Amy, el último gran juguete roto

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“Así era ella, capaz de licuar –como Nina Simone– la sordidez más despreciable e hiriente en textos y melodías que aspiraban a trascender, en impepinables piezas de arte pop”

 

A cinco años vista de la muerte de Amy Winehouse, contrasta la exposición pública de sus desventuras con la absoluta opacidad de sus homólogas actuales. Un artículo de Carlos Pérez de Ziriza.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

Era un pim pam pum al alcance de cualquiera. El blanco de las bromas más fáciles. Hurgar en la herida sangrante de Amy Winehouse era tan sencillo como abrir cualquier tabloide británico u ojear la sección de cotilleos que capitalizaban las celebridades de aquella primera década del siglo XXI, en la que competía con Pete Doherty por ver quién de ambos llegaba más hondo en su caída por el despeñadero. Porque la vocalista británica, esa chica de barrio a la que resultaba tan fácil imaginar comprando una botella de whisky en el badulaque de la esquina, se encargaba –sin quererlo– de retransmitir su desventurada existencia prácticamente en directo, en un momento en el que las redes sociales ni siquiera habían eclosionado del todo.

Cuesta mucho contemplar a Blake Fielder-Civil, el que fuera su marido, y aceptar que tantas memorables canciones salieran precisamente del desencuentro con semejante cenutrio. Pero así era ella, capaz de licuar –como Nina Simone– la sordidez más despreciable e hiriente en textos y melodías que aspiraban a trascender, en impepinables piezas de arte pop. Capaz de trasformar la mugre en incienso. El más que notable documental que dirigió Asif Kapadia hace un par de años (“Amy”, 2015) evidenciaba, con dolorosa precisión, la incapacidad desesperante de su entorno familiar para atajar el despropósito en el que había convertido su vida, fácil carnaza del sensacionalismo.

 

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Los presentadores de ‘late night shows’ televisivos hacían chistes fáciles con sus meteduras de pata. Sus actuaciones en directo eran ansiadas con esa mezcla de fascinación y morbo con la que se aguarda a esos artistas capaces de lo mejor y de lo peor. Como quien asiste a la imprevisible exposición de méritos de esos talentos lastrados por penosas taras o inenarrables excentricidades, ya sea un bolo de Daniel Johnston o una faena de Curro Romero. ¿Se mantendrá en pie? ¿Será capaz de vocalizar? ¿Permanecerá en actitud ausente? Eran interrogantes que corrían por la mente de todos, mientras no muchos reparaban en que el más genial brote de soul a la antigua usanza, digna heredera de Etta James o Marvin Gaye y alentadora de un revival con cuyas consecuencias aún cohabitamos hoy en día, se iba apagando poco a poco. Su desafortunado paso por el Rock In Rio de 2008 extendió la mancha hasta nuestro país, y poco importaba que solo un año antes hubiera ofrecido un estupendo concierto en una de las carpas del Festival de Benicàssim, que puede –por cierto– visionarse íntegro en youtube. Su marca ya era sinónimo de estropicio y desbarre, pese a su impecable discografía.

 

 

La descarnada espiral de abusos en la que se sumió Amy Winehouse, prácticamente transmitida en tiempo real, contrasta abiertamente con la pulcra opacidad que rodea a quienes hoy en día podrían ser sus homólogas. Adele es tan barrial como lo era ella, pero es una impoluta madre de familia que rara vez recaba titulares por cuestiones que no se correspondan con su música o con los aspectos industriales que la rodean. Su vida privada permanece en el bunker. Prácticamente lo mismo cabe decir de figuras como Ellie Goulding, Corinne Bailey Rae, Duffy o Kristina Train, algunas ya sumidas en el semiolvido, otras gozando todavía de excelente salud comercial. Todas abonadas a discursos mucho menos sanguíneos, pulidos con un barniz más convencional, con frecuencia inocuo.

Con todo, la lectura más preocupante es aquella que acaba ligando el carácter genuino de la música de Amy a su rampante desventura, como si esta fuera una condición sine qua non para supurar autenticidad. ¿Es estrictamente necesario que la condena del creador, su propio sufrimiento, acabe constituyendo el caldo de cultivo indispensable para nuestro disfrute? ¿Es el arte torturado algo de lo que debamos preciarnos a toda costa? Porque si así fuera, en el fondo –y aunque no lo parezca ni de lejos–, acabaríamos todos siendo prácticamente igual de cómplices ante el infortunio: quienes salivaban ante cada nueva exclusiva, mejor cuanto más escabrosa, y quienes esperaban con ansia cada nuevo disco.

 

 

Anterior entrega de la semana especial: Amy Winehouse: La respuesta es el soul.

 

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