Charley Crockett, encontrando su lugar

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COWBOY DE CIUDAD

«Su voz rasgada, su look a medio camino entre el vaquero clásico y el crooner de antaño, y su manera de narrar la vida del trabajador, del forastero y del desarraigado le han situado en el corazón de una escena alternativa que ha devuelto frescura al country»

 

Charley Crockett ha publicado ya las dos primeras entregas de su Trilogía sagebrush: Lonesome drifter y Dollar a day. En ellas, y en el papel del cantautor estadounidense en torno al nuevo country, bucea esta vez Javier Márquez Sánchez.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
Foto: JARED CHRISTOPHER.

 

Charley Crockett es, a estas alturas, por derecho propio, uno de los nombres fundamentales del country alternativo actual. Su ascenso ha sido peculiar: lejos de los caminos habituales de Nashville, forjó una carrera a base de tocar en la calle, grabar discos sin descanso y recorrer con paciencia una geografía musical que combina honky-tonk, blues, soul y folk. Es un artista que se siente tanto heredero de la tradición como ajeno a las convenciones más comerciales, y precisamente ahí radica su fuerza. Crockett se ha convertido en un símbolo de autenticidad en un género donde lo auténtico suele estar en disputa. Su voz rasgada, su look a medio camino entre el vaquero clásico y el crooner de antaño, y su manera de narrar la vida del trabajador, del forastero y del desarraigado le han situado en el corazón de una escena alternativa que, desde Sturgill Simpson a Tyler Childers, ha devuelto frescura al country.

Desde sus primeros pasos quedó claro que su ambición no era repetir fórmulas, sino reinventarlas desde la tradición. Nacido en San Benito, Texas, en 1984, y curtido entre calles, ferias y escenarios humildes, ha hecho de la perseverancia un sello personal. En apenas una década ha publicado quince discos, una cifra mareante que habla tanto de su voracidad creativa como de su concepción de la música: una forma de vida que no admite pausas. Pero lo que lo distingue de otros colegas de generación es su capacidad para convertir esa abundancia en un relato coherente, una narrativa que ha ido creciendo con él hasta desembocar en su proyecto más ambicioso: la Trilogía sagebrush.

Concebida como un tríptico sonoro que recorre distintos territorios musicales y emocionales, esta trilogía supone una especie de compendio de todo lo que Crockett ha sido y quiere ser. La primera entrega, Lonesome drifter, apareció en marzo de 2025 y ya dejó claro que se trataba de algo más que un álbum convencional. Era un disco austero, marcado por la sobriedad y por un tono introspectivo que sorprendió a quienes esperaban el habitual derroche de estilos de Crockett.

Lonesome drifter era, en cierto modo, un regreso a la figura del trovador solitario, del vaquero errante que recorre caminos con más preguntas que respuestas. Canciones desnudas, arreglos mínimos y un ambiente casi crepuscular le dieron un aire de confesión personal, como si Crockett estuviera vaciando el bolsillo antes de emprender un viaje más largo. Fue recibido con entusiasmo por la crítica, que lo destacó como un trabajo de madurez, más contenido, donde el artista tejano dejaba que la emoción respirara sin necesidad de artificios.

Ese tono melancólico y sobrio de Lonesome drifter contrasta con la segunda entrega, Dollar a day, publicada en agosto de este mismo año. Aquí encontramos a un Crockett expansivo, dispuesto a jugar con géneros, texturas y narrativas, como si después de la confesión íntima llegara la hora de levantar la vista y mirar alrededor. Si el primer disco de la trilogía nos mostraba al hombre a solas con su guitarra, este segundo nos regala un escenario completo, una auténtica película sonora grabada en el legendario Sunset Sound de Hollywood bajo la producción de Shooter Jennings. Y es lógico que así sea: Crockett entiende esta trilogía como un todo que debe desplegar diferentes registros. Donde antes había silencio, ahora hay color; donde antes resonaba el eco de un cowboy solitario, ahora estallan las cuerdas, los teclados y los grooves soul que recuerdan al cine de los setenta.

El álbum arranca con la canción que le da título, “Dollar a day”, un tema que actúa como apertura sombría, casi agotada, antes de dar paso a un abanico de estilos que se suceden con naturalidad. “Crucified son” se impone como una de las piezas centrales, con un tono confesional que conecta con la línea autobiográfica de Crockett, mientras que canciones como “Red-eyed Sally” o “El paso to Denver” se instalan en la tradición del honky-tonk y el relato de carretera.

No faltan incursiones en terrenos menos previsibles: “Lone star” y “Ain’t that right” juegan con ritmos funk y soul; “Santa Fe ring” y “Age of the ram (Theme)” se adentran en territorios instrumentales casi cinematográficos; y el cierre con “Alamosa” funciona como un epílogo visual, de esos que invitan a imaginar créditos rodando sobre un horizonte anaranjado.

La virtud de Dollar a day es que, pese a esa variedad, todo suena orgánico, sostenido por la voz única de Crockett y por una producción que sabe resaltar la teatralidad sin caer en lo excesivo. Es un disco que se escucha como un viaje: del polvo del desierto a la penumbra del bar, del cabaret soul a la balada confesional. Y esa cualidad narrativa es la que lo sitúa dentro de la Trilogía sagebrush: como un segundo capítulo que abre puertas y amplía el mundo iniciado en Lonesome drifter.

Conviene entender, además, que Crockett se encuentra en un momento de reconocimiento internacional. Tras la nominación al Grammy por $10 Cowboy, la industria ya no puede ignorarlo y, sin embargo, él se mantiene fiel a sus principios: seguir contando historias de personajes marginales, de trabajadores que sobreviven con sueldos mínimos, de forasteros que buscan sentido en una vida dura. El título Dollar a day lo dice todo: es el retrato de una existencia precaria, medida en monedas pequeñas, en esfuerzos invisibles, en jornadas que se pagan con lo justo. Esa visión conecta con el imaginario clásico del country, pero Crockett lo reviste con arreglos que remiten tanto a Loretta Lynn como a Curtis Mayfield, tanto a los wésterns de Sergio Leone como al soul urbano de los setenta.

Si algo demuestra la Trilogía sagebrush es que Charley Crockett ha dejado de ser únicamente el “revivalista” que muchos veían en sus inicios, para convertirse en un creador total, capaz de diseñar proyectos conceptuales sin perder su esencia de trovador callejero. Lonesome drifter y Dollar a day son dos caras de una misma moneda: la soledad introspectiva y el retrato coral; la confesión mínima y el espectáculo cinematográfico. Habrá que esperar a la tercera entrega para completar el cuadro, pero lo cierto es que Crockett ya ha conseguido lo que se proponía: demostrar que se puede ser fiel a la tradición y, al mismo tiempo, expandirla con una visión contemporánea.

Con Dollar a day, Charley Crockett reafirma su lugar como cronista del presente con ojos en el pasado, un cowboy moderno que cabalga entre la memoria y la imaginación. Y lo hace con la certeza de que la música, como la vida en las llanuras, se sostiene día a día, dólar a dólar.

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