Cine: “Star Wars: El despertar de la fuerza”, de J. J. Abrams

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“Sin carisma, fuerza dramática ni margen a la improvisación, la película vive de esporádicas fugas nostálgicas mientras subraya en nombre de la fuerza oposiciones entre el bien y el mal y se ve incapaz de articular una sola set piece para el recuerdo”

 

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“Star Wars: El despertar de la fuerza” (“Star Wars: The force awakens”)
J.J. Abrams, 2015

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

Eterna lucha entre el establishment y el descontento social, la saga “Star Wars” siempre ha sido esa serie de ficciones en las que el diálogo entre el poder en su vertiente más autoritaria y el deseo de cambio encontraban una representación acomodada a la industria de Hollywood. Lo que en un principio fue un relato tan apto para el entretenimiento como para la reflexión –lo eran los tres primeros episodios en ver la luz−, siempre sujeto a la mercadotecnia, se convirtió en una nueva y mediocre trilogía en la que el propio George Lucas dejaba claro que los límites de esa reflexión y de su creatividad lindaban inmediatamente con los intereses económicos de su particular universo. Ya no importaba tanto que esa batalla entre la luz y la oscuridad evolucionara consecuentemente, sino que lo verdaderamente relevante era ofrecer el simulacro de la experiencia original –la revolución en el género que supuso “La guerra de las galaxias” (“Star Wars”, George Lucas, 1977) y sus dos inmediatas secuelas en su contexto– que cumpliera las expectativas de millones de fans con el deseo de vivir ese acontecimiento único.

Una década después del estreno de “Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith” (“Star Wars: Episode III – Revenge of the Sith”, George Lucas, 2005), el estreno de “Star Wars: El despertar de la fuerza” no puede ser contemplado sin atender de nuevo a las lógicas industriales: del mismo modo que la adquisición de Marvel por Disney ha marcado –con excepciones− un camino en la remodelación del cine de superhéroes hacia formas menos arriesgadas, la compra de Lucasfilm por la gigante cinematográfica ha supuesto la confirmación de que a la compañía de Lucas tampoco le importaba diluirse en esa estandarización del blockbuster familiar. La fotografía de George Lucas empuñando un sable láser junto a Mickey Mouse y otros iconos de la marca Disney dejaba muy claro dónde habían quedado las inquietudes que impulsaron las primeras películas. Aun así, la nueva trilogía encontraría una nueva esperanza en figuras como J.J. Abrams o Rian Johnson, valiosos activos de la ciencia-ficción reciente que podrían insuflar renovada vida incluso dentro de unos férreos parámetros de producción.

La realidad es que ni siquiera bajo el brazo de Abrams escapa “Star Wars: El despertar de la fuerza” a esa homogenización. Si su “Star Trek” (2009) actualizaba la saga homónima con intensidad y marcas propias, el nuevo episodio de “Star Wars” nace predestinado a ser un espectáculo de pirotecnia constante pero inane, en el que los guiños se distribuyen para mantener el favor de incondicionales. Durante todo su metraje, transcurre como aventura ajustada a su modelo en la que todo el riesgo se reduce a la presencia de un “stormtrooper” con cargo de conciencia (John Boyega) y la apuesta por su heroína (Daisy Ridley) como nuevos estandartes. Más allá de eso, la cinta opta por la vía de la acción ininterrumpida y agotadora para disimular su ausencia de una identidad sólida. Todo aquello que pueda invitar a resucitar el entusiasmo del “fandom” tiene más que ver con la recuperación de glorias pasadas –el Halcón Milenario, Han Solo y Chewbacca, Leia, etc.− que con la constitución de nuevos hitos. Solo la imagen del Halcón Milenario perseguido entre las ruinas del Imperio enterradas en el desierto sirve como poderosa imagen de continuidad entre ambas trilogías. El resto, son remedos de una mitología propia con miedo a cualquier ruptura o variación de peso, un desfile de lugares comunes estipulados por las anteriores entregas que despiertan una plúmbea sensación de “déjà vu” y que encuentran a su peor representante en el Kylo Ren de Adam Driver. Sin carisma, fuerza dramática ni margen a la improvisación, la película vive de esporádicas fugas nostálgicas mientras subraya en nombre de la fuerza oposiciones entre el bien y el mal y se ve incapaz de articular una sola “set piece” para el recuerdo. Allí donde títulos como la ya mencionada “Star Trek” o “Guardianes de la Galaxia” (“Guardians of the Galaxy”, James Gunn, 2014) se han demostrado valientes envites que escapaban a los imperativos de franquicia para remozar loablemente la “space opera”, la última película de Abrams se ahoga en el conformismo y el tedio de lo ya conocido, aferrándose a una insustancial correspondencia con el fan en la que los mitos se perpetúan ya sobre el vacío del significante.

 

 


Anterior crítica de cine: “Dope”, de Rick Famuyiwa.

 

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