Cine: «Pie de página», de Joseph Cedar

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«El director israelí sorprende a la élite intelectual contemplándose el ombligo, con un ingenio tan mordaz que convierte en tragicomedia el drama familiar»

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«Pie de página»
(«Footnote», Joseph Cedar, 2011)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

No crean ustedes que la rivalidad futbolera no tiene correlación en la Academia. Muchas son las patadas y embestidas que se propinan los exégetas para ganar cátedra. A tizonazos se refuta al contrario cuando brilla el Grial, pues mejor se saborea el galardón si se pisotea al adversario. Resentidos, aislados del concierto, doctos en hermenéutica remiran novelas convertidas en sagrados textos; rabiosos como rabinos horadan sus sillones con estriados traseros, sin otro remate que investirse en cretinismo.

En “Pie de página”, el director israelí Joseph Cedar sorprende a la élite intelectual contemplándose el ombligo, con un ingenio tan mordaz que convierte en tragicomedia el drama familiar (corolario de la mayor enemistad posible, proporcionada por la confrontación paterno-filial). El profesor Eliezer Shkolnik (Shlomo Bar-Aba) lleva décadas estrujando el Talmud; prospectando versiones, cotejando manuscritos, desmenuzándose la sesera mientras sus colegas se reparten el más preciado trofeo por esfuerzos no tan musculosos, el Premio Israel. La falta de reconocimiento de la élite escolar le hace perder la perspectiva, todavía más. Hace tiempo que se rompieron –si es que alguna vez los hubo– los lazos de afecto con los parientes. Evadido del querer de los suyos (los audífonos de aislamiento acústico, de un significativo color amarillo), Eliezer Shkolnik comienza a fecundar un sadismo sin igual hacia su hijo Uriel (Lior Ashkenazi) cuando el vástago recolecta condecoraciones por su labor investigadora.

El comienzo de “Pie de página” es, sencillamente, acojonante. Una voz en off se superpone a una serie de planos previos al momento presente en la que se inscribe: la ceremonia de admisión de Uriel por la Academia de Ciencias de Israel. El proceder formal de Joseph Cedar –hay que decirlo más– es abrumador: los primeros planos nos conducen a un plano medio que nos sitúa frente a los dos sabios sentados en el graderío. Todo el mundo en pie, el ovacionado Uriel desaparece de cuadro para subir a la tribuna desde la que pronunciará su discurso de agradecimiento (con dedicatoria que el padre recibe como mordedura de crótalo). La cámara permanece estática, sin reencuadrar, manteniendo la misma escala, el mismo ángulo, el mismo encuadre que nos permite ver el tímido aplauso de Eliezer Shkolnik, que se sentará el primero junto a la silla ahora vacía de Uriel. Se produce un casi inadvertido cambio de luz que oscurece la sala. La secuencia termina con un movimiento de cámara que asiste a la progresión escalar. Como puntilla de una introducción que condensa toda la significación del film, el primer plano de Eliezer Shkolnik en el que podemos escuchar la respiración dolorosa del conflicto generacional.

La necedad del mundo académico para conectar con la realidad torpedea una línea de flotación más elevada: el sentido común de una comunidad que vive acostumbrada al miedo, encerrada en sí misma, tan absurda como enajenada. Imperiosa obra que calca la enajenación mediante un absurdo corrosivo y divertido.

Anterior crítica de cine: “Gravity”, de Alfonso Cuarón.

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