Libros: «Caligrafía de los sueños», de Juan Marsé

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«Marsé pocas veces ha creado un personaje con la fuerza de Victoria Mir, tan indefenso, tan alocado y tan ridículo. Un personaje esencialmente galdosiano que resulta el más verdadero del libro en su búsqueda irrefrenable, atolondrada, obsesiva de esa felicidad representada en el misterio del señor Alonso»

Juan Marsé
«Caligrafía de los sueños»
LUMEN


Texto: CÉSAR PRIETO.


La novela que Juan Marsé ha preparado tras el premio Cervantes tiene una primera escena vertiginosa y magistral: la señora Victoria Mir sale del portal con una bata de enfermera –quiromasajista, se presentará posteriormente– mal abrochada, parece confundida y de súbito coloca el cuello en el raíl inservible de un tranvía que descuidos en el adoquinado dejaron años atrás a la vista. Se acercan mirones burlescos, vecinas, un perro. También un muchacho de unos quince años. La espera de una carta y la tensión entre el muchacho, Ringo, y la señora Mir es el armazón de una novela que el catalán extiende en descripciones pausadas, tan bien cosidas por la mirada del narrador que el lector apenas percibe las transiciones. Si el medio fuera cinematográfico, hablaríamos de un perfecto plano-secuencia.

Los lectores poco atentos harán notar que Marsé siempre escribe la misma novela, y la consideración nos parece falsa e injusta. Acepto la menor, si acaso: Marsé sitúa todas sus novelas en la misma ciudad y la misma época. A partir de aquí ninguna de ellas se teje con similares mimbres. Nunca por ejemplo había aparecido el mundo de los gitanos como en la deslumbrante visita de Ringo al barrio chino, nunca se habían trabajado con tanto detalle esos interiores que casi convierten la novela en doméstica. De hecho, Barcelona es el breve tramo de Torrente de las Flores que va de casa de la señora Mir al bar Rosales, siempre desiertos bar y calle; más allá parece solo existir una ciudad maldita. Nunca había integrado Marsé tantos rasgos autobiográficos –Ringo es adoptado de un taxista, trabaja en una joyería– en un personaje, aunque esta proyección es asunto que no afecta al texto.

Y sobre todo, pocas veces ha creado un personaje con la fuerza de Victoria Mir, tan indefenso, tan alocado y tan ridículo. Un personaje esencialmente galdosiano que resulta el más verdadero del libro en su búsqueda irrefrenable, atolondrada, obsesiva de esa felicidad representada en el misterio del señor Alonso y en una carta –procuraré no desvelar datos esenciales– que al fin y al cabo existe. Frente a ella Ringo es el impasible, el observador, frustrados sus intentos de estudiar música decide aliarse con la palabra para “reinventarse a sí mismo”. Así que la obra es también un elogio de la escritura y de la voluntad, como la de ese niño que da vueltas y vueltas en su bicicleta para poder sostenerse sin ruedines.

La situación política también aparece, pero ya es aquí palabrería que impide encontrar lo esencial. La personalidad magnética del padre de Ringo –contrabandista y ayudante de la resistencia–, la quema de libros y carnets, el cambio de maletines están en el aire. Pero ni para Ringo –es más real la memoria de su pueblo de Aragón– ni para la señora Mir tienen ningún valor. Marsé usa estos mimbres y con ellos ha conseguido un libro excepcional, el final y el sorprendente epílogo demuestran que las ilusiones, el ensueño, son mucho más reales que eso tan extraño que llaman mundo real.

Anterior entrega de libros: “Esta boca es mía”, de Joaquín Sabina

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