Ciudad Quimera, de Supertennis

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DISCOS

«Pueden embelesarte en una canción por su acariciante y sutil melodía, o sacudirte todos los cartílagos en otra por sus descargas furiosas»

 

Supertennis
Ciudad Quimera
2020

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

El de Supertennis es un pop de guitarras tan dúctil que puede embelesarte en una canción por su acariciante y sutil melodía, como sacudirte todos los cartílagos en otra por sus descargas furiosas. Y con los mismos instrumentos. Todo consiste en trazar la base de una canción, y tras ello darse cuenta de la importancia de los arreglos. Y en ello está la mano sabia del mejor productor que podían buscar para su sonido: Carlos Hernández.

Una destreza en vestir las canciones que, por ejemplo, es de maestro en “Ciudad Quimera”, con su deje a Los Secretos, que da la pauta también en las letras, porque el grupo extremeño ha girado un tanto su visión y sus palabras focalizan en el hombre común, en sus frustraciones cotidianas, en su instinto de supervivencia. De ahí que en Ciudad Quimera, su segundo elepé —tres años después de su debut, Mañana, nos encontremos con individuos en medio de vicisitudes cotidianas, sin atributos para deshacerlas, con dignidad para sufrirlas. En la que abre el disco, por ejemplo, “Lunes cruel”, con esas guitarras que cuando no se desmarcan en un riff explosivo van a piñón, cargadas de energía.

Porque otro de los avances en este disco respecto al epé y el álbum anteriores, es que si ya tenían un sonido límpido, aquí es sencillamente cristalino, plagado de claridades y de transparencia. Ambos aspectos, la insatisfacción del hombre moderno —y el deseo de escapar— y el bonito trazado de los punteos de guitarra se alían en “Pánico”, de significativo título.

Aún hay otra dirección: la de ese pop alegre y gustoso que tiene retazos de funky blanco. “Tren explosivo” es puro Danza Invisible y “Cosas simples” todavía más, con la voz afectada a lo 21 Japonesas y una letra que entra en el juego del mundo moderno apostando por ese «beatus ille» que nos avisa de que en lo simple está la felicidad. Pero si hay aluna que se lleva la palma y que resulta incluso bailable es “Fuera de control”, con su historia de amores estragados y de timidez frente al mundo.

Y en otro orden de cosas, totalmente aparte, está “Verano”, una preciosidad. A la manera de los cantantes románticos de los setenta es una gozosa y preciosista melodía, acogedora pero a la vez oxigenada, que sirve de contraste a las divagaciones sobre el mundanal ruido anteriores. Un elogio del disfrute de los placeres pequeños, una de las canciones del año, en un disco que seguramente no entrará en esas listas, pero que tiene una decena de canciones espléndidas, reflexivas sin ser pesadas, alegres sin ser vulgares.

Anterior crítica de discos: El rumor eterno de la autopista, de Flamaradas.

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