“Yo, Tonya”, de Craig Gillespie

Autor:

CINE

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“De la mayoría de filmes biográficos puede esperarse poco. ‘Yo, Tonya’ no consigue librarse de algunos grilletes, pero es lo suficientemente original, reflexiva, autoconsciente y fresca”

 

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“Yo, Tonya”
Craig Gillespie, 2017

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

En 1994, apenas unas semanas antes de los Juegos Olímpicos de invierno, un hombre se infiltró en el polideportivo donde se celebraba el campeonato estadounidense de patinaje artístico y le dio un golpe en la pierna a la patinadora Nancy Kerrigan. El ataque resultó haber sido llevado a cabo de manera chapucera, así que en pocos días el FBI había arrestado a los responsables, que enseguida implicaron en el suceso a la también patinadora Tonya Harding (Margot Robbie) y a su exmarido, Jeff Gillooly (Sebastian Stan). El evento fue enormemente dramático y, sobre todo, mediático.

“Yo, Tonya” no puede evitar ser comprensiva con su protagonista, asumiendo y presentando la narrativa que la propia Harding ha defendido durante años: que no sabía nada del ataque hasta después de que hubiera ocurrido. Sin embargo, y a pesar de aprovecharse del famosísimo suceso para crear expectación en torno al filme, en ningún momento resulta sensacionalista. Haciendo uso de gran cantidad de excesos visuales a su disposición, desde recursos técnicos barrocos empleados con gran maestría hasta la ruptura continua de la cuarta pared, pasando por el uso de varios narradores, se convierte una historia ya de por sí sorprendente en una película que no elige apoyarse simplemente en lo sucedido, sino que consigue construir todo un divertido y fascinante aparataje a su alrededor. En “Yo, Tonya” hay mucho morbo, sí, pero también nos obliga a preguntarnos qué es exactamente lo que nos atrae de la historia contada, por qué nos resulta tan atractivo ensañarnos con el blanco fácil y qué dinámicas (la marginación socioeconómica, la familia nuclear, los estereotipos de género) se esconden y reproducen a través de fenómenos mediáticos tan relevantes, al tiempo que pasajeros, como el aquí narrado.

Es precisamente todo esto lo que hace que “Yo, Tonya” no sea condescendiente con su audiencia, y que en lugar de buscar la empatía absoluta haga uso de la misma para construir una reflexión mucho más amplia y pertinente. Al fin y al cabo, si hay un género cinematográfico estancado en tropos y estructuras es sin duda el biopic. Encorsetadas y apologéticas hagiografías de personajes históricos y vehículos en muchas ocasiones producidos por los propios actores con la intención de triunfar en la temporada de premios, de la mayoría de filmes biográficos puede esperarse poco. “Yo, Tonya” no consigue librarse definitivamente de algunos de estos grilletes, pero es lo suficientemente original, reflexiva, autoconsciente y fresca como para que se le pueda perdonar esta sumisión.

Anterior crítica de cine: “Lady Bird”, de Greta Gerwig.

 

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