Cine: «Blue Jasmine», de Woody Allen

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«Allen ha levantado un fabuloso ensayo sobre el autoengaño que desemboca en el que es quizá su final más arriesgado y desolador»

 

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«Blue Jasmine»
(Woody Allen, 2013)

Texto: JORDI REVERT.

Entre la levedad y la densidad moral, entre ciudades plúmbeas y otras de esencia festiva, Woody Allen lleva años demostrando que su cine es un ente heterogéneo de dimensiones crecientes y coherencia indestructible. Este, reconocible en sus temas y gestos más familiares, se camufla constantemente bajo pieles distintas que rompen la idea de que el realizador es un género en sí frente al que posicionarse a favor o en contra. Si «Midnight in Paris» (2011) fue un embelesador ataque a la nostalgia en la noche de los mitos parisinos y «A Roma con amor» (2012) resultó ser un mosaico más bien lúdico con una impagable reflexión sobre el amor idealizado, «Blue Jasmine» tiene poco o nada que ver con sus más recientes hermanas. Exactamente, la diferencia pese a un alma en común que comparten las dos protagonistas interpretadas por las excelentes Cate Blanchett y Sally Hawkins.

La primera fue antes una mujer de la alta sociedad de Nueva York, casada con un millonario saqueador de fortunas en los tiempos boyantes previos al desastre, y hoy trata de levantarse de entre las ruinas para realizarse en un mundo que desconoce. La segunda, pertenece a la clase obrera de San Francisco y sale con hombres que pueden prometer cualquier cosa menos un futuro brillante. El encuentro de ambas marca el corazón de un relato que, a partir del enfrentamiento crítico entre estratos sociales, elabora la visión alleniana de una crisis que ha dejado a verdugos, víctimas e impasibles en posiciones irreconciliables incluso para con ellos mismos. En esa historia de mujeres incapaces de escapar al mundo de las apariencias que las han definido o a la discreta seguridad que ofrece el fracaso del día a día, Allen ha recogido lo mejor de la parte más amarga de su filmografía, aquella que por ejemplo residía bajo la piel de Gena Rowlands en «Otra mujer» («Another woman», 1988), pero que aquí se desenvuelve en los terrenos menos directos y más sutiles de la comedia dramática.

No es descabellado pensar en «Blue Jasmine» como una de las obras más maduras de su director, en tanto que demuestra la extrema solvencia de un estilo depurado entre los balanceos temáticos y genéricos. El montaje de Alisa Lepselter identifica con elegancia el pasado y el presente con dos ciudades que son a su vez dos estados de ánimo descargados en Blanchett. En su contraposición, Allen ha levantado un fabuloso ensayo sobre el autoengaño que desemboca en el que es quizá su final más arriesgado y desolador, una escena que significa sin medias tintas el desmoronamiento de una realidad simulada en la que, como en la griega «Alps» (Giorgos Lanthimos, 2011), el lenguaje para expresarla también ha colapsado.

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