Blues on the bayou (1998), de B.B. King

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OPERACIÓN RESCATE

«El Rey volvió a los cruces de caminos, a los clubes de Chicago que cambiaron el blues al enchufarle electricidad y a llorar por los amores perdidos»

 

Manel Celeiro nos lleva a finales de los noventa para reencontrarnos con un B.B. King que, en un periodo de estancamiento creativo, echó el freno y decidió volver a la esencia del blues.

 

B.B. King
Blues on the bayou
MCA RECORDS, 1998

 

Texto: MANEL CELEIRO.

 

Blues on the bayou fue bien recibido, algo normal por otra parte, ya que el blues boy fue uno de los artistas con más éxito comercial del género. Éxito popular que le valió más de una crítica —e incluso algún que otro rechazo— por parte de los aficionados más ortodoxos y puristas del estilo. Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda, vayamos al grano: vendió razonablemente bien y se llevó los reconocimientos de la industria en forma de Grammy —uno más de los quince que figuraron en sus estanterías— al mejor álbum de blues tradicional del año 1999. Pero creo personalmente que merece de ser recuperado en esta sección, ya que hay razones más que suficientes. Pasemos a profundizar un poco más en su gestación y grabación para concluir en el resultado final.

 

Peligroso estancamiento

Hacia la mitad de la década de los noventa el guitarrista y vocalista de Misisipi andaba próximo a cumplir los setenta años de vida y daba la sensación de que su carrera rondaba peligrosamente el estancamiento. Parecía limitarse a ofrecer buenos conciertos, en vivo mantenía el tipo de sobra, como podemos atestiguar todos los que lo vimos en directo por esa época, pero a nivel de producción discográfica el asunto pintaba mal. Que mejor ejemplo de esa situación que los cuatro discos publicados entre 1993 y 1997: Blues summit, Heart to heart, Lucille & friends y Deuces wild, por este orden. Un grupo de grabaciones que se caracterizan por una repleta nómina de invitados de postín y por un cancionero compuesto, al noventa por ciento, por versiones de su propio repertorio junto a clásicos imperecederos del género. Mal pintaba la cosa, ¿no? Afortunadamente, tuvo un momento de reflexión y lucidez, más sabe el diablo por viejo que por diablo, y decidió poner un punto y aparte. Cerrar —de momento, que luego vinieron algunos más— ese ciclo de álbumes de escasa alma ni ton ni son y tratar de volver a sacar a relucir su fuste de hombre del blues.

 

Volver a la esencia

Finalmente, B.B. King pisó el freno, compuso canciones con la mirada puesta en las raíces, recuperó algunas que tenía en los baúles (“I’ll survive” la tenía en barbecho desde finales de los años 50), ejerció por primera vez de productor y se citó con la banda que le acompañaba en directo en los Dockside Studios del pantanoso estado de Luisiana para registrar quince pistas en poco más de cuatro días, prescindiendo de lujos de producción ni añadidos desde la mesa de control. Solo él y sus músicos, rodados y en perfecta compenetración por las giras, para tocar, de manera relajada y sin ninguna aspiración comercial, los venerables compases del blues, volver a captar la esencia primigenia del género y recuperarse tanto artísticamente como anímicamente.

 

 

No cabe duda de qué consiguió alcanzar ese objetivo con creces. La afinidad entre todos los implicados sobrepasa los surcos, es casi físicamente tangible, se respira complicidad y el sonido fluye con ritmo y pulso. Su famosa guitarra, Lucille, brilla con luz propia con ese toque breve, susurrante, limpio a la par que emocionante y su garganta ruge poderosa y viva, expresando emociones, sentimientos y calando hondo cuando entona los versos autobiográficos de “Blues boy” o esa descorazonada y desgarradora oda al amor perdido que es «I got some outside help i don’t need». Por no hablar de las piezas instrumentales, “Blues boys tune”, “Blues we like” y la final “If that ain’t it quit”, donde todo encaja cono anillo al dedo.

 

 

El Rey había bajado del trono, abandonado los lujosos salones de palacio y los opíparos manjares para volver a los cruces de caminos, a los clubes de Chicago que cambiaron el blues al enchufarle electricidad y a llorar por los amores perdidos. Nadie mejor que él para explicarlo: «De los muchos discos que Lucille y yo hemos tenido el placer de grabar a lo largo de los años, este está especialmente cerca de mi corazón. Es uno de los más relajados y, en mi opinión, satisfactorios. Nadie nos decía lo que teníamos que hacer… He sentido la voluntad de que tenía que volver a los temas básicos… Todo en directo, todo real, sin overdubs y sin alta tecnología. Solo blues». Y no seré yo el que le contradiga, ni mucho menos.

Anterior entrega de Operación rescate: Pretty close to the truth (1994), de Jim Lauderdale.

 

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