EL RITMO DE LA SEMANA

Leee Childers: «Los Dolls crearon una escena enorme y se puso muy de moda ir a verlos. No solo ibas a ver a los Dolls, tenías que ser visto viendo a los Dolls»
Estos días se cumplen años de los conciertos con los que los New York Dolls echaron a rodar su historia. Sara Morales sugiere en su columna semanal, “El ritmo de la semana”, una comparativa de aquella escena con la actual.
Una sección de SARA MORALES.
Foto: Extraída de la portada del disco
En estos días de junio, pero de 1972, antes de saltar a la fama y de comenzar las correrías musicales, conductuales y estéticas por las que pasaron a la posteridad, los New York Dolls se embarcaron en una serie de conciertos en Nueva York con los que dieron el pistoletazo de salida a su leyenda. Catorce martes consecutivos —ni Bad Bunny ni Shakira, oye— alborotando el Mercer Arts Center en pleno Manhattan, elevando el rictus callejero a la categoría de propuesta cultural y haciendo del rock sedicioso y del glitter barriobajero una combinación explosiva que contribuyó, sin ninguna duda, al nacimiento del punk.
Al género aún le quedaban cuatro años para saltar por los aires con todas las de la ley, pero ahí estaban ya David Johansen, Johnny Thunders, Syl Sylvain, Arthur Kane y Billy Murcia (después Jerry Nolan) a golpe de guitarras, bajo y batería para empezar a marcar la pauta de lo que se iba a convertir en un nuevo entendimiento sonoro. Una actitud provocadora, kilos de purpurina, maquillaje, tacones y lunares para representar la cara más gamberra del hard rock y hacer de ella otra forma de vivir la música, de asistir a ella, de desarrollarla y, por supuesto, de amarla.
«El público era bastante depravado y teníamos que ponernos a su altura. No podíamos salir a tocar con americana y corbata para entretener a aquella pandilla. Querían algo más a cambio de su dinero y a nosotros nos encantaba la confrontación; éramos muy crudos», dejó dicho David Johansen en el libro Por favor mátame, de Legs McNeil y Gillian McCain. «Éramos unos chicos de Nueva York bastante maleducados, que escupíamos y nos reíamos de todo. Lo que estábamos haciendo era evidente: devolver el rock a la calle», continuaba confesando.
Evidente e importantísimo. En aquellos años en que la música se había abotargado y solo sobrevivían algunas estrellas engullidas por las macrogiras de estadio, la llegada de estos descerebrados con cabeza fue todo un revulsivo, una sublevación, una revolución por y para la democratización del arte con la que iban a desmontar brechas de toda condición.
El fotógrafo y mánager Leee Childers, y también antiguo vicepresidente de la oficina de management de David Bowie, sentenció también en las páginas de Por favor mátame: «Los Dolls crearon una escena enorme y se puso muy de moda ir a verlos. No solo ibas a ver a los Dolls, tenías que ser visto viendo a los Dolls. (…) Aquellos conciertos en el Mercer Arts Center fueron el mejor rock and roll que se había oído en años».
Y así un mes de junio cualquiera, como este, en el que sin saberlo se estaba haciendo historia, como este. Cuánto ha cambiado todo desde entonces. O quizá no tanto.
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