Cine: «Kon-Tiki», de Joachim Rønning y Espen Sandberg

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«Los anunciados realizadores de la próxima entrega de la saga ‘Piratas del Caribe’, procesan la excelente materia prima que supone la historia con más precaución que riesgo»

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«Kon-Tiki»
(Joachim Rønning y Espen Sandberg, 2012)

 

Texto: JORDI REVERT.

 

Alimento perenne del cine de aventuras, las hazañas del ser humano han sido ese sustento para los relatos extraordinarios, habitualmente poblado de personajes extraordinarios, que precisa el género. La de la expedición Kon-tiki a mediados del siglo pasado, iniciativa del explorador noruego Thor Heyerdahl para alcanzar la Polinesia desde el continente sudamericano en una balsa sin ningún tipo de motor, es uno de empeños más allá de la razón que justifica plenamente su traslado al cine. A pie de los hechos, a través de la mirada del propio Heyerdahl, un documental que registraba la travesía ya había agrandado el mito y ganado el Oscar a la Mejor Película Documental en 1951.

Los noruegos Joachim Rønning y Espen Sandberg, en su día debutantes con «Bandidas» (2006) y anunciados realizadores de la próxima entrega de la saga «Piratas del Caribe», procesan la excelente materia prima que supone la historia con más precaución que riesgo. Si la larga y arriesgadísima expedición de los protagonistas era un órdago a los anales de la historia escrita en los despachos, la aproximación de los directores toma con excesivo respeto la aventura e imprime poca personalidad a la película. En ella, la posibilidad de explotar los conflictos humanos o la tensión a bordo es eso, una opción enterrada bajo la cronología de los sucesos que minan el objetivo de alcanzar las islas del Pacífico. Dicho de otra manera: en «Kon-Tiki», la profundidad humana queda sustituida por un relato que quiere ser autosuficiente como ficción, pero que en su negación a penetrar en la psicología de sus personajes impide la identificación del espectador con ellos.

Así, la cinta de Rønning y Sandberg sabría a aventura de televisión corregida y aumentada para la pantalla grande –la misma música emotiva en los momentos de los retos superados, acompañada de automáticas carcajadas y gritos de júbilo– si no fuera por al menos dos cosas: una, su excelente factura, pródiga en recrear un amplia gama de animales marinos con absoluta credibilidad y en retratar con preciosa luminosidad los paradisiacos paisajes aislados en el océano; dos, la escena del loro y tiburón, en la que los directores descubren por fin su mano para llevar el suspense hasta límites insostenibles, cualidad refrendada en el desafiante plano sostenido sobre uno de los personajes y en la cámara acuática que alerta de un escualo a punto de alcanzar a un hombre que sube a la balsa. En esos instantes, la insinuación de una película mucho más memorable flota dentro de un conjunto que, sin llegar a naufragar, parece una débil sombra del episodio real del que da cuenta.

Anterior crítica de cine: “La espuma de los días”, de Michel Gondry.

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