
«Antonio Arias sigue buscando. Sigue metiéndose en terrenos donde otros solo ven riesgo. Y justamente por eso sigue siendo fascinante»
Carmen K. Salmerón se adentra en el nuevo disco de Antonio Arias, Mapa del trance (Montgrí, 2026) para analizar este viaje de esencia africana y música gnawa con presencia de Lorca y Morente, y espíritu errante.
Texto: CARMEN K. SALEMRÓN.
Antonio Arias lleva tres décadas abriendo túneles entre mundos como quien perfora una montaña con una guitarra enchufada a un transformador. Mientras otros administran legado, él sigue comportándose como un francotirador musical: un kamikaze sónico con más curiosidad que miedo. Y eso, en un panorama donde tantos veteranos viven de repetir su propia caricatura, tiene algo de heroico. O de insensato. Que viene siendo casi lo mismo.
Mapa del trance no es un disco cómodo. Tampoco pretende serlo. Es mágico. Es una invocación. Un mapa espiritual trazado entre Granada, el Magreb, el rock psicodélico, la tradición gnawa y la memoria lorquiana también. Un álbum que no busca “fusionar” —esa palabra tan prostituida por las oficinas de turismo culturales— sino encontrar los puntos secretos donde las diferentes músicas ya estaban unidas desde hace siglos, que de repente son un milenio.
Todo empezó, cuenta Antonio, cuando Hassan Laguir, desde la Fundación Euroárabe, dejó un guembri en su casa, tras una actuación en Abu Dabi. Ese bajo primitivo de madera y piel de camello, de tres cuerdas gruesas, sin traste alguno, y sonido cavernoso, abuelo africano del blues. Una provocación perfecta para alguien como Arias, que siempre ha entendido el rock no como un estilo sino como una grieta. El guembri no entra aquí como un adorno étnico: reorganiza el sistema nervioso del disco.
Y entonces ocurre algo fascinante: Antonio Arias deja de pensar como un bajista occidental. Empieza a respirar de otro modo.
Porque Mapa del trance está construido desde la repetición hipnótica, desde el pulso circular de la música gnawa, esa tradición espiritual nacida de la diáspora subsahariana en Marruecos, donde los maâlems usan la música como vehículo curativo, como exorcismo rítmico, como puerta de acceso a otro estado mental. Las crótalas metálicas recuerdan el eco de los grilletes de los esclavos. El trance es una metáfora, una supervivencia, quizá.
Claro que Antonio no llega a este territorio como un antropólogo con grabadora. Llega como un rockero granadino criado entre Lorca, The Stooges, Enrique Morente, Hawkwind o David Joe, entre otros. Y ahí reside la grandeza del álbum: no hay reverencia académica, hay combustión.
El comienzo ya es toda una declaración de intenciones. “La peregrina” remite inevitablemente al arranque de Omega: esa sensación de ceremonia pagana que avanza entre humo y electricidad. Después llega la propia “Mapa del trance”, donde el guembri marca un terreno movedizo sobre el que la voz parece caminar descalza, buscando equilibrio entre lo telúrico y lo visionario.
En “Manos que me guían” emerge con claridad la presencia del África subsahariana. No como cita, sino como corriente subterránea. Hay discos que usan África como postal; Arias la usa como médula espinal. El ritmo manda, pero jamás aplasta. Todo flota. Todo parece estar entrando y saliendo de un sueño. ¡Y Antonio canta por primera vez con acento andaluz! No es rock andaluz. Y qué bien queda ese acento granaíno.
Y entonces aparece Miguel Ríos en “Adiós Granada”, ejerciendo casi de chamán protector del viaje. No es casualidad. Ríos lleva tiempo entendiendo que la relación entre Granada y el norte de África no es una extravagancia cultural contemporánea sino una continuidad histórica y emocional. Ya ocurría en Al-Andalus. Aquí la conexión adquiere una voluptuosidad casi ceremonial. La canción parece avanzar suspendida entre la nostalgia morisca y una jam lisérgica en mitad del desierto.
Hay momentos donde el disco se convierte directamente en un laboratorio de alucinaciones rítmicas. “Bermasuyé”, (yo soy), contiene un trance percusivo que lanza guiños a “Jingo” de Santana, mientras “Río de luz” abre una deriva psicodélica donde el folclore parece filtrado a través de un amplificador en una azotea de Tánger —Ramón Rodríguez es genial, ese folclorismo bestial—.
Y luego llega “Matar al jaguar”, probablemente una de las piezas más ¿viscerales? que ha firmado Arias. El jaguar ni siquiera pertenece al ecosistema africano, pero eso importa poco, desde ahora lo es. Aquí funciona como ¿animal mitológico?, criatura convocada desde un riff que podría haber encontrado Hendrix en una noche tóxica de 1971. Cambios de velocidad, pulsión gnawa, electricidad de garaje y una sensación constante de peligro. Como si Easybeats, y los Master Musicians hubieran acabado encerrados en una cueva del Sacromonte.
Arias siempre ha sabido algo esencial: el rock también puede restregarse con fantasmas, con ancestros.
En “Oh, amazigh” continúa el viaje lisérgico, ya completamente entregado a una especie de espiritualidad eléctrica. Y “Ciudad sin sueño” —sí, Lorca sigue observándolo todo desde las aristas— termina funcionando como una ceremonia derviche. Comienza con un lamento casi infantil («baba», «papá»), como una llamada huérfana, y termina ascendiendo hacia un vértigo sonoro donde lo carnal y lo divino parecen confundirse.
Ahí aparece también la sombra de Enrique Morente. No como homenaje explícito sino como presencia moral. Morente quiso trabajar con los Master Musicians, y no hubo tiempo. La vida tiene un plan, y no pide permiso. Escuchando este disco, da la impresión de que Arias recoge aquella intuición pendiente y la empuja hacia otra dimensión. Como si siguiera conversando con el maestro granadino en algún bar del Albaicín o en la Tertulia (recientemente desaparecida).
Hay una frase de Morente que planea sobre todo el álbum: «las cosas hay que hacerlas con atrevimiento». Eso es exactamente Mapa del trance: un acto de atrevimiento.
A estas alturas, Antonio Arias podría limitarse a administrar el prestigio acumulado entre 091, Lagartija Nick y su propia mitología granadina. Pero sigue buscando. Sigue metiéndose en terrenos donde otros solo ven riesgo. Y justamente por eso sigue siendo fascinante.
Bien es cierto también que se echa de menos voces femeninas. Habiba Chaouf, de Mujeres Mediterráneas, y granaína de adopción, tan conocedora de la música gnawa, hubiera sido un acierto. ¿Quizá lo sea en los directos?
El verdadero rock, y el blues, y el flamenco, consiste en caminar hacia lo desconocido, aunque no tengas mapa. O mejor dicho: aunque el mapa sea el propio trance.



















