EL RITMO DE LA SEMANA

«Los hay que escriben en mayúsculas y con los pensamientos ya ordenados en estrofas, como Miguel Ríos en “Vuelvo a Granada” o Bunbury en “Porque las cosas cambian”»
Sara Morales dedica su columna semanal, “El ritmo de la semana”, a la exposición Las mejores letras en español, en el Instituto Cervantes de Madrid, que reúne algunas de las canciones más emblemáticas de nuestro pop rock escritas a mano por sus creadores.
Una sección de SARA MORALES.
Fotos: ALBERTO SÁNCHEZ.
Siempre me han llamado la atención esas otras ciencias o disciplinas que, de manera inconsciente —también subconsciente—, dicen mucho de cada uno de nosotros, que aportan información añadida, y muy interesante, sobre nuestra forma de ser, nuestro carácter, nuestras aptitudes y actitudes, nuestro estado de ánimo en un momento concreto…
Me refiero, por ejemplo, al mundo de los sueños. Esa otra vida nocturna que todos transitamos alejados de la realidad (o no tanto), que habitamos involuntariamente y que nos condiciona y nos describe fuera de nuestro control. También la astrología, el horóscopo y los ascendentes planetarios, según el día que nacemos, podrían entrar dentro de este saco de curiosidades metafísicas que se nos escapan y que, plausibles o no, certeras o no, despiertan una duda razonable y cierto interés por si, de un modo u otro, pudieran estar definiéndonos y marcando nuestros pasos.
Otra de ellas es, por supuesto, la grafología; y aquí es donde quería llegar, el punto en el que quiero detenerme hoy. Área de estudio y conocimiento que analiza los rasgos y el trazado de la escritura manuscrita, para intentar determinar la personalidad o el estado emocional de quien escribe y que, desde ya, y hasta el 21 de junio, ocupa un maravilloso rincón en el Instituto Cervantes de Madrid con la exposición Las mejores letras en español.
La muestra, organizada en colaboración con Apple Music, propone un recorrido por casi medio centenar de canciones escritas del puño y letra de los algunos de los nombres más sonados y queridos de nuestra música: Bunbury, José Luis Perales, Miguel Ríos, Luz Casal, Manolo García, Manuel Alejandro, Arde Bogotá, El Chojín, Rosana, Zahara o Fito, entre otros muchos, se han prestado a mostrarnos su caligrafía revelándonos algunas trazas de su identidad en un viaje de lo más singular y divertido.

Los hay que, para escribir sus canciones, prefieren las libretas o cuadernos de apuntes donde ir anotando ideas y procesos a los que volver una y otra vez durante un tiempo, hasta llegar al resultado final. Los hay que, visitados por las musas en ese chispazo de inspiración que pilla en cualquier lado y de cualquier manera, toman una hoja suelta, casi a sucio, y ahí vomitan sus versos.
La mayoría utiliza el color azul para escribir, pero también los hay que escriben en negro (como Christina Rosenvinge), en rosa (como Zahara) o a varios colores, tamaños y tipografías, como demuestra Manolo García con la letra de “Recuerdo vertical” en un manuscrito que es toda una obra de arte en sí mismo.
Los hay que escriben en mayúsculas y con los pensamientos ya ordenados en estrofas, como Miguel Ríos en “Vuelvo a Granada” o Bunbury en “Porque las cosas cambian”. Nuestro querido zaragozano, además, cuenta con la particularidad de una letra muy pequeña, casi minúscula, pero bonita, legible. Aunque bonita, bonita, es la manera de escribir de Fito y de La Bien Querida, de esas letras que nos recuerdan a la adolescencia carpetera y que no se han estropeado con el paso de las páginas y de los años.
Los hay amigos de los tachones y los arrepentimientos —en eso consiste el proceso creativo, ¿no?— y ahí la palma se la lleva José Ignacio Lapido, con un caos encantador llamado “La canción del espantapájaros”. Anotaciones en los márgenes y flechas que cambian el orden de las palabras, en un baile de conceptos al que, por lo visto, también asiste Eva Amaral desde “El universo sobre mí”, solo que ella añade términos resaltados y enmarcados que, en su cabeza y ya en la nuestra, son clave para la canción.
Eva, además, acompaña sus escritos de dibujos pequeñitos (un ojo, una isla, una tarta…), y así también lo hace Nacho Vegas en “Tiempos de lobos” con, cómo no, un lobo que acecha desde una esquina del papel. El tiempo destinado a esbozar o a dibujar una idea es la prórroga perfecta para seguir pensando en ella y darle forma; está claro.

Joaquín Sabina manifiesta, a través del texto de “Que se llama Soledad”, tener una enorme letra de médico, casi ilegible, de esas que llaman “grafías inteligentes”. Él se entiende y, a juzgar por todo este tiempo, nosotros también lo hemos hecho, sin duda. Rafael Berrio, que también se acompañaba de notas y apuntes en los márgenes, escribía urgente, muy urgente; y la longitud de los alargadísimos trazos inferiores o “jambas” de las letras “g”, “j” y “p” de Mari Trini representan, como dicen los expertos en la materia, la manera de gestionar los impulsos y el plano instintivo.
Curioso es el caso de Antonio Vega que, en ocasiones, se conoce que escribía sobre fondo negro con tinta clara. Así ocurrió con “El sitio de mi recreo”, paradójicamente, una de las canciones más luminosas de nuestra memoria musical. También el de Nacho y José María Cano, que vuelcan sus frases directamente sobre un pentagrama, o la genialidad de Xoel López, uno de los textos más destacados de la exposición por personalísimo, genuino y tremendamente original.
Un bonito paseo por las múltiples personalidades que conforman nuestro pop y nuestro rock y que le han otorgado a nuestra música, a nuestra cultura sonora, ese carácter único que la hace especial. Un viaje por la magia de las letras y las palabras, convertidas en canciones, en el que merece la pena embarcarse.
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Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Punk, rock y underground frente al torrente Bad Bunny.



















