Baricentro, de Hernán Migoya

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LIBROS

«Su estilo viene resumido en una frase: “¡Freud se hubiera acojonado conmigo!”»

 

Hernán Migoya
Baricentro
RESERVOIR BOOKS, 2020

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

En 1980 abrió el primer centro comercial de España: Baricentro. Para los niños de Barcelona fue tan inútil como si lo hubieran abierto en Vancouver, a pesar de estar a escasos veinte minutos en coche. Pero nuestros padres no entendían la necesidad de coger el coche para ir a comprar ropa, ni para ir a comprar nada. En el barrio ya había tres mercerías y cuatro tiendas de novedades infantiles, como para perder toda la tarde fuera del hábitat natural. Lo cierto es que los niños tampoco sentíamos ninguna necesidad. Una excursión, solos, al centro de la ciudad no tenía nada de comercial, pero para nosotros era mucho más mítica. Y ahí quedó Baricentro, como algo que existe, pero que resulta demasiado insulso para pasar una tarde. Cuéntaselo a un adolescente de ahora.

Por tener, hasta tenía una estación de tren fantasma en el subterráneo de sus tres pisos —ufff, como en los libros de Los Tres Investigadores— preparada para mercancías y pasajeros, pero que nunca se abrió. Los chicos de Barcelona tampoco nos pusimos a pensar que, también por tener, hasta tenía un pueblo al lado: Barberà del Vallès, una ciudad dormitorio del extrarradio, satélite de Sabadell, en la que vivían otros chavales, chavales que subiendo una pequeña colina, ya lo atisbaban. Para ellos era cercano.

Uno de estos chavales era Hernán Migoya. Redactor jefe de El Víbora con apenas veinte años, guionista de cómic y de cine, escritor que arrastra la polémica y cínico profesional, Migoya ha tenido una vida de saltamontes y una infancia en Barberà del Vallès. Diez años cuando se inauguró Baricentro, catedral que toma como núcleo de su nueva novela.

Alguien, de aquí unos años, tendrá que estudiar el porqué de la avalancha de textos de autoficción a estas alturas del siglo XXI. De forma directa o tangencial, el escritor se ha convertido en materia narrativa que aporta una mirada sobre su mundo. Supongo que esos estudiosos destacarán que se abrieron dos caminos: la muerte del padre o la recuperación de la adolescencia. De ambos bebe Hernán Migoya.

Una recuperación que los que fuimos niños en los años setenta y ochenta conocemos: plazas sin ningún tipo de urbanismo que eran territorio salvaje, niños que pasan todo el día fuera de casa, el inevitable tocadiscos en forma de maleta que siempre llegaba y en el que se pasaba de escuchar las flamencadas del padre a los primeros discos del hijo, las Historias Selección de Bruguera, los cines, la serie B… Todos pasamos por lo mismo. Ya bien entrados los ochenta, todo se urbanizó: ciudad, cines y música.

Este es en parte un libro sobre eso, sobre la inmigración que ocupó las huertas que quedaban en las ciudades —sus padres eran de El Bierzo—, pero también sobre cómo se fue forjando su personalidad entre Airgam Boys —unos muñequitos que ya nadie reclama como sí hacen con los clicks— y primeros amores. Una personalidad dócil, atenazada ante el mundo, espectadora de lo que pasa en él. Su estilo viene resumido en una frase: «¡Freud se hubiera acojonado conmigo!».

Las anécdotas son sublimes: se hace amigo en la Universidad de la hija de Jordi Pujol sin darse cuenta nunca de quién era, su paso por TV3 es hilarante. En el fondo, la autoficción se resume en lo que nos quiere contar, desde una visión irónica, por tanto apartada: Hernán Migoya es un adolescente que se enfrenta al mundo y no le gusta nada. Pero nada de nada.

Anterior crítica de libros: La chica de nieve, de Javier Castillo.

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