Cine: “Alma salvaje”, de Jean-Marc Vallée

Autor:

“Un bonito folleto sobre el alma que recorre paisajes despojados de ella”

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“Alma salvaje”
(“Wild”, Jean-Marc Vallée, 2014)

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

En la muy estimable “Hacia rutas salvajes” (“Into the wild”, Sean Penn, 2007), el punto de partida para el viaje era, quizá, su mejor argumento: el viaje como desvío de la vida programada y rebelión contra el artificio social. En definitiva, como una visceral vuelta al sentido del descubrimiento en el que el viajero se empequeñece en lo abrumador del horizonte. Algunas voces han apuntado el carácter simétrico de “Alma salvaje” respecto a la obra de Penn. Nada más lejos de la realidad, pues el último trabajo de Jean-Marc Vallée parte de una filosofía diametralmente opuesta: el viaje como enésima redención personal e instrumento de reorganización vital, como penitencia desde luego poco interesada en la noción de la maravilla inesperada y sí en la experiencia reafirmada. Es el camino ya marcado de la “Pacific Crest Trail” y no el ignoto de las tierras de Alaska, la colección de encuentros en busca de una catarsis más cercana al ombliguista libro de autoayuda.

Hay otra comparativa en la que tampoco “Alma salvaje” sale bien parada. En “Dallas Buyers Club” (2013), Jean-Marc Vallée ilustró competentemente las tribulaciones del individuo para utilizarlas como diagnóstico social de la América de Reagan y del SIDA. Aquí, sin embargo, la mirada se dirige exclusivamente al interior de su personaje principal, la Cheryl Strayed adaptada por Nick Hornby desde el guion, y su convulso tránsito vital filmado desde el montaje fragmentario. Esto resulta en un puzzle más complejo en su apariencia de lo que en realidad promueven sus lecturas, demasiado ensimismadas en la realización personal como para ir más allá. Así, el viaje carismático y de costuras más propias de las colaboraciones Iñárritu-Arriaga acaba ahogando su efectividad en flashbacks que reinciden sin avanzar en el mismo dolor, felicidad o auto-destrucción. Al final del camino, y pese a la dignidad sostenida por la interpretación de Reese Whiterspoon, no hay más aprendizaje ni transformación que la que uno ya puede prever de serie en cualquier peregrinaje que empieza con esas intenciones. O lo que es lo mismo, un (bonito) folleto sobre el alma que recorre paisajes despojados de ella.

Anterior crítica de cine: “Nightcrawler”, de Dan Gilroy.

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