Alfredo el Grande. Vida de un cómico, de Marcos Ordóñez

Autor:

LIBROS

«Es a la vez la historia de un hombre y de una leyenda, ninguna excluye a la otra»

 

Marcos Ordóñez
Alfredo el Grande. Vida de un cómico
SILEX, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

En 2008 se publicaron las memorias de Alfredo Landa. No pasó desapercibido, pero tampoco tuvo un éxito desmesurado. Cinco años después, con ochenta ya cumplidos, el cómico falleció. Desde ese momento el libro que recorría su vida, contada por él mismo, y sus experiencias, se agotó. Quien quisiera recorrer lo que había sido la existencia de uno de nuestros mejores actores, tendría que consultarlo en bibliotecas o adquirirlo a unos precios prohibitivos.

La primera de las buenísimas virtudes que tiene es un tono oral que es obra de Marcos Ordóñez, que es quien, entrevista tras entrevista, supo aunar lo interesante del contenido con el tono magistral con que se cuentan las historias. Leyéndolo, es fácil imaginarse a ese español bajito, con su voz medio chulapa, medio cabreada, muy manso y muy bravo, que así se define. De hecho, el género de las memorias en los  actores del cine español se despliega en excelentes libros, adictivos y esenciales para el cinéfilo. Fernando Fernán Gómez o Toñi Leblanc tienen muestras más que evidentes.

Así que, en nuestro lugar de lectura favorito abrimos las páginas y nos enteramos de la infancia de nuestro actor. Hace gala en muchísimas ocasiones de ser de familia navarra, que él considera de estirpe purísima. Le atribuye a este hecho una serie de condiciones de su carácter que resultan todas óptimas. A pesar de este sentimiento de territorialidad, su adolescencia fue nómada debido a los traslados de su padre, guardia civil, y vivió una temporada en Cataluña; de hecho, Alfredo Landa sabía hablar catalán perfectamente.

En una función escolar, los aplausos fueron su epifanía.  Los oyó, se cayó del caballo y, a partir de ese momento, en contra de la opinión de su madre, su empeño fue ser actor. En ese periodo muere su padre y en casa hacía falta dinero, así que combina trabajos en donde puede con su labor en el TEU, el teatro universitario, que podía escoger obras reconocidas, pero que no tenían impulso comercial. Como su voluntad de actor es férrea, decide irse a buscar fortuna a Madrid y se da tres años de plazo para conseguir hacerse un nombre, un pequeño nombre. Y ahí insiste, contacta con el TEU de Madrid, hace pequeños papeles, incluso para televisión, y poco a poco va pasando a personajes de más enjundia.

A una de sus funciones acude José María Forqué, que de inmediato lo contrata para una película que tiene en proyecto. Se trata de Atraco a las tres. A partir de aquí, le llueven ofertas. En teatro, un tal Miguel Mihura le da un papel en Ninette y un señor de Murcia. Ya muy mayor, Mihura lo vuelve a llamar y le pide que vaya a verle. Landa acude a Fuenterrabía, donde vivía el maestro, que le propone estrenar su nueva comedia. No llega siquiera a estar escrita, Mihura muere dos meses después.

Van pasando los años y su vida laboral adquiere tintes estajanovistas, son los setenta,  esa época de la huelga de actores que cuenta en una página maravillosamente. También es maravilloso el libro de Daniel Sueiro, que le rescata de esas películas que el común de la gente de cierta edad conoce como el landismo, sin que vaya más allá e investigue en otras facetas de su carrera.

Sí, ya sé, todo el mundo conoce Los santos inocentes, quizá el premio en Cannes, pero parece que es simplemente una excepción, cuando sus películas dramáticas, o de esa tercera vía que se intentó y de la que no queda nada, son maravillosas. Por cierto, de esta película hay una impresionante crónica del rodaje, la descripción de una escena descartada que lo explicaría todo y las maniobras alrededor de ese premio. Descacharrante todo.

Las verdes praderas representa otro tipo de cine; pero, sobre todo, esa herida que todo actor debe mostrar para demostrar que es grande aparece en El crack. Ahí demuestra Landa que es un actor intuitivo al máximo. Garci le propone sesiones para ver cine negro que le inspire, y las rechaza. Él mismo buscará al personaje. Pero aún no ha llegado a su cumbre, su cumbre es Sinatra. Lean la novela de Raúl Núñez que ha publicado editorial Efe Eme, y después vean la película. Ya me contarán.

De vez en cuando va detallando las series que protagoniza. Tristeza de amor, Lleno, por favor o El Quijote, en la que está impresionante y se lamenta de que no hubiera segunda parte. Solo se rodó lo concerniente a la primera parte. Los comentarios sobre compañeros son continuos, sobre Antonio Ferrandis, o José Bódalo, o Manolo Gómez Bur. Y no todos son elogios, muy al contrario. La lista de actores a la que ha retirado la palabra, y de los grandes, es ingente. No todas son historias edificantes, pues, la de José Luis Dibildos, por ejemplo, es casi tétrica. Hizo firmar un contrato que Landa, confiado por su amistad, no leyó. Tengan cuidado con eso.

También nos habla de las penalidades de los cómicos, que ya no son de la legua, sino de autocar, de las maquilladoras, que son quienes dan alma a las películas, de la triste historia de Gracita Morales y de cientos de anécdotas. Es a la vez la historia de un hombre y de una leyenda, ninguna excluye a la otra. Estoy convencido de que el libro se va a agotar en pocas semanas, si no se hacen con él, les aseguro que más adelante les costará.

Anterior crítica de libros: Los domingos también, de Juan Berrio.

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