Bruce Springsteen: Tras “The river” nada fue igual

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LA SEMANA DE SPRINGSTEEN

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 “Esas dos decenas de temas están entre lo mejor que ha dado el rock como género, son su más entregada sublimación, el resumen de todo lo hecho hasta entonces”

 

“The river”, de 1980, fue un punto de inflexión, un disco doble que ratificaba lo hecho hasta entonces por Springsteen y lo consolidaba como el mejor compositor de su tiempo. Juan Puchades recupera recuerdos tratando de recuperar las sensaciones que produjo su escucha hace más de tres décadas.

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, a tenerlo todo ahora, ya. Pero no siempre fue así. Rebobinemos y situémonos en 1980. Uno llevaba dos o tres años muy interesado por la música, con especial predilección por el rock pero sin hacerle ascos a ningún género. De tal modo que cuando Bruce Springsteen editó “The river” poco sabía de él (de Springsteen; que del disco no tenía ni idea), pues no había llegado a la publicación de “Darkness on the edge of town” (1978), del que las revistas especializadas españolas solo hablaron lo justo. Así que la edición de “The river” fue mi particular punto de partida, con él arribaron las primeras informaciones que uno recibía de semejante prodigio de la naturaleza.

 

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En aquel tiempo, previo a la globalización, lo habitual era que los discos no se editaran en España en paralelo al resto del mundo, podían tardar unas semanas, o meses, dependiendo del lanzamiento; años, si la cosa pintaba “rara” para los cerebros locales de la “industria”. Tal vez nunca. Nuestro país en lo musical iba poniéndose las pilas poco a poco: una nueva crítica rock comenzaba a andar sus primeros pasos y sería decisiva no solo para abrirle las orejas a los aficionados; también forzaría a que los disqueros del momento tuvieran que prestar atención a los lanzamientos que se alejaban de las convenciones de sus radares. A la vez, y aunque hoy también pueda parecer inverosímil, por entonces poca gente viajaba fuera del país. Las vacaciones, si las había, estivales y de Semana Santa (las únicas, en la práctica), eran a la playa o “al pueblo” (de tus padres o abuelos). España recibía turistas, no los emitía (o lo hacía con cuentagotas). Viajar era una rareza y un privilegio, con tarifas aéreas imposibles para el ciudadano medio. Los vuelos “low cost” no existían y la fiebre del turisteo no se había despertado. Pero, sorpresas te da la vida. Aquel quinceañero que uno era tenía un cuñado que, por su trabajo como ingeniero de una gran empresa, viajaba con regularidad al extranjero. Y coincidió uno de aquellos viajes con la publicación de “The river”: en Londres vio que ese disco de Bruce Springsteen, recién editado, era omnipresente en las tiendas, carteles y escaparates, así que en el aeropuerto de Heathrow, antes de embarcar de regreso a España (donde el disco no tardó demasiado en editarse, pero con bastantes menos fanfarrias promocionales que en Inglaterra), decidió comprarlo para regalármelo, pensando que aquel tipo feucho de la foto en blanco negro, seguramente me interesaría, sabedor de mi afición por el rock and roll.

 

 

Esa edición británica de “The river” fue la puerta de entrada a Bruce Springsteen (inmediatamente acompañada por un extenso artículo sobre él publicado en la revista «Vibraciones»). E intuyo que no pudo ser mejor, pues en aquel doble álbum (¡doble!, uno flipaba) Springsteen, a sus treinta años, fijaba definitivamente su poderío. Era como la culminación de lo que había venido haciendo hasta entonces: moderaba la urgente incontinencia de “Born to run”, asentaba el poder narrativo de “Darkness on the edge of town” y proyectaba y consolidaba lo que ya era su sonido personal en una veintena de canciones que ratificaban a su autor, ¡y a la E Street Band!, como la más sólida realidad del rock (Jon Landau, años antes, escribió que había visto en él el futuro del rock and roll, aquí nos conformamos con constatar los hechos consumados, que el futuro era presente): un músico que asumía la tradición allí donde la había dejado Creedence Clearwater Revival, y sumándole el carácter distendido de las producciones clásicas de Spector y su gusto por cierta épica dramática la amplificaba hasta límites insospechados en unas canciones apoyadas en incisivos textos confesionales, retratistas o sociales que reformulaban la poética del rock, en ocasiones en canciones que acumulaban versos a borbotones.

Esas dos decenas de temas están entre lo mejor que ha dado el rock como género, son su más entregada sublimación, el resumen de todo lo hecho hasta entonces, a la vez que abrían nuevos caminos para su desarrollo futuro. Del rock de campanillas de ‘The ties that bind’, ‘Hungry heart’, ‘I’m a rocker’ o ‘Sherry darlin’ a la aspereza de ‘Cadillac Ranch’ y ‘Ramrod’, pasando por lo íntimo, profundo, dramático y desolador de ‘The river’, ‘Point blank’, ‘Indepence Day’ o ‘Drive all night’, si Springsteen venía reescribiendo el género, aquí lo elevaba a la categoría de Capilla Sixtina o Guernica. La bofetada fue tremenda, nada volvería a ser igual después de “The river”, probablemente el mejor álbum doble de la historia del rock anglosajón junto a “London calling” (de los Clash, y solo de un año antes), “Blonde on blonde” (de Dylan, de 1966) y el “White album” (de The Beatles, 1968).

 

 

No, nunca nada fue igual. Incluso en la carrera de Springsteen nada alcanzó semejante altura, y en su siguiente disco, el prodigioso “Nebraska”, que lo situaba como un clásico en vida, en la estratosfera de sus contemporáneos y como el mejor compositor estadounidense de su tiempo (enlazando cuatro obras maestras seguidas, ahí es nada), recurrió en un giro sensacional al sonido lo-fi y maquetero, quizá una forma de trazar una línea bien clara que certificara la barbaridad que había supuesto “The river”, y por mucho que los siguientes años, desde «Born in the U.S.A.», fueran los de su consagración como artista de masas y de estadios, ninguna obra alcanzó tal nivel. Y la obra, más allá de los conciertos en directo, es lo que nos queda, lo que permanece, lo que marca la diferencia.

La edición ampliada del año pasado, “The ties that bind. The river collection”, sirve para tratar de comprender, con los temas extra y demás, la magnitud de aquel colosal doble elepé, de aquellas sesiones irrepetibles y en estado de gracia, que uno, idiota o nostálgico, sigue degustando cada tanto en su edición original en dos vinilos. Pero es que ahí se esconde la perfección del rock entendido como un género que evoluciona pero que echa raíces en los orígenes, en la obra de los pioneros, que muta y avanza pero que fija eso que en los últimos años hemos dado en llamar “rock clásico”. Seguramente es su cenit, su punto de inflexión. Y no extraña que en la presente gira Springsteen y lo que queda de la E Street Band que lo grabó lo homenajeen en directo. Pero es que, lo dicho, después de él nada fue igual. Ni para el rock ni para Springsteen.

 

 

Anterior artículo de la Semana de Bruce Springsteen: La otra cara de Bruce Springsteen.

 

 

 

 

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