Cine: «Cosmópolis», de David Cronenberg

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«Nos deja aturdidos e indispuestos, porque no encontramos explicación a la urgencia con la que parece adaptarse la novela homónima del escritor norteamericano Don DeLillo»

«Cosmópolis»
(«Cosmopolis»,  David Cronenberg, 2012)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.
 

 

La semana pasada dejamos deslizar la inminente llegada a las salas de cine de la última película de David Cronenberg. También recomendamos optar por una alternativa más, digamos, digestiva, del tratamiento temático que versa sobre el plutócrata sodomizado por el propio capitalismo.

No se lo vamos a poner fácil a uno de nuestros adorados directores, así que no dejaremos escapar de puntillas a «Cosmópolis». Le vamos a conceder al genio canadiense un noble castigo al remover las tripas de este engendro surgido de su cinematógrafo, instrumento entendido como extensión biónica de uno de los creadores más inclasificables y apóstatas que ha dado el cine en las últimas décadas.

En cierta ocasión, Fabio McNamara –criatura que bien podría morar el universo Cronenberg– confesó su espeluzne al contemplar los efectos de los narcóticos sobre una breve pero intensa jornada de trabajo pictórico. Creemos que estas impresiones son compartidas tras consumarse el extraño caso de «Cosmópolis»; film que nos deja aturdidos e indispuestos, porque no encontramos explicación a la urgencia con la que parece adaptarse la novela homónima del escritor norteamericano Don DeLillo.

Bromas aparte, «Cosmópolis» se presenta pobremente fértil en su capacidad para generar significados coherentes a estas alturas del apocalipsis; comparece errática en su exploración del individuo a pesar del perceptible empeño por escudriñar los orificios más inhóspitos de la realidad neoliberalista más inmediata (acéptense dobles lecturas) a través de una narrativa poco convencional y un estilo muy descuidado para lo que nos tiene acostumbrados.

Estas divergencias no amenazan a la linealidad narrativa. No nos topamos con un puro ejercicio de dislocación con el clasicismo, pero sí observamos una construcción episódica poco habitual en el cine industrial con una estructuración del relato que concede protagonismo a la secuencia por encima del plano. Esta ligera heterodoxia desencadena un progreso narrativo (muy tímido) condicionado por la serialización del discurso, contemporizando el tempo fílmico con el objeto de dosificar la carga reflexiva compartimentada en cada eslabón del argumento principal. Identificamos aquí el primer signo de analogía con la ficción televisiva, en el intento de privilegiar la autarquía episódica con personajes recurrentes –Torval, encarnado por Kevin Durand, y Elise Shifrin, interpretada por Sarah Gadon– que repiten encuentros con el omnipresente actante principal –firmemente encarnado por Robert Pattinson (Eric Packer)– con el fin de dar sentido y unificar los diferentes capítulos.

Este es el exoesqueleto formal, bien plantado para recorrer sendas cervantinas cuando se busca ponderar una dialéctica satírica y moralizante. No es el caso. Queda al descubierto un oxidado esfuerzo por exponer un pensamiento metafísico en ideas y conceptos demasiado visitados para satisfacer nuestro punto de vista crítico desde un ángulo tan surreal. El enigma que se ofrece con la dirección de actores y la atmósfera visual no son suficientes para transmitir inquietud. Se tiene la sensación de convivir en permanente desconexión. Quizá porque se trate de sujetos menos carismáticos que los organismos mutantes empadronados en el planeta imaginario de Cronenberg.

«Cosmópolis» implica más ataduras con la fórmula que propone el telefilm. Ahora es cuando denunciamos con más énfasis el empeño por acortar los plazos con su anterior entrega («Un método peligroso», «A dangerous method», 2011).

Rechazamos frontalmente la depuración de la puesta en escena que privilegia el parlamento por encima de cualquier recurso visual cuando el texto es tan endeble. Esta desnudez perjudica el contenido pues los giros metafóricos de los diálogos y la interrelación de éstos con el desarrollo de cada secuencia redundan en lo absurdo al simplificar el pensamiento freudiano a la esfera de lo sexual de forma continuada.

Comprobarán que todavía no hemos dado ni una sola pista a cerca de la línea argumental. Les retamos a verla.

Anterior entrega de cine: “El fraude”, de Nicholas Jarecki.

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