Bob Dylan y su distanciamiento emocional

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“Dylan apuesta por el intimismo brumoso y por ello la banda suena a unos decibelios impropios de un pabellón de deportes, pero suenan bien. Como es habitual”

 

Tres años después de su última gira española, el regreso del músico estadounidense a nuestros escenarios no ha dejado indiferente a nadie. En su concierto en Madrid estuvo Eduardo Izquierdo.

 

 

Texto: EDUARDO IZQUIERDO. Foto: WILMA LORENZO.

 

 

Sensaciones contrapuestas sobre la actuación de Bob Dylan en Madrid azotan mi cabeza. ‘Simple twist of fate’, que diría alguien. Escojo Madrid por precio (sí, servidor se pagó su entrada y la de su parienta, ¿qué se han pensado?) y por público respecto al show en mi ciudad. Al salir de la actuación me corroe la duda de si he acertado. Desde luego, el Barclaycard Center de Madrid no se me antoja la sala idónea para el sonido del Dylan actual y, si en un principio no me apetecía ver el concierto de su dylanísima rodeado de gente con un perfil económico considerablemente alto como presumía iba a haber en su actuación en Pedralbes, ahora pienso que quizá allí el espectáculo de Dylan brilló más y quizá ese es ahora su público. El que no lo es, seguro, es el que busca en Bob Dylan un concierto de rock, estribillos tarareables y momentos de alzar el puño. Pero no es algo reciente. Hace tiempo que la cosa no va por ahí. Decía mi buen amigo Joserra Rodrigo, bloguero y dylanita donde los haya, que lo de Dylan es ahora más para amantes de Joe Henry o Lambchop que para los que busquen a John Fogerty, y no puedo estar más de acuerdo. Pero vayamos por partes y ya volveremos.

Abren la velada Los Lobos con un concierto de algo más de una hora y en el que brillan canciones como ‘Evangeline’, ‘Will the wolf survive’, ‘Más y más’ o ‘Ay te dejo en San Antonio’. Empiezan ante unas 2.000 personas pero no parecen resentirse de ello y al final, los aproximadamente 5.000 espectadores que poblaban las gradas ante la cercanía del concierto de Dylan acabaron rendidos, cómo no, a su propuesta.

Puntualísimo, Bob Dylan y su corte aparecen en escena. Impecablemente vestidos, como siempre, y con un protagonista apostado frente al micro sin parapeto instrumental que lo proteja. El repertorio va a ser calcado al del resto de fechas españolas hasta el momento, así que ‘Things have changed’ supone el punto de partida y la comprobación de lo erróneo del lugar elegido. Dylan apuesta por el intimismo brumoso y por ello la banda suena a unos decibelios impropios de un pabellón de deportes, pero suenan bien. Como es habitual. Bobby canta tan bien o tan mal como siempre, porque yo no compro eso de que canta mejor que nunca. A mí me gusta pero entiendo que no es el mejor vocalista de la historia. Una errática ‘She belongs to me’ da lugar a una espléndida ‘Beyond here lies nothin’’ que me hace subir en atención. Me despereza, si quieren. ‘Workingman’s blues#2’ no luce como se merece y ‘Duquesne whistle’ sucumbe ante los nuevos arreglos. Algo está pasando aquí y yo no sé lo que es, Míster Jones. ‘Waitin’ for you’, ‘Pay in blood’, ‘Tangled up in blue’ y la cover de Sinatra ‘Fullmoon and empty arms’ cierran la primera parte del concierto antes de un innecesario receso de ¡veinte minutos! Juan José Vicedo, autor del fantástico “Escuchando a Dylan”, me envía un mensaje sabedor de mi “alergia” hacia el sinatrazo: “¿No te has emocionado con ‘Full moon…’?”. Mi respuesta es clara: “Sinceramente, no”.

Hablo con el compañero en estas páginas y redactor de “El País” Fernando Navarro y él me da el titular que ando buscando: “¿Te das cuenta de que Dylan se ha distanciado emocionalmente de la gente? Es una pasada, lo que está haciendo tiene su grandeza ahí, aunque la cosa no acaba de funcionar”. Mmmm. Distanciamiento emocional. Brillante, Fernando. Otro que no falla. Dylan siempre ha hecho lo que quiere pero quizá ahora más que nunca. Me lo imagino con su hijo Jakob charlando (mucho imaginar porque apenas se hablan): “Jackie, se me ha ocurrido hacer un disco de versiones de Sinatra”. “¿Qué dices papá? Si Frankie es la voz, te van a machacar”. “No te preocupes, hijo, verás como todo el mundo dice que soy un genio y un cantante espléndido”. Enésima vuelta de tuerca. Y vuelta también a la realidad.

Segunda parte del set. ‘High water (for Charlie Paton)’ es fantasmal, densa. Algo ha cambiado. Hay más empaque y me gusta. ‘Simple twist of fate’ es uno de los momentos de la noche. Excepcional. Brumosa. Terciopelo en vena. ‘Early Roman Kings’ mantiene el pulso para que ‘Forgetful heart’ vuelva a poner quilates de calidad a la cosa. ‘Spirit on the water’ muestra cómo ha mejorado Dylan con el piano de cola y como sus intervenciones han adquirido merecido protagonismo. ‘Scarlet town’ es otro de los grandes momentos de la noche. Exquisita. Parece que todo se va a romper en mil pedazos en esa fantasmagórica ciudad y Bob lo explica mejor que nadie. ‘Soon after midnight’ y ‘Long and wasted years’ no desmerecen en una segunda parte de nota muy alta y hasta la cover de Yves Montand, circa Sinatra, ‘Autumn leaves’ se me antoja ideal. Luego, previsible final para ‘Blowin’in the wind’, quizá innecesaria, y una siempre efectiva ‘Love sick’. Campana y se acabó.

Leo en comentarios posteriores palabras como riesgo, intensidad y yo no lo veo. Admito que no acabo de entender a este Bob Dylan. Al que viene después de “Tempest”, así que quizá es cosa mía. Pero no hay quien discuta que lo suyo es más de teatro pequeño que de estadio y que si algo no tiene visos de aparecer en sus conciertos es el rock. Habrá quien tendrá suficiente. Habrá quien defenderá que a su edad es lo que toca, aunque a mí me viene a la mente gente como Neil Young y no puedo comprar eso de que debía reinventarse o moriría en su éxito. Se ha reinventado, sí, pero exige una reinvención de su público que algunos no tenemos ganas de hacer. ¿Criticable? En absoluto. Encomiable. El artista que hace lo que quiere es el que se ha defender por encima de todo y de todos. Pero no me hablen de riesgo. El otro día me encontraba en un programa televisivo con un comentario sobre la valentía de desnudarse de una top model. Alguien contestaba diciendo: “Eso no es valentía. Valentía es desnudarse con el cuerpo que tengo yo”. Pues aplíquenle el cuento. Dylan es valiente, claro. Pero no nos pasemos. Más valiente es el tipo que lleva un disco, tiene veinte años y entonces cambia. Alguien que tiene una cohorte de irredentos que le perdonan cualquier paso en falso y hasta lo ensalzan tiene más fácil cambiar. Creo yo. Que el gran Fernando Navarro (al que pedí permiso para citar) reconociera al final que si no fuera de Dylan no hubiera pinchado más de una vez el sinatrazo no hizo sino confirmarme que quizá, solo quizá, no estoy tan equivocado.

 

 

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