Cine: “Tomboy”, de Céline Sciamma

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“Céline Sciamma –que centra su breve filmografía en la homosexualidad– nos guía por la construcción del género y la orientación sexual desde una perspectiva amable, comprensiva con todos los bandos”

“Tomboy”
(Céline Sciamma, 2011)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

Qué siniestras resultan la mayoría de las películas que rondan la infancia. No es que estemos pensando en esos cabronazos de “El pueblo de los malditos” (“Village of the damned”, Wolf Rilla, 1970), pero en esos pequeños diablillos se apuntan maneras de la futura vileza humana o un probable despiste sexual. Convenimos entonces en la trascendencia de las etapas formativas en el desarrollo de la chavalería.

Con la traducción literal de “Tomboy” al castellano, su visionado puede llevarnos a concluir que cualquier indicio de excéntrico comportamiento deba ser sopesado con escrupulosa atención para reprimir la desviación. Luego interpretaríamos “Tomboy” desde el drama y la desdicha, acompañando la incomprensión de quien se siente distinto… Pero no, no va de eso. Porque, tíos, aquí lo que hay que hacer es ponerse a bailar como una loca y olvidarse de la pelota. Porque más divertido es el baile que el balompié (independientemente de los narcóticos que devoremos). Las modalidades son varias: descorchando la fe religiosa taconeando sobre la tumba, como simulacro militar sacando la lengua al vecino, o entendido como expresión sexual exhibiendo algún genital. Se recomienda que el niño mueva su identidad al son de la música, antes que partir espinillas en la pachanga dominical.

Céline Sciamma –que centra su breve filmografía en la homosexualidad– nos guía por la construcción del género y la orientación sexual desde una perspectiva amable, comprensiva con todos los bandos. Porque para Céline no hay bandos, aunque los delimite de forma evidente en su película. A propósito, claro.

La joven directora francesa comienza por perfilar tópicos para después deconstruir la objetividad que incuban, apoyada en convencionalismos culturales tan absurdos como los colores, el corte de pelo, la vestimenta, los juegos o el puto gato de “Hello Kitty” (eso es un gato, ¿no?).

“Tomboy” subraya la indefinición insistiendo en las diferencias como obstáculos para tropezar en la tragedia. El dedo acusador, como era de esperar, señala a los próceres, pero acierta en poner coto a su influencia entregándonos una historia menos amarga y más reflexiva.

Anterior entrega de cine: “El ejercicio del poder”, de Pierre Schöller.

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