Cine: «No», de Pablo Larraín

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«La claridad de la puesta en escena permite la rápida introducción del público en el escalofriante mundo de Pinochet sin que se nos asuste la perdiz»

«No»
(Pablo Larraín, 2012)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

Se ensanchaba Rohmer a gusto en «Cahiers du Cinéma», repensando la figura del cineasta como creador involucrado con su tiempo, no solo “políticamente”, sino ejerciendo un compromiso que se identifica con el conocimiento y la admiración de todo elemento cultural perteneciente al pasado. Esta actitud marxista, en sintonía con la publicación, compartida con Pasolini en “Cine de poesía contra cine de prosa”, concluye en que “respetando el pasado se allana el camino hacia lo moderno”.

No hace falta universalizar esta proposición para darnos cuenta de la importancia de su dimensión, especialmente delicada en el laberinto español, tan ignorada como manoseada por la dictadura bipartidista que todos conocemos.

En las decisiones formales, en los estilemas, es donde surge la individualización y se consolida la autoría, donde advertimos la voluntad de construir una historia con un modo de proceder coherente ante la representación de la realidad, ante un proceso histórico determinado. En la frontera entre la prosa y la poesía aparece la modesta silueta de Pablo Larraín, proyectando su solitud en los páramos que recuperan la memoria de un pueblo –si tenemos en cuenta que desarrolla tratamientos poco habituales–. La filmografía de Larraín, resume la aproximación indirecta al cine histórico, encubriendo una suerte de cine social, dando protagonismo al individuo corriente que vive en un microcosmos aparentemente amable, aparentemente ajeno a la tragedia, enmascarando sin embargo una lacerante dialéctica que invoca cuestiones de insana gravedad.

El primer contacto con “No”, descubre una elogiable capacidad de síntesis, una economía narrativa que se expresa a través del montaje. Esta claridad de puesta en escena permite la rápida introducción del público en el escalofriante mundo de Pinochet sin que se nos asuste la perdiz. Para que nos entendamos, se amplía el “target” mediante un atractivo y original punto de partida, personificando el conflicto en los intereses personales de dos personajes. Gael García Bernal y Alfredo Castro –como René Saavedra y Lucho Guzmán respectivamente– comparten actividad laboral en el estómago de una compañía publicitaria. Ante la necesidad de coordinar la franja televisiva del plebiscito que cuestionará la continuidad del generalísimo hijo de la gran puta, acaban asumiendo la dirección de arte de una consulta de identidades antagónicas. René y Lucho inician una rivalidad que nucleariza diferencias ideológicas, a las que accedemos de manera transversal con el lenguaje publicitario.

Al director chileno le gusta actuar de alcaudón, insertando sus películas en las espinas de un pasado demasiado próximo, así que evita desgarrar las carnes de forma explícita. Larraín plantea su “No” sin dejar las tripas a la intemperie, analizando una sociedad que todavía permanece dividida, difícil de explotar a cielo abierto, luego exige de un análisis aséptico que deje de lado los sentimientos, que deje en paz la conciencia del espectador para que éste tome sus propias reflexiones.

Nos vamos a quedar muy cortos en loas si examinamos el trabajo interpretativo del elenco de actores. Tanto Bernal como Alfredo Castro ayudan fortalecen un trabajo que fácilmente podría caer en tierra de nadie, en lo banal, en el plano insustancial al que se presta la inserción de lo moderno en el pasado (localizamos desatinos que flirtean con esta intención, pues resulta difícil imaginarse al protagonista en patinete).

En definitiva, Larraín amplifica su mensaje con la más endulzada de sus películas, sin privarnos del irónico y cáustico humor con el que afronta su eterno propósito.

Anterior entrega de cine: “Bestias del sur salvaje”, de Benh Zeitlin.

 

 

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