Un gusano en la Gran Manzana: Cuando Neil Young suena horrible… y mola

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«Un artefacto que suena no ya viejuno sino directamente egipcio. ¡Un golpe de genio! La demostración empírica de que el futuro estaba aquí desde los días a 78 rpm.»

 

Julio Valdeón Blanco está encantado de que Neil Young haya grabado su nuevo disco en la vetusta cabina de Jack White, algo que le parece plenamente compatible con Pono.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Todo dios en España ha escrito alguna tarde sobre José Mourinho y no veo por qué seré el único que se resista. Por ejemplo, la noche está estrellada y Mou enardece de tal forma a sus hombres que a final de temporada nadie se aguanta en el vestuario. El odio atronador, visceral, como motor del triunfo. En el mundo del rock hay quien hizo del enfrentamiento su divisa y quien de la colisión ordeñó grandes frutos. Hippy y orgulloso de serlo, Neil Young se antoja lejos de los modos chulescos y tácticas dinamiteras del ex del Madrid. ¿Seguro? El canadiense ha discutido todo y a todos, y le ha ido bien. ¿No quieres CSN&Y? Toma estampida en mitad de una gira. ¿Crazy Horse dice? Los despido y me paso al vocoder. Con sus manías y perversiones, no sé si a pesar o gracias a ellas, Young impacta. A base de salir por la tangente ha construido una carrera repleta de fabulosas obras. Los patinazos, de alguna forma, ponen en perspectiva lo excepcional.

Achaco al lado gamberro la última de sus aventuras. «A letter home», un disco con temas ajenos. Grabado en una cabina telefónica propiedad de Jack White, ese señor que harto de componer canciones pasó a colgarlas de globos para que las señalásemos con el dedo: «Mira, ahí vuela el nuevo de White». «Me gustaría comprarlo. Al menos oírlo». «Qué dices, hombre, menuda vulgaridad».

La cosa con Young es que ha recaudado tropecientos millones para lanzar Pono y su siguiente paso ha sido entregar un bicho que hace de las grabaciones de Charley Patton en Paramount y Vocalion la oda pluscuamperfecta a la alta fidelidad, una empecinada y excelsa metamorfosis, este «A letter home», ante el que uno se siente como Alan Lomax recorriendo la penitenciaria de Angola. Con la diferencia de que estamos en 2014 y Young tiene los medios y la pasta para grabar a todo trapo. Y sin embargo…

El cerebro se calcifica. Pierde flexibilidad y reflejos. De ahí que los años ochenta, con buena parte de la realeza rock envejecida, fueran pródigos en discos horribles. Clásicos con hombreras. Arrugas mal disimuladas a base de teclados. Sintetizadores como colágeno. Bisturí para borrar patas de gallo. Lo que fuera con tal de que el personal, la industria, los críticos, las radios, no les dieran matarile. Solo quienes pelearon contra el ridículo o los que abjuraron pronto de los aires Don Johnson dejaron obras perdurables. Excepto si te llamas Leonard Cohen y firmas «I’m your man» y «The future», solo al alcance de un monje cachondo y apocalíptico capaz de simultanear la meditación budista con Rebecca de Mornay. En caso de duda, evita sonar como la banda de tu hijo o tu nieto. Aparte, el combate de la inmortalidad, a falta de momentos de inspiración, consiste en evitar el ridículo. Mal asunto si pasas las noches metiendo trucos recién estrenados a lo que solo tú sabías cómo funcionaban y terminarás por fastidiar.

Young inaugura la corriente inversa. Un artefacto que suena no ya viejuno sino directamente egipcio. ¡Un golpe de genio! La demostración empírica de que el futuro estaba aquí desde los días a 78 rpm. Si me das a elegir entre los chasquidos de «A letter home» o el infame saturado de las pistas, la blancura digital y el vacío emocional, tan limpio, tan neutro, tan atronador como hueco de mil y una producciones concebidas para sonar en el supermercado o el metro, lo tengo claro. No me tomen por ludita o nostálgico: modernidad y moda son asuntos distintos, incluso incompatibles. Como luego habrá quien mencione Pono. Qué sucede con Pono. Cómo encaja esto con Pono. Siguiendo el manual mourinhesco diría que uno no conquista la liga de los cien puntos si Arbeloa y Casillas no terminan por aborrecerse. O que si el manual Young fuera obvio, amable, lógico o convencional tampoco disfrutaríamos de «Tonight’s the night», «Rust never sleeps» o «Ragged glory». Ni «Arc» acompañaría el «Metal machine music» de Lou Reed cuando quisiéramos dárnosla de exquisitos, o sea, a la hora de martirizar visitas.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Aventuras en el Planeta Dylan.

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