EL RITMO DE LA SEMANA

«La oferta es tan excesiva y tan descomunal que consigue el efecto contrario: abrumar y noquear a la demanda»
Sara Morales reflexiona en su columna semanal, “El ritmo de la semana”, sobre la oferta masiva de festivales de verano, a propósito de los 55 años que cumple uno de los más legendarios, el de Glastonbury.
Una sección de SARA MORALES.
Foto: VINTAGEKITS (Wikipedia).
Estos días veremos llegar el verano oficialmente, aunque por las temperaturas y las astucias festivaleras tengamos la sensación de llevar con él ya varias semanas encima. Las tretas y batallas de estas macrocitas por llevarse al huerto al artista o banda del momento, lucir el line up más estelar o atraer a las personalidades más ilustres y codiciadas entre sus visitantes, se ha convertido de unos años a esta parte en una carrera de ratas.
Una pugna entendible en estos tiempos en que cuesta encontrar la diferencia y se hace prácticamente imposible desmarcarse de la tendencia, pero en la que, por desgracia, se acaba cayendo en el error que, a priori, se buscaba evitar: carteles similares o directamente calcados, mismos artistas de una localidad a otra, de un recinto a otro, sin parar, y unas ideas e iniciativas que, por manidas, han perdido por el camino toda distinción. La oferta es tan excesiva y tan descomunal que consigue el efecto contrario: abrumar y noquear a la demanda.
¿Es este un síntoma de la buena salud que goza nuestra música? En lo cuantitativo sí, sin ninguna duda, a la vista está: varias centenas de festivales se celebran en España a lo largo del año. En lo cualitativo, a decir verdad, queda la duda.
Precisamente esta semana se cumplen 55 años de la primera edición del festival de Glastonbury. Fue el 20 de junio de 1971 cuando el agricultor (e ideólogo) Michael Eavis y los organizadores Andrew Kerr y Arabella Churchill concibieron tan icónico evento en la explanada de una granja lechera llamada Worthy Farm, en Pilton, Inglaterra. Y construyeron por primera vez el escenario piramidal, utilizando andamiaje metálico y láminas. Y duró cinco días con entrada gratuita. Y asistieron doce mil personas. Eran tiempos en que la industria, tal y como la conocemos ahora, todavía estaba en pañales.
Por su escenario circuló David Bowie. Y Traffic. Y Hawkwind. Y Fairport Convention. También Gong, Family y el brasileño Gilberto Gil, entre otros tantos. El objetivo era huir de “lo comercial” con una clara apuesta por el rock, el folk y la psicodelia, en un entorno y un ambiente propicios para el arte, la celebración, la reunión e incluso el misticismo. Lo lograron. Y tanto lo hicieron que hoy, más de medio siglo después, ahí continúa; aunque justo este 2026 se tomen su tradicional “año de descanso” por aquello de que los terrenos de la granja se recuperen de cara a la próxima edición, la de 2027, con rumores que apuntan a la presencia de Oasis, Taylor Swift y Beyoncé.
A todos los festivales, veteranos y noveles, de aquí o de allá, los tiempos, el mercado y la inercia les han conducido por el mismo camino, al mismo lugar. Un punto muerto que abastece de gloria, de una gloria efímera que, llegados a este momento, merecería la pena replantearse.
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Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Las otras casitas (del rock).



















