“Anomalisa”, de Charlie Kaufman

Autor:

CINE

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“Es ese ejercicio sincero y en stop-motion en el que Kaufman se desnuda de nuevo emocionalmente”

 

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Anomalisa”
Charlie Kaufman, 2015

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

A finales de la década de los 90 y principio de la década de 2000, el nombre de Charlie Kaufman emergió de un modo extraño: la suya fue una aparición en segundo plano pero inevitablemente torrencial, como nexo de unión que escribía el guion de algunas de las obras más sorprendentes de finales de un siglo y principios del siguiente. Spike Jonze y Michel Gondry saben bien que sus primeras incursiones se debían en gran parte a la extraordinaria fuerza creativa de su guionista, hasta el punto de que su personalidad iba a fagocitar la segunda película de Jonze, “Adaptation (El ladrón de orquídeas)” (“Adaptation”, 2002) a través del cuerpo (duplicado) de Nicolas Cage. En 2008, “Synecdoche, New York” (Charlie Kaufman, 2008) se convirtió en la ópera prima fallida más hermosa en años, una gigantesca metáfora de la vida como arte y quizás la obra que más cerca ha estado de capturar la infinitud del gesto creativo.

Aquella, sin embargo, acababa colapsando en su propia ambición, como si la emoción fuera devorada por su inabarcable andamiaje. Siete años más han sido necesarios para que su segundo trabajo –ahora en colaboración con Duke Johnson− pusiera el necesario contrapunto que liberara al autor de su propia creatividad aplastante, inseparable de su identidad siempre explícita. “Anomalisa” es ese ejercicio sincero y en stop-motion en el que Kaufman se desnuda de nuevo emocionalmente. La diferencia es que en esta ocasión lo hace despojándose de artificios y en forma de precisa fábula en la que nada sobra. Su animación, de movimientos oxidados y expresividad contenida −pero profunda−, articula un estado de ánimo en el que se concentran toneladas de melancolía mecidas por la banda sonora de Carter Burwell. Y ese estado de ánimo, a su vez, sirve de vehículo y aprendizaje para su protagonista Michael Stone (David Thewlis) en su affair con Lisa Hesselman (Jennifer Jason Leigh).

Sin piruetas metanarrativas, la película de Kaufman consigue con apenas un recurso –la repetición de voces por Tom Noonan− y toda su honestidad hacer cristalino su discurso: el insoportable peso de las expectativas, la quimérica búsqueda de unicidad en nuestras vidas, en los demás. Una rara gema que parece empañada de tristeza, y en cuyo centro las voces de Thewlis y Leigh suenan como ecos tardíos de los rotos enamorados Joel y Clementine en “¡Olvídate de mí!” (“Eternal sunshine of the spotless mind”, Michel Gondry, 2004). Como en aquella, la esencia se reduce, aquí de forma notablemente sintética, a aquellos versos de Alexander Pope según los cuales las mentes inmaculadas jamás se verían decepcionadas. La felicidad estaba en los otros. La capacidad de ser felices, en nosotros mismos.

 

 

 

 

Anterior crítica de cine: “¡Ave, César”, de Joel y Ethan Coen.

 

 

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