Bob Dylan: Como Robert Zimmerman por Brooklyn

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«Dudo que haya alguien, joven o viejo, consagrado o maldito, más anticonvencional que Dylan sobre las tablas, más libre y a su bola»

 

Bob Dylan y Mark Knopfler
21 de noviembre de 2012
Barclays Center, Brooklyn, Nueva York

 

 

Texto: JULIO VALDEÓN BLANCO.
 

 

En Brooklyn, en el recién estrenado Barclays Center, Bob Dylan despidió la gira del 2012. Que en realidad es parte de otra, inabarcable, que arrancó a finales de los ochenta. Bob insiste que el Never Ending Tour concluyó cuando dejó su grupo el guitarrista G. E. Smith. No hay que creerle. Entre las obligaciones del trovador figura la de gestar leyendas, confundir a los cronistas y añadir renovadas capas de pintura a su efigie. Arropados por el gran Tony Garnier al bajo, el resto de la banda brilló a gran altura. Donnie Herron, Charlie Sexton, Stu Kimball y George Receli son un tren expreso capaz de cocinar en el estudio el fabuloso «Tempest» y luego acompañar a su líder en los escenarios de medio mundo sin despeinarse. Correosos, fieros, a veces delicados y otras furiosos, mezclan con prodigiosa facilidad y, por contraste, te recuerdan lo infinitamente blanda que era la formación de Mark Knopfler. Ah, ¿olvidé decir que el escocés actuó como telonero? Pues sí… con resultados mixtos.

Nadie debiera de discutir a estas alturas el talento de Knopfler, los buenos discos que ha publicado tras la ya lejana disolución de Dire Straits o su exquisitas formas a la guitarra. Entre las grandes hazañas recientes, un estupendo equipo junto a Emmylou Harris y un último trabajo, «Privateering», obligatorio. Una pena que insistiera, durante su actuación, en aplicarse a una suerte de folk anémico, casi esterilizado, que mejoraría considerablemente si le diera una patada a la mitad del grupo, evitara los pasajes instrumentales excesivamente largos y se abstuviera de picotear en vetas que rozan el rock progresivo, Jethro Tull y tal. Cuando pasaba de la sacarina y le daba al country, o cuando se sobraba con la acústica y merodeaba en terrenos blues, aquello sonaba a gloria. Lo vi hace tres o cuatro años en Central Park y salí mucho más satisfecho. Imagino que en el proximo bolo nos reconciliaremos.

Lo peor, en cualquier caso, es el contraste con Dylan. Fue salir Mr. Zimmerman al escenario, rasgar la guitarra Kimball, arrancar ‘You ain’t goin’ nowhere’, y en un segundo la distancia entre ambas formaciones era ya sideral. Casi obscena. Allí donde Knopfler y los suyos corrían el riesgo de encallar en el easy listening, Dylan y compañía abrieron las compuertas infinitamente «cool» de un sonido atemporal y exquisito, reforzado por el hecho de que, alumbrados por unos focos de cine, fijos, pueden permitirse todas las variaciones e improvisaciones, libres de la férrea dictadura de la iluminación programada por ordenador. Pocas pero bien elegidas pinceladas lumínicas, en algunas canciones, situaban al bardo en escenarios que parecían sacados de «Donde viven los monstruos». En otras ocasiones daba la sensación de encontrarse en un garito del South Side de Chicago. Rodeado de fantasmas. Presidiendo una asamblea de muertos que hubieran conocido a Son House y cantado con Jimmy Rodgers.

Blues de trazo grueso, alérgico a la siempre indigesta pirotecnia, fue ‘Early roman kings’, vestido con su traje de piel de tiburón y fiel a la versión de «Tempest». Antes, en una memorable ‘Don’t think twice it’s all right’, una apoteósica ‘Things have changed’ y una irregular ‘Tangled up in blue’, Knopfler acompañó a Dylan en el escenario: sobrias, elegantes, discretas, sus seis cuerdas reforzaron los pasajes justos. Con precisión y clase. A lo mejor Mark debería pedirle a Bob que le preste su grupo. O unirse él mismo al Never Ending Tour en calidad de compadre de Sexton.

¿Y la voz? ¿La voz, la voz? Porque la voz… Usted me entiende, la voz de Dylan, ¿cómo andaba? Justísima, gracias. Ronca y con un rango mínimo, con el que opera milagros en el estudio y menos en directo. Las actuales limitaciones, sin embargo, no le impiden frasear con precisión cuando quiere. Imponente en la citada ‘Things have changed’. Elegiaco en una fastuosa ‘Chimes of freedom’. Tierno en la impagable versión de ‘Visions of Johanna’. Sentado al piano de cola, donde a ratos incluso lo borda y en otras ocasiones, mmm, descarrila, siempre dentro de su heterodoxia, o en el centro del escenario, moviéndose como un Elvis espectral, o soplando la armónica con especial gusto, se le veía animado. ‘Soon after midnight’, de «Tempest», tuvo el punto exacto de recogimiendo, y ‘Forgetful heart’ hizo buena su condición de obra maestra mientras el violín de Herron pisaba diestro por territorios entre sonámbulos e inquietantes, misteriosos. ‘Ballad of a thin man’, con ese eco glorioso, apabulló al respetable, ‘Like a rolling stone’, ‘All along the watchtower’ y ‘Blowin’ in the wind’ cumplieron en los bises. Abandoné el pabellón entre perplejo y feliz. Casi patidifuso porque dudo que haya alguien, joven o viejo, consagrado o maldito, más anticonvencional que Dylan sobre las tablas, más libre y a su bola. Emocionado porque el viejo genio sigue en forma. Indiferente a modas. Infatigable en su viaje. Incapaz de fosilizarse y todavía sintonizado a la caótica belleza del mundo. Brutal.

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