Cine: “La mirada del silencio”, de Joshua Oppenheimer

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“Allí donde se hace más preciso recordar, el peso de la Historia se convierte en una losa demasiado pesada”

la-mirada-del-silencio-19-07-15

“La mirada del silencio” (“The look of silence”)
Joshua Oppenheimer, 2014

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

En el último plano de “S-21, la machine de mort Khmère rouge” (Rithy Panh, 2003) la cámara registraba el vacío de uno de los recintos de la prisión camboyana. Allí donde primero se habían dado atrocidades inimaginables para el ser humano y donde luego víctimas y verdugos se reencontraban para acometer un ejercicio de reflexión orquestado por Rithy Panh, ya solo quedaba el polvo arrastrado por el viento. En la mirada fija hacia ese espacio abandonado residía la terrible certeza de la erosión del tiempo sobre la memoria. Allí donde se hace más preciso recordar, el peso de la Historia se convierte en una losa demasiado pesada. Esa idea es, también, la que recorre “La mirada del silencio” en su dolorosa incursión en una voluntad colectiva por diluir el pasado. Si “The act of killing” era un sabotaje en toda regla de los límites ontológicos del cine documental para hacer estallar en la cara del espectador la realidad indonesia, este segundo largometraje se ofrece más templado y certero en la afinación de una ética del formato. Dicho de otra manera, es como si el Oppenheimer más espectacular hubiera limado estridencias y profundizado en una gramática más desnuda y sugerente.

En “La mirada del silencio” el dispositivo de reinterpretación de los asesinatos y vejaciones a prisioneros deja de tener el estatus de hilo conductor para ser una herramienta más. La otra gran novedad es quién acapara la atención: frente a las carismáticas y tremebundas figuras de Anwar Congo o Herman Koto en “The act of killing”, aquí el protagonista es un humilde oculista en busca de respuestas en torno a la muerte de su hermano. En el paso de una a otra, el cineasta danés parece haber absorbido algunos de los recursos más productivos del cine de Rithy Panh: la confrontación dialógica entre víctimas y verdugos, las imágenes como huella de la catástrofe –el libro ilustrado de uno de los comandantes de los escuadrones de la muerte, el cual invoca a las pinturas de Van Nat en “S-21, la machine de mort Khmère rouge”− y el valor del testimonio se revalorizan en una película más comedida y más íntima. La puesta en escena de Oppenheimer, sin embargo, no descansa en la burocratización/banalidad del mal ni se alinea con el pensamiento de Hannah Arendt, sino que despoja a su obra de todo artificio para que la cámara busque incisivamente en los rostros los ecos del trauma y la culpa.

Pero quizá, el mejor activo de esta película se halle en la contundente metáfora que mora en el viaje de Adi: la incapacidad de corregir la vista de unos y otros es la de corregir su mirada hacia un pasado que esos quieren enterrar o cambiar definitivamente. En último término, esa ausencia de restauración activa la idea de la historia que desaparece bajo la historia, simbolizada en la ceguera y la senilidad irreversibles del propio padre del protagonista. Ese hombre centenario, perdido y desorientado en una habitación, pasa a ser esencialmente ese relato de la barbarie convenientemente adulterado y un poco más cerca de su desaparición.

Anterior crítica de cine: “Del revés” (“Inside out”), de Pete Docter.

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