Canciones de una noche de verano: ‘Hora punta en el metro’, de Mamá

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«Creo que nunca José María Granados ha alcanzado mayores cotas de lirismo»

 

Después del éxito del epé «Chicas de colegio», Mamá publicaron el disco «El último bar», con joyas como ‘Hora punta en el metro’. Una letra de José María Granados y una música empeñada en no envejecer. Nos habla de ella César Prieto.

 

Una sección de CÉSAR PRIETO.

 

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Mamá
‘Hora punta en el metro’
«El último bar»
Polydor, 1981

 

La Nueva Ola, en España, fue un verdadero imán que fagocitaba todo lo que atraía. Grupos que habían grabado alguna maqueta desde otras estéticas, cantantes de reconocida carrera en la música ligera, antiguos rockeros de estirpe dura… Ayudaba a ello el que nadie supiera a ciencia cierta cómo se resolvía eso de la nueva ola –con reglas estrictas hubiera sido más difícil– y el que Madrid entonces fuera una permeable noche de sonidos y descubrimientos.

José María Granados fue un músico que llegó a ella desde criterios cercanos a los cantautores más alocados. En los confusos años de la primera transición formó un dúo de presupuestos ácidos y entronque con Veneno que llamó Moscatel. ‘Vete’ o ‘Chica cruel’ venían de ese dúo. Ahí aprendió seguramente a construir canciones de microscopio en las que enfocaba lo mínimo, lo sencillo. Igual que el Serrat de ‘Como un gorrión’ o igual que Víctor y Diego en ‘El parque’. También se educó en la búsqueda de un costumbrismo que al fin y al cabo fue común en esos años y del que bebieron incluso los grupos de las hornadas irritantes –falsa oposición a los llamados babosos– que lo llevaron a una parodia con tintes de teatro del absurdo.

Lo de Mamá era más cotidiano, aparecían en sus letras lugares de Madrid, visitas al zoo, fiestas y romances imposibles, salidas de clase. De ahí seguramente se extrae el marco del tema que nos ocupa. El metro, nada más urbano, anónimo y casual. Kaka de Luxe o Ramoncín lo hicieron también protagonista de sus mejores canciones, Topo adoptó su logo para la portada de un disco.

 

 

La producción de la canción corrió a cargo de Juan Luis Izaguirre, como la de todo el elepé, el primero de los dos que llegó a grabar el grupo. Fue uno de los productores que definió el sonido de la Nueva Ola –con impecables trabajos como el primer disco de Los Secretos– y por ende de lo que después se conoció con el engañoso nombre de pop español. Las crónicas hablan de que en el caso de Mamá resultó un trabajo fallido, demasiado lejano de la efervescencia que explotaba en las maquetas, demasiado atento a llevarlo hacia un terreno neutro que no llegó a convencer. Sin embargo, pasado el tiempo, no tengo la impresión de que fuera tan desastroso. Perdió intensidad pero gano carácter clásico. La soberbia guitarra de Manolo Mené suena limpia en el subrayado de las voces y en un hermoso sólo, la voz de José María Granados deja entrever bajo su pulcritud una inmensa, hirviente y clara melancolía.

Porque la canción no es más que una estampa cotidiana, un cruce en las escaleras y una mirada perdida y fugaz que se convierte en deslumbramiento, que hace estallar esas cosas que se han ido quedando calladas dentro. Por ello la letra fluctúa entre dos tiempos, el del efímero roce visual y el del recuerdo. El primero está narrado de forma torpe y reiterativa. No hay nada que conservar de él. El segundo se recrea en los detalles: portales, coletas, calcetines blancos… La pulsión del primer amor, un estallido que así contado parece mucho más real que el rutinario presente.

Creo que nunca José María Granados ha alcanzado mayores cotas de lirismo. Desde el inicio con la voz desnuda cada nota tiene sentido y pone la emoción justa –sin desmesura, con resignación– a una historia que vuelve a darle al tópico adolescente la conmoción que quien sabe por qué después desaparece y se convierte en eso, en tópico y lejanía. Un verdadero rescate de tesoros hundidos, un poner a la luz todo lo que escocía dentro. Y a pesar de todo, algo que resulta inexplicable, que parece cosa de verdadera hechicería, José María Granados, al componerla, tenía apenas veinte años. ¿Cómo se puede tener tanta nostalgia y expresarla tan bien con veinte años?

Anterior entrega de Canciones de una noche de verano: ‘A day in the life’, de The Beatles.

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