Cine: «La cabaña en el bosque», de Drew Goddard

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«Sin alejarse demasiado del género de terror, permanece independiente a él mientras indaga divertida entre sus tripas»

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«La cabaña en el bosque»
(«The cabin in the woods», Drew Goddard, 2012)

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

He aquí una de esas películas para las que cuesta ejercer ese vicio crítico de encontrar un lugar concreto en el género, en el cine, cuando ni falta que hace que así sea. Está claro que «La cabaña en el bosque» se define en relación con el terror, con sus códigos y con el espectador que se las sabe todas. Lo que no está tan claro es que sea realmente una película de terror como, en realidad, una reflexión lúdica acerca del lenguaje que conforma su iconografía genérica. Asistir al orgiástico final de la cinta de Drew Goddard –en connivencia con Joss Whedon, productor y coguionista–, y repetir la operación una y otra vez, puede servir para trascender la mera broma metalingüística –la desbocada referencialidad, los guiños campando a lo largo y ancho de la pantalla– y adentrarse en el dominio de las retóricas del horror, compartimentadas y catalogadas a manos de una deidad demiúrgica con la obligación de llevar el miedo al mundo.

Hace algo más de un año, «La cabaña en el bosque» disfrutó de una celebrada proyección en el Festival de Sitges. La complicidad que propiciaba el contexto y el entusiasmo hacían aventurar a muchos de los presentes el nacimiento de una obra de culto, alabada en su capacidad de deconstrucción no reñida con lo festivo. Los (desastrosos) avatares de la distribución hicieron, una vez más, que un título de enorme potencial viera suspendido su estreno indefinidamente. Un año después, cuando la resaca fan ya ha pasado, llega a los cines acompañada de la inevitable idea de someterse a un doble examen: por un lado, la difícil recuperación del terreno perdido en lo comercial; por el otro, la reafirmación de su condición de rara avis de extrema autoconsciencia, esto es, una película que, sin alejarse demasiado del género de terror, permanece independiente a él mientras indaga divertida entre sus tripas.

En ese examen, el espectador podrá encontrarse con las múltiples capas de las que hablaba Fritz Lang para determinar la profundidad de la obra, eso sí, todas lo suficientemente explícitas como para embriagar de anárquica metaficción hasta al más ducho en la materia. Está presente el relato de terror al uso, con cabaña del bosque en el centro y efebos como carne de cañón. También la parodia epidérmica y hasta cierto punto exhibicionista, directamente heredera del Wes Craven de la saga «Scream». Está la lectura crítica sobre las narraciones y los narradores, conjugada de forma brillante como un «Gran Hermano» del terror. Y, por último, está la caja de Pandora que se abre para liberar ante nuestros ojos todos aquellos monstruos creados para asustarnos desde tiempos inmemoriales. La suma de esas posibles (y presentes) películas forma un conjunto como mínimo desconcertante en su atrevimiento, que equivale al gesto inesperado del jugador que, cansado del juego, decide poner todas las cartas sobre la mesa.

Anterior crítica de cine: “Solo Dios perdona”, de Nicolas Winding Refn.

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