Cine: “Martha Marcy May Marlene”, de Sean Durkin

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“Llevadera, aceptable y sugerente. Si atendemos al contenido encontramos un calco del cine independiente que goza de reconocimiento en los últimos años en circuitos festivaleros”

“Martha Marcy May Marlene”
(Sean Durkin, 2011)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

No hay hospicio más comprensivo con el desvalido que el regazo del grupúsculo espiritual disfrazado de secta destructiva, partido político o peña futbolística. La sustitución de la conciencia o lavado de cerebro, prácticas monopolizadas desde ayer por toda suerte de religión y corriente ideológica con apetencias universales, viene a ejecutarse con bastante efectividad con el objeto de dominar al sujeto, someter al débil o simplemente apoderarse de quien exhibe por descuido el más pequeño signo de inseguridad.

Y toda secta tiene una cabeza visible a la que asociarse. El magnetismo con el que el líder se emplea parte de elementos o atributos carismáticos que no vamos a medir en estas desvariadas líneas. Sí que sabemos que goza del don del oportunismo ante dinámicas depresivas; arropando al individuo desorientado toca la tecla de la insatisfacción personal y en el alma disemina su venenosa simiente para desterrar toda voluntad (ya ni hablamos del pensamiento crítico). Por esa grieta se desliza atroz el gusano que devora el melón. La metodología siempre apunta a la definitiva anulación del yo.

Dos principales interpretaciones, que no las únicas nos propone Sean Durkin con su opera prima “Martha Marcy May Marlene”: poner el foco en la secta como estructura piramidal de clarividentes connotaciones fanático-religiosas; o bien ampliar el horizonte con una alegoría sobre el individualismo crónico, endemismo de occidente con el que enlazar estigmas que proliferan como Critters en una sociedad de súbditos.

La primera de las opciones creemos se autodescarta al figurar en el hecho fílmico en tiempo pretérito. Pero esto no lo justifica todo. Este razonamiento se fundamenta por si fuera poco en el tratamiento periférico con el que se traza la figura del iluminado Patrick (John Hawkes; que sí, que se parece bastante a Carlitos Manson, pero sin tatuaje en la frente); para más señas, Patrick se nos presenta como misterioso conductor del herético grupo, del que se dan cuenta sus apetitos carnales sin que se llegue a desvelar a qué obedecen éstos.

Y aquí es cuando aprovechamos para meter cita. En “La” entrevista de François Truffaut a Hitchcook (“El cine según Hichcook”, Francois Truffaut, 1966), el maestro del suspense declaraba lo siguiente: “cuanto más logrado está el malo, más lograda es la película; en otros términos: cuanto más fuerte es el mal, más encarnizada será la lucha y mejor será la película”. Fíjense lo bonachones que son nuestros políticos, y lo poco que les gusta a muchos el cine español.

Parece ser que no existe vocación espíritu-ideológica en el discurso ni animadversión contra la reencarnación de Charles Manson. Con este silogismo entendemos que Sean Durkin no se vuelca en el protolíder indolente, sino en el trasunto temático que pivota sobre la introspección del fragmentado personaje encarnado por Elisabeth Olsen aka Martha.

La reconstrucción de la historia de vida a través de flashbacks ensambla el cuerpo de la película dando continuidad argumentativa a la huida de Martha, ayudando a materializar la idea de que el pasado todavía está muy presente en el personaje. Que todavía no lo ha superado, vaya. Esta conexión se apoya en sugerentes sistemas visuales y sonoros; recursos formales que terminan de dar forma a una retórica determinista, cristalizada en la prolongación de la crisis interior de la protagonista para así confrontarla con la frugal realidad habitada por su hermana Lucy (Sarah Paulson) y la pareja de ésta, Max (Christopher Abbott).

Respaldando las tesis que sostenemos párrafos arriba, echamos mano de la lógica visual que se aplica al film galardonado a la mejor dirección en Sundance 2011. Martha Marcy May Marlene se agranda precisamente por la sumisión del cuerpo cinematográfico al texto (guion que también firma Sean Durkin). El tiempo climatológico, la iluminación agónica y saturada, el grano de la película, el ritmo pausado, la crudeza de los sonidos, la suciedad de las composiciones, los desenfoques, el zoom sobre la imagen,… Se trata de elecciones formales y estéticas al servicio del tono y la atmósfera del film, que no es otro que una extensión de Martha, del conflicto interior por el que pasa su periplo existencial.

Si valoramos las cualidades formales y retóricas de la película, ésta se nos hace llevadera, aceptable y sugerente. Si atendemos al contenido –sobrevalorado– encontramos un calco del cine independiente que goza de reconocimiento en los últimos años en circuitos festivaleros de carácter global. Digna, sí, pero como simulacro menor de la línea trazada por Gus Van Sant y por qué no, Jeff Nichols.

Anterior entrega de cine: “Milagro”, de Hirokazu Kore-eda.

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