Corriente alterna: De cuando comía camaleones en exceso

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«Al final, uno aprende que hay que alimentarse lentamente, colmarse sin derramar. Abusar, hay que abusar, exprimir a un artista es un placer pero siempre sin salivar en exceso»

 

Con David Bowie como línea argumental, Juanjo Ordás recuerda su adolescencia descubriendo sonidos, amándolos hasta la saturación. Al final, queda una lección que todo aficionado musical debe aprender tarde o temprano.

 

 

Una sección de JUANJO ORDÁS.
 

 

Mi chica y yo nos comunicamos mucho. Siempre tenemos algo que contarnos y cuando no estamos juntos, benditos sean el móvil, el sms y el wassup. Es miércoles, ella está en la oficina. Recibo un wassup. Es suyo. Me cuenta que está sonando Bowie en la radio. ‘Starman’. Precisamente, la noche anterior, vimos a Bowie aparecer en el telediario interpretando ese mismo tema a cuento de una panorámica comprimida sobre el rock inglés más extravagante de los setenta como parte de la noticia que supone la edición del box set definitivo de Roxy Music. Y ahí aparecía David, junto a Bolan y a los magnánimos Roxy. No sé si el DJ radiofónico vio aquel mismo telediario y decidió pinchar a Bowie, pero para mí son dos días seguidos con Bowie entrando en mi vida sin llamarlo.

Siempre he sido fan suyo. Mi punto de partida es el hard rock, es la música que comencé a escuchar de niño y adolescente, vengo de allí. Pero llega un momento en el que la madurez te incita a crecer, a ampliar horizontes sin necesidad de renegar de nada pero siempre comprendiendo que la música es un música, que el sentimiento es el sentimiento, que los géneros no son más que eso. La expresión artística es demasiado rica y espiritualmente reconfortante como para limitarse a una etiqueta. Si un género aportaba calor –y color–, era fácil imaginar lo que podría ocurrir buceando en varios.

Bowie debió ser de los primeros artistas con los que comencé a interesarme por otra manera de entender las guitarras, la electricidad y la autoría, otra forma de comprender la música moderna y el mundo que nos rodea. La música no solo abraza al oyente y le cobija, también le orienta respecto al mundo en el que vive, dándole datos que él mismo debe encargarse de insertar en su universo personal. Así, sobre los catorce años llegué a Bowie, al camaleón, al duque blanco, al hombre de las mil identidades. Y con cada una de ellas, aportaba un nuevo punto de vista a mi vida. Lo primero que me compré de él fue un recopilatorio. No recuerdo si caro o barato, me habría dado igual, ya había decidido que quería conocer su visión del mundo. Lo que sí recuerdo es su portada, en la que David aparecía ataviado como un crooner frente al micrófono, quizá en mitad de la grabación de una canción, serio, concentrado, interpretando. Sin duda, una imagen muy distinta a la de Keith Richards o Steven Tyler. Estaba claro, había escogido al artista perfecto para que me enseñara cómo eran las cosas de otro modo. Incluso esa estampa suya encajaba con la estantería clásica de madera heredada de algún familiar en la que colocaba todos mis cedés. Efectivamente, había algo de clásico en Bowie, algo que me hacía pensar en otra época y en la actualidad a la vez, el calor del pasado y las llamas del presente, una visión dislocada que permitía mirar hacia dos puntos distintos al mismo tiempo. Sobra decir que las que me atraparon fueron sus épocas más clásicas y vanguardistas, aunque en el fondo todo me fascinaba. No sabía de qué disco provenía cada una, pero ‘Ziggy Stardust’ me enseñaba la calidez de una guitarra acústica contrapuesta a la eléctrica, ‘Rock and roll suicide’ me aportaba una melancolía serena casi mística, con ‘Heroes’ comencé a comprender la plasticidad de la música. Aunque, lo dicho, era un gusto escuchar ‘Blue jean’, disfrutarla sin saber que pertenecía a una decadencia de la que Bowie ya estaba saliendo por aquel entonces.

Lo que vino después es igualmente emocionante, meterse en su actualidad, que en muy poco tiempo llevaría los nombres de “Outside” y “Earthling”, sus dos grandes discos (me reitero, ¡grandes!) de los noventa. Y ahí llegó mi hermano. En su caso no tengo ni idea de qué le llevó a prestar oídos a David. Seguramente algún single de “Earthling”, pero compartir fanatismo en unos metros cuadrados crea lo que podríamos definir como retroalimentación nuclear. La adolescencia es una época de descubrimiento continuo, nuevos nombres llegaban a mi vieja estatería de madera dedicada a cedés: Stooges, Lou Reed… Todos tenían pasaporte. Pero Bowie fue un vínculo fraternal durante bastante tiempo. Cuando uno no estaba hablando del misterioso vídeo de ‘China girl’, el otro estaba haciendo sonar un «bootleg» grabado en cualquier parte del mundo. Así llegamos a la saturación. Tal y como suena. Llegó un momento en que el hartazgo provocó una separación que no llegó a divorcio pero sí fue más o menos larga. Hace tiempo de aquello, ahora mismo soy capaz de escuchar las obras del camaleón como si mi cerebro y corazón jamás hubieran rebosado sus esencias. Al final, uno aprende que hay que alimentarse lentamente, colmarse sin derramar. Abusar, hay que abusar, exprimir a un artista es un placer pero siempre sin salivar en exceso. Como señores. Así fue como pude evitar dolorosos divorcios de Elvis, Dylan o Cave. Así disfruté viendo a Bowie en el telediario de la noche, así me alegra que mi chica esté escuchando ‘Starman’. Recordad la letra: “Hay un hombre de las estrellas esperando en el cielo / le gustaría venir a conocernos pero cree que volaría nuestras mentes”.

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