Arroyo Flint Kill, de Joyce Carol Oates

Autor:

LIBROS

«El lector se da cuenta de que, sin sentirlo, vive desde dentro de los personajes y siente sus pulsiones malignas y tóxicas»

 

Joyce Carol Oates
Arroyo Flint Kill
ALTAMAREA, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Es impresionante como Joyce Carol Oates, nacida en 1938, puede moldear, con casi noventa años, unos relatos de tono tan juvenil, tan llenos de frescura, sin más atisbo de reflexión vital que la que nace del discurso. Y más cuando no se aparta de los temas que lleva desarrollando desde que publicó su primera novela, With shuddering fall, a mediados de los años sesenta: la pobreza rural, los abusos sexuales, las tensiones de clase, el afán de poder, la niñez y adolescencia de las mujeres… Tardan en darle el Premio Nobel.

Aunque únicamente fuera por “Mick y Minn”. Estremecedor. No puede ser más disfuncional la pareja protagonista, con un niño adoptado, puesto que son estériles. Él trabaja en un centro de dependencia y acoge en casa a unos cuantos niños de la asociación, como hogar de acogida para servicios infantiles. La disfunción se traslada a este nuevo ámbito y se va volviendo poco a poco terrible. Y miren que soy un lector curtido, nada pusilánime, pero tenía que detenerme en determinadas escenas; no tanto por lo que se contaba, sino por la manera de contarlo, tan de repente, tan aséptica.

Los relatos son independientes, pero tienen algunos puntos de contacto. Por ejemplo, que el lector espera, tras cada línea, lo siniestro, aunque el cielo sea claro. Otro es el espacio que rodea el arroyo del título, presente en el primer relato y en el último. Es un curso de agua ficticio, pero asimilable a zonas hidrográficas del norte de Nueva York. De hecho, en esa zona existe el Flint Creek, que fluye por la región de los Finger Lakes. Oates usa el nombre —“Flint” es pedernal, sílex, el material de las primeras hachas— para acentuar la sensación de peligro, de dura agresividad.

En el relato que abre el volumen y le da título, habla de dos estudiantes, de esos en los que el amor es carnal, pero no llega a volverse pasión. Ella es de piel muy blanca, inocente; él escribe poemas en prosa. Empiezan a entrar en confesiones sobre el pasado un pasado que bascula entre episodios penosos y entradas en lo mórbido. Él se llama Romulus, y en un final inesperado cambia el disfraz de su soberbia prepotencia por lo que realmente es: un ser soberbio y patético. En la última de las narraciones, “La sirena: 1999”, unas protestas callejeras coinciden con la salida de nuestro protagonista para dar un paseo por el arroyo. Le cambia la vida.

Hay más relatos, ya sin un hilo conductor, independientes. En “El flebotomista” dos soledades se encuentran y, con reticencias, sin entenderlo, se van juntas. En “La heredera. El asalariado”, la fusión de sueño y realidad, a la manera de Cortázar, cierra con magnífico giro la historia. También la frontera entre sueño y realidad aparece en “Amor tardío”. El eminente historiador y la dama se casan, los dos por segunda vez. Él tiene un sueño intranquilo, con pesadillas. Ella no encuentra información sobre la antigua esposa del prestigioso profesor universitario. Llega el final, más sorprendente porque no parece ser el que está destinado al lector.

En “Chica buena” encontramos a Lila Dey en su ceremonia de graduación. En el almuerzo le darán el premio de poesía. Pero su hermana Sabine está en Buffalo, en tratamiento por depresión y no contesta al teléfono, así que montan en el coche para ir a por ella. Lila Dey está loca por conseguir el amor de sus padres.

Un amor que se le supone a Howard, el padre que ha de dejar a su bebé en la guardería antes de ir al trabajo. Ha de hacer tantas cosas ese día… Ir al cajero, a la farmacia… Es un investigador brillante, pero en la oficina están despidiendo a gente y él ha estado a punto de enviar un informe erróneo. Todo eso ocupa su pensamiento.

Hay una novela corta, más por espíritu que por la extensión. “Amistad de corazón”. Una profesora adjunta se sienta en primera fila de la sala de conferencias. Viste de manera un poco desastrada, inhabitual cuando se va a escuchar a una vieja profesora de tanto alcance mediático en el ámbito del feminismo. La conferenciante se llama Erica; la oyente, Adra. Hace muchos años eran dos jóvenes estudiantes; Erica, magnética y turbia; Adra, tímida y servil, le hacía los trabajos. Su separación estragó la vida de esta última en un ocaso doloroso. Cuando acaba la conferencia, la sigue.

Hay en este relato, como en todos los otros, un estudio psicológico trazado con escalpelo. El lector se da cuenta de que, sin sentirlo, vive desde dentro de los personajes y siente sus pulsiones malignas y tóxicas, casi como en el gótico norteamericano. No hay nada especial, cada frase sigue a la otra de manera necesaria, hasta que llega el puñetazo, la estocada que deja un frío en el alma.

Anterior crítica de libros: Bienvenido al mundo, de Miguel Brieva.

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