“Un lugar tranquilo”, de John Krasinski

Autor:

CINE

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“Hay pocas cosas más perturbadoras que la calma absoluta, esa tranquilidad capaz de crear un vacío tal que nos enfrente a todo aquello que tememos dentro”

 

 

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“Un lugar tranquilo”
John Krasinski, 2018

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

El cine de terror, como otros muchos géneros, ha sido acusado en numerosas ocasiones de ser víctima de sí mismo, de caer en reiteraciones continuas y de repetir las mismas fórmulas hasta la saciedad. Sin embargo, resulta casi imposible prestar un poco de atención a ciertas pequeñas producciones recientes y pretender ratificar dichas afirmaciones. Quizá sea porque vivimos en un momento de especial angustia colectiva o quizá se trate de una mera casualidad, pero la originalidad y frescura de obras tan dispares como “It follows” (David Robert Mitchell, 2014), “La Bruja” (Robert Eggers, 2015) o “Déjame salir” (Jordan Peele, 2017) nos han confirmado una y otra vez que el horror no responde a cánones ni a ataduras. “Un lugar tranquilo” está aquí para recordárnoslo.

Breve e incisiva, la película va directa al grano y nos atrapa irremediablemente desde el primer segundo. La situación a la que se enfrenta la familia protagonista es introducida brutal y despiadadamente, permitiéndonos omitir los posibles agujeros de guion e insertándonos de manera directa en el perverso universo mostrado en pantalla, un lugar (o más bien un tiempo) en el que una raza alienígena que caza a través del sonido amenaza a la población humana, obligada a mantener silencio para poder sobrevivir. Sostenida a partir de un casi perfecto uso de la estrategia de la ocultación (menos es más), un juego sonoro soberbio y, sobre todo, un conjunto de actores cuyos tensos primeros planos quitarían el aliento a cualquiera, “Un lugar tranquilo” es una clase magistral de puesta en escena en torno a una reflexión sobre las ansiedades de la paternidad y de cualquier planificación para el futuro inmediato y sobre lo incontrolable de nuestra atávica tendencia a la comunicación (simple y a la vez sorprendentemente compleja).

Hay pocas cosas más perturbadoras que la calma absoluta, esa tranquilidad capaz de crear un vacío tal que nos enfrente a todo aquello que tememos dentro de nosotros mismos al no distraer nuestra atención con ningún sonido. El silencio al que estos personajes han de someterse es de una naturaleza radicalmente diferente, pero no menos inquietante. Allí donde cada ruido es sinónimo de la tensión más dolorosa, donde relajarse es un lujo que no nos podemos permitir, donde cada despiste equivale a la muerte, allí es donde reside el verdadero terror que destila “Un lugar tranquilo”: en la atención permanente casi paranoide, en la represión de los instintos comunicativos irracionales, en encontrarnos frente a frente con el límite de nuestra propia cordura.

Anterior crítica de cine: “Isla de perros”, de Wes Anderson.

 

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