
«Una artista extraordinariamente versátil, capaz de moverse con naturalidad entre el country tradicional, el pop, el folk y el americana»
Javier Márquez Sánchez se detiene en America’s backroads, el nuevo trabajo de Alysa Bonagura con el que convierte en protagonistas a los segundos planos, a la cotidianidad y al costumbrismo.
Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
America’s backroads, de Alyssa Bonagura, es de esos discos que parece haber sido escritos mientras el paisaje desfila al otro lado de la ventanilla. Se trata de un álbum construido desde la carretera, desde esa necesidad de regresar a los lugares que forjan una identidad, tanto geográfica como emocional.
Aunque el nombre de Alyssa Bonagura quizá no resulte todavía tan familiar para el gran público como el de otras figuras del country contemporáneo, lleva muchos años ganándose un sólido prestigio dentro de Nashville. Hija del músico y productor Tony Bonagura, creció rodeada de guitarras, armonías vocales y sesiones de estudio. Esa formación temprana se refleja en una artista extraordinariamente versátil, capaz de moverse con naturalidad entre el country tradicional, el pop, el folk y el americana, además de desarrollar una importante carrera como compositora para otros intérpretes y como colaboradora de artistas de ambos lados del Atlántico.
Precisamente esa doble mirada, profundamente estadounidense pero abierta al exterior, es una de las grandes virtudes de America’s backroads. El disco no pretende reivindicar la América monumental de las grandes ciudades ni la de las autopistas interminables. Su atención se dirige a las carreteras secundarias, a los pequeños pueblos, a las gasolineras perdidas, a los bares de carretera y a esos rincones donde la vida transcurre con un ritmo distinto. El título funciona casi como una declaración de intenciones: las historias más interesantes suelen encontrarse lejos de las rutas principales.
Musicalmente, Bonagura apuesta por una producción elegante y luminosa que evita tanto el exceso de artificio del country pop más comercial como el purismo de quienes entienden la tradición como un museo. Aquí conviven guitarras acústicas, eléctricas de sabor sureño, mandolinas, pianos, delicados arreglos de cuerda y una instrumentación siempre al servicio de las canciones. El resultado transmite una agradable sensación de amplitud, como si cada tema dejara espacio para respirar.
Uno de los mayores aciertos del álbum reside precisamente en ese equilibrio. Bonagura demuestra que es posible sonar contemporánea sin renunciar a las raíces. Sus canciones no buscan impresionar mediante grandes alardes vocales o producciones gigantescas, sino gracias a melodías cuidadosamente construidas y a una interpretación cercana, cálida y sincera. Su voz posee un timbre limpio, flexible y especialmente eficaz cuando transmite vulnerabilidad, una cualidad imprescindible en un disco donde la memoria, el paso del tiempo y la búsqueda de un hogar emocional aparecen constantemente.
Las letras giran alrededor de asuntos universales: el amor, la pérdida, la familia, el regreso a casa o la necesidad de seguir avanzando pese a las incertidumbres. Pero Bonagura evita caer en el sentimentalismo fácil. Sus personajes no protagonizan grandes tragedias, más bien son personas corrientes que conducen por carreteras poco transitadas mientras intentan ordenar sus recuerdos y tomar decisiones. Esa capacidad para encontrar emoción en los pequeños gestos conecta directamente con la mejor tradición de los grandes narradores del country y la americana.
También resulta evidente la experiencia acumulada por la artista como compositora. Cada canción posee una estructura sólida, con estribillos memorables y desarrollos narrativos que fluyen con naturalidad. Nada parece improvisado, aunque tampoco calculado en exceso. Es una escritura madura, consciente de que una buena canción necesita espacio para que el oyente complete la historia con sus propias vivencias.
En cierto modo, America’s backroads funciona como reivindicación de una parte del país que rara vez ocupa los titulares. Frente a la imagen polarizada y estridente de la América contemporánea, Bonagura dirige la mirada hacia comunidades pequeñas, paisajes abiertos y relaciones humanas sencillas. No idealiza ese mundo ni pretende convertirlo en una postal nostálgica, pero sí recuerda que existe otra América formada por miles de carreteras secundarias donde aún sobreviven muchas de las historias que dieron forma al cancionero country.
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Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: Johnny Cash, aquel cronista musical del viejo Oeste.



















