamente el juicio en España tras desfilar ante un Juez musicólogos y lingüistas autores de sesudos informes comparativos. El juez apreció que lo tomado de ‘Rapper’s delight’ en ‘Aserejé’ era insignificante y que, a fin de cuentas, la ley no está para las cosas pequeñas (de minimis non curat lex).

 

Citar, en la música, no es fácil

Dice Enrique Vila-Matas, quizá el más pop de nuestros escritores consagrados, que pretender escribir sin deberle nada a nadie es una vulgaridad suprema. Con Savater, defiende que cuando citamos asumimos sin ambages nuestro destino de príncipes que todo lo hemos aprendido en los libros. Será mejor reconocer la deuda que pretender aparentar ingenio u ocurrencia, porque muchas veces la originalidad se halla precisamente en la cita.

Pero citar en la música no es nada fácil. De entrada, para utilizar en una grabación propia un fragmento de otra grabación es necesario pedir primero permiso al dueño a la canción que tomamos prestada (el autor, su editorial) y al propietario de la grabación misma (normalmente la discográfica). Sin esos permisos, la cita solo puede destinarse a enseñar o investigar: así de corta de miras es todavía nuestra ley. Siempre cabrá alegar, si es poco lo que se toma prestado, que la rapiña no causa en realidad daño alguno; la cuestión de los límites a los derechos de autor está, de hecho, en permanente revisión, gracias en buena parte a la forma de actuar de Google, que en este tipo de cosas suele preferir pedir perdón (todo lo más) a pedir permiso antes.

Tomar prestado con más o menos generosidad podrá estar fuera de la ley, pero no está, desde luego, fuera del mercado. En el hip hop se samplea cada día, pero a la hora de la verdad en España muy pocas veces se persigue (EEUU es otro mundo): litigar suele ser caro y nuestros jueces son cicateros con las indemnizaciones, así que se corre el riesgo de que se vaya más en el collar que en el perro.

En cualquier caso, quien cita ¿debe hacerlo visible? Porque discusiones legales aparte, citar parece también una cuestión de estilo o urbanidad, y ya se sabe que la estética es una justicia superior; además, si el ‘rocker’ corría, el ‘hipster’ lee, lo que podría incluso convertir la cita en tendencia. Y puestos a citar, ¿dónde citar? Las grabaciones se están desmaterializando: ¿cómo cito en Spotify? ¿Tiene sentido?

Volviendo a la casilla de salida –el incidente Bunbury/Casariego–, el manager del primero alegó en su día que para nombrar sus fuentes el músico habría necesitado un libro entero que acompañase al disco. Algunos vieron en esta reacción un desplante, pero aunque la cita pueda ser a veces obligada y sin entrar aquí en profundidades mayores –¿se ha vuelto ya el arte intertextual, referencial?–, lo cierto es que citar mucho es tedioso, incómodo y proyecta una imagen ‘lectoriana’ poco atractiva: el conocimiento que una ‘rockstar’ tiene de la vida no debe ser acaso libresco, se entiende, sino fruto de largas noches de farra. Alguien dijo una vez que el secreto de la creatividad consiste precisamente en saber cómo ocultar tus fuentes.

 

 

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