Un gusano en la Gran Manzana: El adiós a «Treme», la gran serie de David Simon

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«Ojalá ‘Treme’ remonte su descrédito comercial vendiendo toneladas de deuvedés y la HBO permita al reportero con alma de Melville sacar adelante algunos de sus nuevos proyectos»

 

En diciembre, «Treme», la espléndida serie de David Simon («The wire») sobre Nueva Orleans, tuvo que echar el cierre. Julio Valdeón Blanco nos habla de ella.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

A finales de diciembre puso el ancla una serie mayúscula. «Treme», cortesía de David Simon, Eric Overmyer y David Mills (con la ayuda de George Pelecanos y otros fenómenos), habla de la Nueva Orleans post Katrina, de la criminal negligencia de quienes tendrían que haber velado por su seguridad y el despilfarro, el esquilme y las trapacerías de su posterior reconstrucción, de los desplazados por la tragedia y del orgullo de quienes, de rodillas entre los cascotes, rehacen su existencia en la ciudad de los «po’ boy», Congo Square, Jelly Roll Morton, Sidney Bechet y Louis Armstrong. Como antes sucediera con otra obra de Simon, «The wire», solo que al cubo, el recibimiento ha sido bipolar; de un lado la crítica entregada, aunque reservona; del otro un público que tolera mal la narrativa casi microscópica, costumbrista, pegada a tierra. Falta guion, dicen los partidarios de que una serie se sostenga a base de grandes acontecimientos y sucesos imprevistos. Lo contrario a «Treme», claro, que por intención, estética y discurso funciona como antítesis de la «fast-food» televisiva.

No es, sin embargo, una serie difícil, que interpele al espectador en plan machote, aquí tienes algo oscuro, denso y vanguardista, algo con lo que fardar ante las amistades si no roncas antes de cinco minutos, qué va, en absoluto. «Treme» embriaga por su minuciosa escritura, por las soberbias interpretaciones de Khandi Alexander, Wendell Pierce, Rob Brown, Clarke Peters, Melissa Leo, Kim Dickens, Steve Zahn, John Goodman, etc., y resulta obligatoria si encima la música, por la orgía de jazz, blues, country, folk, funk, soul y hasta hip-hop y metal que irriga cada plano. Aunque solo hubiera aquí una intención notarial, mediante el despliegue de actuaciones rodadas en directo y el interminable manantial de talentos, legendarios y anónimos, que desfilan por los capítulos, hablaríamos de un documento único. Sin embargo, lejos de abandonarse a la lógica felicidad de saberse rodeados por semejantes fieras, los creadores de la serie se las ingenian para que cada concierto, cada canción, tenga sentido. No son artefactos lujosos y superfluos, pintureras postales, ornamentales souvenirs, sino cápsulas plenas de emoción que caminan dentro de los guiones, no contra o sobre, enriqueciéndolos.

El problema, casi fundacional en términos de audiencia, llega cuando en vez de una fanfarria de muertos o culos en adrenalínica repetición hablas de las depresiones, creencias, resacas y melancolías de una cocinera, una abogada, un locutor de radio, un escritor, mil y un músicos y, sí, también un policía, pero no como pivote sobre el que vertebrar la serie sino como una tesela, otra, de un inmenso tapiz cuyo asunto central, implícito y explícito, es la recreación y homenaje de algunas de las mejores cosas que Estados Unidos ha legado al mundo. Que hablemos del jazz, y que naciera del vientre del blues y entre los nietos de los esclavos, y que semejante herencia brille en una serie que busca morder tu estómago sin concesiones ni peajes, refuerza la sensación de hallarnos ante un milagro.

Ojalá «Treme» remonte su descrédito comercial vendiendo toneladas de deuvedés y la HBO permita al reportero con alma de Melville sacar adelante algunos de sus nuevos proyectos, que comprenden una serie dedicada a la historia de la CIA y otra centrada en el submundo del porno de Times Square y alrededores en los sesenta/setenta. Porque en sus creaciones no pasa nada, como no pasa nada en «Cuentos de Tokyo», «El hombre tranquilo» o «Hannah y sus hermanas». Nada excepto la vida, que no es poco.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: El blues de las tumbas sin nombre.

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