Braxton Keith, country sin artificios tras la caricatura

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COWBOY DE CIUDAD

«Su música mira hacia los años ochenta y noventa, hacia el honky tonk tejano, el western swing, las baladas de barra y la escuela de los grandes narradores, pero no suena a museo»

 

Javier Márquez Sánchez analiza la figura de Braxton Keith, como miembro de la nueva hornada de cantautores country, y su nuevo disco, Real damn deal, un trabajo tan desenfadado como leal al género.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Real damn deal es un título que parece pedir una ceja levantada antes incluso de darle al play. Vaya, otro joven de sombrero, bigote bien dibujado, hebilla resplandeciente y actitud de haber nacido directamente en la barra de un honky tonk… a pesar de venir de una buena familia de la gran ciudad. Posturo musical, en definitiva. La industria de Nashville ha fabricado tantos vaqueros de escaparate, que uno aprende a desconfiar por puro instinto de supervivencia auditiva. Pero Braxton Keith, tejano de Midland y miembro destacado de esa nueva hornada de cantautores country que está devolviendo al género parte de su pulso fundamental, aguanta bastante bien la sospecha. Más que posar como un nostálgico, parece haber entendido que la tradición no es un disfraz de Halloween con botas, sino una manera de contar, cantar y medir el mundo.

Para el público español, Keith es esencialmente un desconocido, lo cual tampoco debería sorprendernos: aquí seguimos descubriendo a George Strait como quien encuentra petróleo en el patio de casa. Nacido en el oeste de Texas, Keith pertenece a una generación que ha crecido con TikTok en el bolsillo y con los viejos discos familiares aún resonando en la memoria. Esa mezcla, que en manos equivocadas podría ser una catástrofe con wifi, en su caso funciona porque no rebaja el lenguaje del country clásico para hacerlo digerible. Al contrario, lo presenta con una energía juvenil algo descarada, pero sin arrancarle sus raíces. Su música mira hacia los años ochenta y noventa, hacia el honky tonk tejano, el western swing, las baladas de barra y la escuela de los grandes narradores, pero no suena a museo. Suena a alguien joven empeñado en demostrar que el pasado puede seguir armando bronca en el presente.

Real damn deal (Warner Records Nashville), su primer álbum largo, juega precisamente a eso. Quince canciones —de las que Keith firma diez—, producción clara —a cargo de Alex Torrez y David Dorn—, guitarras con twang, violines que no piden perdón, steel guitar donde tiene que haber steel guitar y una voz aguda, limpia, algo nasal, que puede dividir opiniones pero que posee personalidad. Keith no tiene la gravedad de un George Jones ni la elegancia imperturbable de George Strait, pero tampoco intenta ser una estatua. Tiene más bien el punto de un chico de dancehall, seguro de sí mismo, algo fanfarrón, con gusto por el chiste, por la frase lanzada desde el taburete y por ese equilibrio tan country entre tomarse el corazón muy en serio y tomarse a uno mismo un poco a coña.

“Real damn deal”, que abre el disco, sirve bien como acto de presentación de la propuesta del artista. A continuación, el álbum despliega sus diferentes cartas. “I Aan’t tryin’” se apoya en el espíritu del western swing y en esa ligereza de salón de baile que convierte el country en una música física, no solo narrativa. “Mrs. Green” recupera el gusto por el relato con personaje, ese mecanismo tan clásico que permite condensar una vida entera en tres minutos y medio. “That’s how hearts get broken” y “I dreamed you dreamed of me” se mueven por terrenos de desamor sin necesidad de retorcer la fórmula: el country, cuando está bien hecho, no necesita fingir complejidad para ser profundo. Basta una melodía certera, una imagen limpia y la convicción de quien canta como si acabara de perder algo.

Uno de los puntos más interesantes del disco es que Keith no confunde fidelidad a la tradición con solemnidad de sacristía. Hay dolor, claro, porque sin corazones rotos el country tendría que dedicarse a vender seguros. Pero también hay humor, arrogancia juguetona y sentido de la escena. “I own this bar” pertenece a esa familia de canciones donde el protagonista se agranda a sí mismo entre copas, mentiras piadosas y fantasías de grandeza. En otro artista podría parecer una gracieta menor, pero Keith la aprovecha para perfilar un personaje.

El disco también deja ver sus costuras. No todo alcanza la misma altura. Algunas canciones más suaves o radiables, como “Wind blows” o “Baby you do”, funcionan con corrección, aunque no siempre con la fuerza de las piezas más enraizadas en el honky tonk. Pero incluso en sus momentos menos memorables, Real damn deal mantiene una coherencia poco habitual en un debut de gran sello. No parece una carpeta de canciones reunidas por comité, ese maravilloso invento moderno para que nadie se emocione demasiado. Hay una línea estética clara de country clásico, producción robusta, letras directas, melodías reconocibles y una voluntad evidente de conectar con un público joven sin regalarles una versión aguada del género.

Braxton Keith no es, por tanto, otro muchacho con sombrero en la nueva ola country. Junto a nombres como Zach Top, Jake Worthington, Randall King o algunos herederos del circuito tejano, forma parte de un movimiento que está recordando algo elemental: el country no necesita avergonzarse de sus códigos. Puede sonar actual sin esconder el fiddle, sin maquillar la steel guitar y sin convertir cada estribillo en una postal pop con acento rural. Keith lleva esa idea al terreno del espectáculo, con carisma, desenfado y una imagen casi caricaturesca, pero debajo de la caricatura hay mucho oficio, muchos discos escuchados y muchas ganas de dejar huella.

Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: La suerte gastada de Ryan Bingham.

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