Cine: «12 años de esclavitud», de Steve McQueen

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«Readapta el modelo narrativo dominante a cierta personalidad autoral, posibilitando un margen mayor para la reflexión y la verdadera visibilidad de la injusticia»

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«12 años de esclavitud»
(«12 years a slave», Steve McQueen, 2013)

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

En su texto «Sincere fictions of the white self in the american cinema», Hernan Vera y Andrew Gordon apuntalaban la definición de un cine de Hollywood clásico blanco, en contraste con sus personajes negros como extensiones psíquicas de los caucásicos protagonistas, para los que eran sus complementos. Vera y Gordon se apuntaban a una tradición investigadora que ha entendido (y no sin razón) la intervención del afroamericano en el cine de aquella época como mera parte del paisaje al fondo del plano. A partir de ahí, son legión la cantidad de películas y directores que han tratado de revocar el racismo que, signo de la época y de una sociedad, lo era también de su producción audiovisual. El ya lejano Oscar Micheaux, Otto Preminger y su sorprendente «Carmen Jones» (1954) o el más reciente y combativo Spike Lee, han supuesto algunos de los más importantes baluartes en esa cruzada contra el contraste racista.

En el que es probablemente el momento más memorable de «12 años de esclavitud», el esclavizado Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) permanece en primer plano colgado por el cuello de una soga, evitando la asfixia solo con las puntas de los pies, que tocan ligeramente el suelo. Al fondo, trabajadores y esclavos de la plantación continúan su rutina diaria sin apenas advertir al hombre que está al borde de la muerte. En esa imagen que se extiende hasta lo insoportable, el realizador Steve McQueen redefine los términos en los que el viejo Hollywood integraba el negro en su paleta «mainstream», esto es, explicitando la injusticia en primer lugar y denunciando la pasividad ante esta, en segundo. El pasaje sirve, por otro lado, como perfecto indicador de la crudeza que impregna toda la película, un relato descarnado pero nunca histérico, agreste sin caer en el sensacionalismo. Frente a la académica y simplona «El mayordomo» («The butler», Lee Daniels, 2013), esta es una demostración de un cine que readapta el modelo narrativo dominante a cierta personalidad autoral, posibilitando un margen mayor para la reflexión y la verdadera visibilidad de la injusticia.

Y es que McQueen se sigue reafirmando en su obsesión por el cuerpo como objeto ideológico, bajo una mirada siempre incómoda y prolongada. Si en «Hunger» (2008) y «Shame» (2011) la anatomía de Michael Fassbender era respectivamente la expresión de libertad y la prisión de sus protagonistas, aquí las marcas de los latigazos y los cuerpos desnudos de Ejiofor y de Lupita Nyong’o son el foco de atención para esa cámara que mira incisiva hasta denotar todo el horror de la Historia pasando por encima de ellos. Ambos actores están extraordinarios en esa asunción de significantes de un significado tremebundo, que se corroboran en la oposición a la retahíla de estrellas que interpretan a sus dominadores blancos, desde un Paul Giamatti breve pero intenso a un turbio e hipnótico Fassbender, pasando por un estridente Paul Dano, un cordial Benedict Cumberbatch y un fugaz Brad Pitt que surge como milagroso rayo de luz en medio de tiempos oscuros.

Anterior crítica de cine: “Plan de escape”, de Mikael Håfström.

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