Cine: “Lazos de sangre”, de Guillaume Canet

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“La cinta tarda muy poco en morir en su dependencia del referente y la ausencia de una personalidad propia, una inanidad general en la que acaban por ahogarse Clive Owen, Billy Crudup, Marion Cotillard o Zoe Saldana”

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Lazos de sangre” (“Blood ties”)
Guillaume Canet (2013)

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

 

A veces la importancia de un director se define en la emergencia de sus imitadores. Que “Lazos de sangre” venga marcada por la presencia de James Gray como co-autor del guion junto al director Guillaume Canet no hace sino reafirmar su condición de modelo a seguir para un thriller que pretende ahondar en los lazos familiares y los tortuosos caminos de la fraternidad, materia en la que Gray se ha movido como ningún otro cineasta contemporáneo.

El problema, claro está, es que Canet no es Gray. “Lazos de sangre” dedica dos largas horas a tejer esas relaciones entre personajes atrapados por su entorno y su pasado, pero en ningún momento es capaz de acercarse a la natural maestría de “La noche es nuestra” (“We own the night”, 2007) o “La otra cara del crimen” (“The Yards”, 2000), ni siquiera al talento contenido de “Cuestión de sangre” (“Little Odessa”, 1994). Ni siquiera, de hecho, ha podido el francés estar a la altura de los más dignos sucesores, a saber el Gavin Hood de “Cuestión de honor” (Pride & Glory, 2008). En lugar de eso, Canet ha filmado una película de manual, tratando de seguir a pies juntillas el cine de Gray en su ambientación, temas e intenciones, pero sin su inteligencia ni talento. Allí donde en “La noche es nuestra” se abrían y cerraban brechas shakesperianas entre hermanos a un lado y otro de la ley, aquí se reiteran aburridas confrontaciones familiares empeñadas en la gravedad. El vibrante uso de la banda sonora en la primera es una gramola impostada en la segunda. Para entendernos, entre ambas películas habría una relación similar a la que mantiene “La gran estafa americana” (“American hustle”, David O. Russell, 2013) con el cine de Martin Scorsese: embalsamamiento de los gestos, fotocopiado en baja resolución, solo que aquí no hay lectura posible sobre el estatus actual de Hollywood ni tampoco sobre autorías marginales como la que representa Gray. Así, la cinta tarda muy poco en morir en su dependencia del referente y la ausencia de una personalidad propia, una inanidad general en la que acaban por ahogarse Clive Owen, Billy Crudup, Marion Cotillard o Zoe Saldana, lastrados todos ellos por personajes petrificados ya desde su definición.

Anterior crítica de cine: “Mad Max: Furia en la carretera”, de George Miller

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