“Absolutamente todo”, de Terry Jones

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CINE

 

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“Los británicos se diluyen en un inocuo proyecto de Jones que no parece pertenecer a ninguno de ellos”

 

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Absolutamente todo” (“Absolutely anything”)
Terry Jones, 2015

 

Texto: JORDI REVERT.

 

Gloriosos anarcas de la comedia, brillantes saqueadores de esquemas, artistas de infinitas subversiones, los Monty Python desempeñaron una carrera cinematográfica en la que la genialidad se ligaba íntimamente a su natural capacidad para pulverizar conformismos y reglas de lo políticamente correcto. No es necesario que John Cleese nos recuerde la tiranía de esa corrección, ese yugo del que la buena comedia solo puede escapar y la mala abrazar con la conservadora esperanza de satisfacer al público más amplio posible. Evidentemente, los Python supieron demostrarse en el cine como grandes transgresores en los que el caos era la hoja de ruta para deshacer la solemnidad y la impostura del relato bíblico (“La vida de Brian” [“Life of Brian), Terry Jones, 1979]) o el de caballerías (“Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores” [“Monty Python and the holy grail”, Terry Gilliam y Terry Jones, 1975]), cuando no volver a la lógica de sketch de su “Flying circus” (“El sentido de la vida” [“The meaning of life”, Gilliam y Jones, 1983]).

De nuevo bajo la batuta de Terry Jones y con el grupo reunido para la ocasión tras más de tres décadas, “Absolutamente todo” no debería alinearse con las cuatro películas que entre los 70 y los 80 constituyeron la expresión cinematográfica de los Python. Se trata de un proyecto que Jones y el guionista Gavin Scott llevan concibiendo desde dos décadas atrás, y en el que desde el primer minuto está ausente esa fuerza creativa conjunta y también el libertinaje asociado a ella. Además de Jones, la presencia de Gilliam, Cleese, Eric Idle y Michael Palin se limita al doblaje de señores alienígenas que sueltan esporádicos chascarrillos. Y en ningún momento, esa secundaria intervención amenaza con hacer descarrilar el conjunto de un camino más seguro y menos estimulante.

La película de Terry Jones podría haber sido una oportunidad de oro para conjugar la gestualidad cómica de Simon Pegg –nunca mejor explotada que de la mano de Edgar Wright en su trilogía Cornetto– con el ingobernable humor Python, pero en su lugar es una comedia romántica al uso en el que no hay margen para la sorpresa. A partir de la premisa de un hombre al que le es concedido cualquier deseo –ya explotada por H.G. Wells en su relato “The man who could work miracles” y revisada en “Como Dios” (Bruce Almighty, Tom Shadyac, 2003), entre otros−, Jones da rienda suelta a una sucesión de gags desde ese mundo de posibilidades que se ofrece, en ocasiones –las justas− atreviéndose a flirtear con la incorrección –variaciones sobre el tamaño del pene, el anhelo de la destrucción de una clase de escolares−, pero nunca traspasando la barrera e instalándose al otro lado de manera apenas consciente. Antes al contrario, la cinta transcurre por los cauces previsibles que llevan al enamorado Neil (Pegg) a tomar consciencia de sus poderes, su responsabilidad moral y su cruzada por conquistar el corazón de su vecina (Kate Beckinsale). Atrás quedan conejos sanguinarios, familias católicas con superpoblación doméstica y el Frente Popular de Judea. Como una jubilación ajena a todo lo que significaron, aquí los británicos se diluyen en un inocuo proyecto de Jones que no parece pertenecer a ninguno de ellos. Y con ellos, la voz de un Robin Williams en póstuma pero olvidable encarnación del perro del protagonista.

 

 

 

Anterior crítica de cine: “High-rise”, de Ben Wheatley.

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