EL RITMO DE LA SEMANA

«Una vez, conseguí estar cerca de ti. Ocurrió en el año 2009, cuando viajé hasta tu pueblo, Macclesfield, en busca de tu sombra. Y te encontré»
En la semana en que Ian Curtis, alma de Joy Division, habría cumplido 70 años, Sara Morales le dedica su columna, El ritmo de la semana, y esta carta.
Una sección y fotos de SARA MORALES.
Querido, Ian
Esta semana, concretamente el miércoles (15 de julio), habrías cumplido 70 años. Cómo me gustaría que anduvieras por aquí, me encantaría haber coincidido contigo en el tiempo, haber podido disfrutarte en directo alguna vez, haber asistido a tu evolución y, ahora como septuagenario, ver cómo serías.
¿Seguirías en la música como tus compañeros y amigos de Joy Division? ¿Habríais continuado como tal? ¿Y New Order, existiría? ¿Serías uno más de ellos junto a Bernard Sumner y a Steve Morris o andarías galopando en solitario y por tu cuenta como Peter Hook? ¿Qué estilo y sonido estarías transitando ahora? ¿Qué letras? ¿Habrías conseguido superar todo aquello que te atormentaba tanto? Todo preguntas. Ya ves.
Somos muchos los que hemos crecido y madurado con tu música y tus canciones, y hoy, en mis cuarenta ya, confieso que continúan sustentando los pilares fundamentales de mis pasiones melómanas. Las más íntimas y las más obvias. Las más viscerales y las más reflexivas. Las que acompañan en el trajín de cada día y también las que lo hacen en las eternidades noctámbulas. Las que me han traído hasta la profesionalización de hoy y las que despiertan a la adolescente que fui. Juro que, a través de ellas, he llegado a comprenderte.
Una vez, conseguí estar cerca de ti. Ocurrió en el año 2009, cuando viajé hasta tu pueblo, Macclesfield, en busca de tu sombra. Y te encontré. Te encontré en cada esquina. En los dos escaloncitos del portal de tu casa, en Barton Street, en los que solías fumarte un cigarro. Yo lo hice también. A tu salud, en tu recuerdo.
Y hasta conseguí colarme en el patio interior, gracias a un vecino que apareció por allí y que, sin entender nada, me abrió la puerta concediéndome la oportunidad de asomarme a la ventana de aquella cocina maldita. Todavía entonces, tu hogar no se había convertido en museo ni en lugar de culto y peregrinaje, pero yo ya estaba allí. Y todo costaba más, claro que sí; todo era un mundo, una aventura, un atrevimiento a cada paso; pero por eso mismo también todo era más bonito, más veraz y más auténtico. Inolvidable. Místico.

También te encontré a los pies de tu tumba. Ahí sentada, lloviendo, escuchamos música, tu música; y con mi lápiz de ojos te dejé escritas unas palabras en el billete de tren que me había llevado hasta allí. La carta que había preparado para ti se quedó olvidada en Madrid, pero me gusta pensar que aquel mensaje improvisado que introduje en la ranura de tu nicho allí permanece, perpetuo, haciéndote compañía en ese bordillo helado con algunas flores y muchas gotas de agua. Imagino cómo estará ahora que te has hecho famoso.
En el bar que frecuentabas con tus amigos, el Bate Hall, e incluso con el resto de miembros de Joy Division ya al final, probé el típico sándwich de queso con cebolla que solías pedir. ¿Cómo podía gustarte eso? Lo siento, lo intenté, pero ahí se quedó entero. No fue así con la cerveza. Dos pintas a tu salud, en tu recuerdo de nuevo.
También pegué mi cara a los barrotes de la verja de tu colegio y observé la esquina de aquella oficina de empleo en la que trabajaste y de la que surgió una de las canciones de tu vida (y de la mía), “She’s lost control”.
Y así celebro tus 70, Ian; recordándote y recordando aquel paseo por las nubes grises que inventaste tú. «Escucha el silencio, deja que suene», dejaste dicho en “Transmission”. Lo sigo intentando.
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Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Ana Curra regresa a la mirada de las Costus.



















