Y Chuck Berry cerró el círculo del rock and roll

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“Para qué mutar, explorar, arriesgarse, si ya ‘Maybellene’ contiene todos los componentes del sonido y el imaginario poético que cambió el siglo XX”

 

Julio Valdeón reflexiona sobre la extensa trayectoria de Chuck Berry, desde su despegue como pionero del rock hasta sus últimos días, con el póstumo “Chuck” con el que volvió a sus orígenes.

 

Texto: JULIO VALDEÓN.

 

Verano. Bueno momento para leer o releer los clásicos o acercarse, de nuevo, a los discos y artistas más perdurables. Puestos a buscar titanes, ninguno en la era rock como Chuck Berry. Sus canciones de los cincuenta y principios de los sesenta resultan de una novedad tan urgente que envejecen al noventa y nueve por ciento de las novedades semanales. Imposible sobrevalorar su influencia. Sucesivas oleadas de guitarristas, cantantes y compositores le deben las dimensiones del tablero, las reglas y hasta las fichas del juego. Sin Berry no hay rock and roll. Al menos no tal y cómo lo entendemos. De los Rolling Stones a los Beatles y Bruce Springsteen, la deuda resulta abrumadora.

Su último disco, “Chuck” (Dualtone Music, 2017), publicado al filo del siglo, supuso una anomalía en la saga de entregas con las que el creador se despide. Olviden las agudas reflexiones crepusculares de Leonard Cohen o la intrépida vanguardia del Bowie terminal. Para Berry, que esculpió el núcleo duro de sus hallazgos en los albores de su carrera, no había mejor forma de abandonar el teatro que regresando a la casilla de salida. Para qué mutar, explorar, arriesgarse, si ya ‘Maybellene’ contiene todos los componentes del sonido y el imaginario poético que cambió el siglo XX. La importancia de la guitarra, que pasa a ocupar el trono que fue del piano. La rotunda claridad vocal y la elegancia heredadas de Nat King Cole. La forja de una postura vital, hábilmente forjada en unos textos supremos, a mitad de camino entre una arrogancia juvenil nunca hasta entonces ensayada y la rebelión frente al mundo adulto. La idealización del automóvil como emblema de libertad e icono estadounidense. La desprejuiciada yuxtaposición de elementos del rhythm and blues, el bluesy el country, sin olvidar los préstamos de la música tropical, a la que siempre se mostró mucho más sensible que sus discípulos más garrulos. Estamos, sencillamente, ante uno de los padres del invento, igual que Louis Armstrong patenta el jazz en los parámetros a partir de los cuales evolucionaría y Hank Williams el country moderno.

 

 

Huelga decir que no lo hizo solo. Conviene no olvidar, por ejemplo, a Ike Turner, y por supuesto a Fats Domino. Parece definitivo que publicara sus grandes canciones en el sello Chess de Chicago, cuna del bluesurbano, electrificado para poder escucharse en los ruidosos bares del South Side: el uso del amplificador explica y resume la peripecia vital, económica y social de los afroamericanos, que huyen del sur rural y las perversas leyes Jim Crow hasta la tierra prometida de las ciudades industriales del norte.

Aunque patentó la imagen del rockero altivo y joven, encontró su camino cuando frisaba los treinta. Qué paradójico que el tipo que iba a poner banda sonora a los anhelos adolescentes fuera un hombre hecho y derecho. Un padre de familia que cantaría con gracia imbatible las pulsiones, apetencias y desvelos de los baby boomers. Tampoco su biografía encaja en los patrones al uso. Hijo de una familia de clase media, fue un joven díscolo (por decirlo suave: antes de dedicarse a la música fue condenado por atraco a mano armada y pasó tiempo en el reformatorio) y un aspirante a peluquero y estilista que había trabajado en las cadenas de montaje de la General Motors. Ficha por Chess en 1955 gracias a la mediación deMuddy Waters, que le presenta a Leonard Chess, y acepta sin rechistar el consejo del astuto disquero, que le conmina a desarrollar unas canciones chispeantes con el objetivo de seducir a los jóvenes blancos, la primera generación de la historia que puede prolongar su adolescencia gracias a la inigualable bonanza de los EEUU posteriores a la II Guerra Mundial.

Acusado en 1959 tras emplear de camarera en su club de St. Louis a una chica de ascendencia apache de catorce años, conoció el oprobio del presidio y, una vez liberado, en 1963, descubrió que sus admiradores británicos plagaban los discos con versiones de sus clásicos. Dedicó el resto de sus días a girar sin pausa. A menudo con bandas mercenarias, montadas en cada ciudad que tocaba. Sufrió problemas con el fisco. Huraño y desconfiado, quién sabe si amargado, dueño de esa altivez de los pioneros que nunca se consideran suficientemente reconocidos, parecía resignado a ejercer como tótem y a cobrar en metálico apenas cinco minutos antes de arrancar sus conciertos. Después de un silencio discográfico que parecía definitivo, su último disco, “Rock it”, fue publicado por Atco, un satélite de Atlantic, en 1979. Hizo mutis en 2017 con “Chuck”, esbelto y desacomplejado pepino de rock and roll bien engrasado que sirve para recordar a uno de los imprescindibles. Vendrán otros y harán grandes cosas, pero la sombra de Chuch Berry eclipsará a todos.

 

 

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