Cuando The Beach Boys redefinieron el pop moderno

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«Una de las grandes curiosidades de este archivo histórico es comprobar cómo se tomaron elementos de la vida cotidiana para integrarlos en el tejido musical»

 

Xavier Valiño se adentra en The pet sounds sessions (Capitol / Universal, 2026), la nueva edición deluxe de este disco histórico de los Beach Boys que ha cumplido sesenta años.

 

Texto: XAVIER VALIÑO.

 

El aislamiento creativo en un estudio de grabación puede ser el motor de las obras más conmovedoras de la historia. Cuando Brian Wilson, el genio atormentado de California, decidió bajarse de las giras para encerrarse con los mejores músicos de sesión de Los Ángeles, no buscaba un puñado de éxitos veraniegos, sino competir de tú a tú con la sofisticación que sus rivales británicos (The Beatles) estaban facturando al otro lado del Atlántico. Seis décadas después de aquella audaz jugada, la reciente reedición expandida de Pet Sounds con noventa pistas desmenuza al milímetro la arquitectura de esa joya que redefinió el pop moderno, permitiendo al oyente actual colarse en las sesiones donde las armonías vocales se entrelazaban con timbres insólitos.

La motivación fundamental de estas sesiones fue plasmar un diario íntimo sobre la pérdida de la inocencia y el desamor, revistiendo la melancolía con una opulencia sonora sin precedentes. Una de las grandes curiosidades de este archivo histórico es comprobar cómo se tomaron elementos de la vida cotidiana para integrarlos en el tejido musical: el viaje incluye ladridos reales de los propios perros de Wilson y el estruendo de un tren en movimiento, detalles que en su momento desconcertaron a la discográfica y que hoy se aprecian en su máxima pureza analógica.

Dentro del generoso despliegue de tomas alternativas, destaca la desnudez de “God only knows” en su versión a capela, una experiencia sobrecogedora que expone la milimétrica afinación de los hermanos Wilson y su entorno. Por su parte, la vibrante “Wouldn’t it be nice” se presenta libre de adornos en sus pistas instrumentales, desvelando el intrincado esqueleto rítmico que sostiene su aparente ligereza.

El theremín y las percusiones exóticas de “I just wasn’t made for these times” adquieren una dimensión casi tridimensional, mientras que el desgarro de “Caroline, no” se resignifica al escuchar los diálogos previos en el estudio, devolviendo la condición humana a unos creadores que rozaron la divinidad.

La queja legítima es que todo este material existía ya en la caja publicada en 1997 y que Capitol ha tenido la ocurrencia de repetir la pista de voces de, como ejemplo, “I’m waiting for the day” en todos los formatos, lo que significa que los completistas que se hagan los cuatro lanzamientos de este sexagésimo aniversario la escucharán ocho veces. El vinilo en color verde y blanco salpicado resulta hermoso y las notas de Howie Edelson aportan contexto. Pero la pregunta que se hace más de un fan con la colección ya completa es inevitable: ¿otra vez?

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