Corriente alterna: El gusto es nuestro

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«Hay que dejar de ser borrego, reducir la influencia del rebaño a lo mínimo al menos en lo que a gustos personales respecta, esa parcela íntima que siempre debe estar blindada frente a los disparos de las amorfas masas»

 

Con Dani Martín como argumento y Dylan y Cecilia como excusa, Juanjo Ordás reivindica, frente a los consensos, el pensamiento libre, el gusto personal.

 

 

Una sección de JUANJO ORDÁS.
 

 

A veces uno siente la presión cultural, una que obliga a que guste lo que no gusta, y al final llega el reventón. Recuerdo cuando hace un tiempo Dani Martín comentó que Dylan le parecía un pesado. La que se armó. En su casa, en tu casa y en la mía. Claro que sí. Yo también me llevé las manos a la cabeza, ¿qué hacía este muchachote que aún no ha grabado un disco digno de mi gusto hablando así del hombre que venero? Y es ahí donde la música popular comienza a tornarse en catecismo. En un puto catecismo al que se aferran los idiotas que opinan que el rock and roll debería enseñarse en los colegios (otra cosa son las jornadas universitarias, que nadie se equivoque). Ese es otro debate, no obstante. O falta de él. ¿En serio hay que discutir si el rock –o el pop– debe enseñarse en las aulas? ¡Por favor!

Sin embargo, lo que hizo Dani Martín fue expresar una opinión con la que podrías estar más o menos de acuerdo pero que nos podía hacer reflexionar sobre qué tótems no soportas o no están hechos para ti. La cantidad de nombres frente a los que asentimos por miedo a decir la verdad. ¿Miedo a qué? Obviamente, el excantante de El Canto del Loco unió con su declaración dos puntos extremos, el pop masivo de una figura no respetada en el sector rockero y la carrera intelectual de otra absolutamente respetada en cualquier ambiente. Martín iba a perder, obviamente. Pero después de llevarnos las manos a la cabeza, tocó bajarlas y pensar que tal declaración podía ser la llave de tu libertad si la asimilabas y eras sincero. Sí señores, Dani Martín nos había liberado o al menos nos había mostrado un camino.

De ello hace ya dos años, pero a título personal el debate se ha reavivado estos días, precisamente a cuento de Cecilia. Nunca he soportado su música, me aburre, me molesta, me harta. Un minuto de una de sus canciones se traduce en una pequeña siesta. ¿A quién le puede gustar esto?, grito desde la fortaleza acorazada de mis gustos personas. A todo el mundo parece. En esta misma casa algunas de sus mejores plumas (Juan Puchades, César Prieto) hablan gloria de ella, Amaral –gente de buen gusto– hace años que la reivindicaron, los medios se vuelcan con sus últimos lanzamientos póstumos (gran trabajo el de Rama Lama, como siempre)… Pero Cecilia no encaja conmigo. No hay nada que hacer. Tampoco hace falta. Y es importante decirlo. Hay que dejar de ser borrego, reducir la influencia del rebaño a lo mínimo al menos en lo que a gustos personales respecta, esa parcela íntima que siempre debe estar blindada frente a los disparos de las amorfas masas. Así, Cecilia forma parte de un bloque que cuenta con otros ilustres vecinos cuyo arte (y hay que reconocerlo como tal) nunca parece alcanzar mis insoldables requerimientos. Allí, junto a ella, también están Van Morrison, The Who o Nirvana. Nombres que suscitan el aplauso como barómetros del buen gusto. Quizá es hora de empezar a hablar del gusto propio.

Anterior entrega de Corriente alterna: A nosotros no nos engañáis.

Puedes seguir a Juanjo Ordás en su blog diario.

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