Alchemy, el directo de culto de Dire Straits

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«Se puede escuchar reposado en busca del detalle perfecto, convirtiéndolo en una maravilla para los oídos»

 

Hasta el primer álbum en vivo de la banda de Mark Knopfler, publicado en 1984 y con tan solo cuatro álbumes a sus espaldas, viaja Manolo Tarancón. Un repertorio de once canciones que lo convierten en «una revisión majestuosa y brillante».

 

Texto: MANOLO TARANCÓN.





 

El 22 y 23 de julio de 1983, el Hammersmith Odeon de Londres se viste de largo para los dos conciertos consecutivos de Dire Straits. Juegan en casa, son archiconocidos y agotan localidades. El segundo de ellos, casi en su totalidad, se convierte en el primer disco doble y en directo de la banda de Mark Knopfler que, tras cuatro elepés de estudio y varios cambios en el grupo oficial, supone un golpe sobre la mesa.

No es solo la duración de las canciones, alguna de ellas llegando casi a los quince minutos. Su tratamiento nos presenta unos temas menos austeros, mucho más eléctricos y rápidos que en las tomas de estudio. Si a Knopfler, además de gran letrista y compositor, se le considera ya un guitarrista de renombre que ha sido pieza clave en la grabación del Slow train coming de Dylan y algunas bandas sonoras importantes, este disco no hace más que rubricar esta posición. Su protagonismo es total y, entre estrofas y versos afinados con su voz única y arrastrada, su Stratocaster limpia, atacada con los dedos sin púa, suena personal, endiablada, rápida y con una combustión total que entronca, se entremezcla y, por momentos, contesta al resto de instrumentos con una calidad en los fraseos y las intensidades fuera de toda duda. La explicación es sencilla: es su talento y su sonido.

Sin saber siquiera que el álbum mítico que lleva más de treinta millones de ventas, Brothers in arms, está por llegar, con temas tan conocidos y significativos como “Money for nothing”, “Walk of life” o la canción que le da título, Alchemy, a pesar del contraste entre su rapidez —uno de los éxitos es la subida de tempo de las canciones— y la longitud de los cortes, se puede escuchar reposado en busca del detalle perfecto convirtiéndolo en una maravilla para los oídos. Y eso que el tratamiento posterior en el estudio evitará la calidez en pro del sonido espontáneo.

Otra de las particularidades es el orden del tracklist, que no busca en absoluto la fórmula fácil (empezar fuerte, seguir con un valle y volver a la energía hasta explotar). Lo confirma en inicio con el pausado “Once upon a time in the west”. Ese swing y sus trece minutos ya es una clara declaración de intenciones respecto a su versión de estudio que apenas supera los cinco en Communiqué.

De aquella formación inicial que empezaba sin demasiadas pretensiones (de ahí el nombre de la banda), solo Knopfler y el bajista John Illsley forman parte de la plantilla oficial de ambos conciertos. Ya son historia el guitarrista y hermano de Mark, David Knopfler, sustituido por Hal Lindes, o el batería Pick Withers. Quizá por eso, lo que más redunda negativamente en este disco son la cantidad de redobles, uso de toms y breaks que hacen que la batería tome una relevancia que posiblemente debiera ser menor, tanto en ejecución como en mezcla. Para bien o para mal, el resultado se lo atribuimos a Terry Williams, que cuenta con el refuerzo del percusionista Joop de Korte. La adición de Alan Clark con el piano, órganos y sintetizadores, que —malditos ochenta— redunda mucho en artificios y los órganos distan de sonar “reales”, es clave en la escucha y en cada uno de los temas. Le asiste con más teclas Tommy Mandell.

El álbum homónimo de debut en 1978 fue toda una sensación. Aquí encontramos solo una canción, pero es la mejor versión de “Sultans of swing” que se haya registrado nunca: épico inicio, momento en el que la intensidad baja y la guitarra de Knopfler toma el mando contestando a los teclados y vuelve a subir como un cohete hasta el final.

Echamos de menos un tema tan importante como “Down to the waterline”, pero se concede la enmienda por los escasos temas —un total de once para un doble— por la larga duración de algunos de ellos. La versión de “Private investigations” es sencillamente abismal, y un tema mayúsculo por su temática como “Telegraph road” luce con creces, ocupando en paralelo el primer puesto junto a “Sultans of swing”, gracias a la subida de tempo y el mantenimiento de todas y cada una de sus partes registradas en estudio en el oscuro Love over gold. La guitarra acústica inicial y su subida de intensidad a mitad del tema, para levantar a un público audible a lo largo de todo el disco, lo confirma.

No faltan temas imprescindibles como “Romeo and Juliet”, “Solid rock”, “Expresso love” o “Tunnel of love”, todas ellas de Making movies, con una maravillosa introducción en esta última del “Carousel Waltz”, del musical Carousel, que lleva la duración a los casi quince minutos, a la que seguirá de cerca —casi catorce—la ya citada “Telegraph road”.

Cierra el trabajo el tema principal de la banda sonora compuesta por Knopfler para la película Local hero, “Going home”. Por si faltaba wéstern épico, aquí lo tenemos: en la orgía final de toda la banda con una de las melodías más bellas creadas por el británico, donde el saxo de Mel Colllins dobla la guitarra eléctrica y esta, a veces, le responde.

El concierto puede disfrutarse tanto en deuvedé como en Blu-ray, donde vemos a un joven y delgado Mark Knopfler con sus habituales y tenísticas cintas de pelo y muñequeras, y una camiseta blanca con las flechas negras que aparecerán en la portada más barroca de cuantas han dado hasta el momento. El álbum se convertirá en Disco de Oro en Reino Unido y Estados Unidos, unos meses después de su publicación en marzo de 1984.

Dire Straits ofrecerán, antes de su disolución y la continuación de la carrera de Knopfler en solitario, más trabajos en directo, pero Alchemy se ha convertido, por los temas que contiene, su tratamiento y profundidad, en disco de culto. No es para menos.

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