“Sillas de montar calientes” (1974), de Mel Brooks

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

 

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“La parodia como exceso y exageración hasta el ridículo sirve precisamente para mostrarnos lo artificial y construido de ciertos discursos y narraciones”

 

Elisa Hernández recupera la cinta “Sillas de montar calientes” dirigida por Mel Brooks, una comedia en la que llevó al límite la parodia para mostrar lo artificial de algunas historias.

 

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“Sillas de montar calientes”
Mel Brooks, 1974

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Mel Brooks, de quien Roger Ebert dijo en una ocasión que era el presidente del club de personas que pueden salirse con la suya siempre que quieran, ha creado toda una carrera cinematográfica basada en el concepto de parodia y en la idea de que, en la comedia, todo vale. “Sillas de montar calientes”, estrenada el mismo año que “El jovencito Frankenstein” y apenas dos antes de “La última locura”, no solo no es la excepción, sino que nos presenta a un Mel Brooks en lo más alto de sus alocadas capacidades creativas.

 

 

Es 1874 en el viejo oeste. El fiscal general del Estado (Harvey Korman) envía a un sheriff de color, Bart (Cleavon Little), al pequeño pueblo de Rock Ridge, con la intención de hacer abandonar a todos los habitantes y poder construir el ferrocarril que sin duda le hará millonario. Sin embargo, con la ayuda de Jim “Waco Kid” (Gene Wilder), Bart conseguirá ganarse la confianza de sus nuevos conciudadanos y defenderá Ridge Rock cueste lo que cueste.

El filme no tiene una estructura narrativa coherente, los personajes no resultan del todo creíbles y en general la trama es simplemente una acumulación desordenada de divertidos gags de todo tipo, desde un chiste recurrente basado en la confusión con el nombre de uno de los protagonistas (y la actriz Hedy Lamarr, a quien al parecer la cuestión no le hizo demasiada gracia) hasta un grupo de cowboys con flatulencias, pasando por gran cantidad de ridículos anacronismos. Pero es gracias a lo caótico del conjunto que la película nos permite hacer una interesante reflexión sobre lo aleatorio y casual de la construcción de la historia de Estados Unidos como nación, además de criticar y satirizar el racismo intrínseco y omnipresente en cómo el país se entiende a sí mismo (algo que, lamentablemente, no parece haber cambiado demasiado desde finales del siglo XIX o los años 70).

 

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La parodia como exceso y exageración hasta el ridículo, como la que existe en “Sillas de montar calientes”, sirve precisamente para mostrarnos lo artificial y construido de ciertos discursos y narraciones. Por eso mismo, dentro el contexto del cine de Hollywood dónde quizás parece tener más sentido es en el género del western, que no ha sido otra cosa que un dispositivo de creación y reproducción de una mitología fundacional por y para la nación norteamericana. De ahí que la radical ruptura de la cuarta pared en el cierre del filme, convertido a través de un tropo espacial no solo en la película que se está realizando sino en espectáculo que los mismos personajes pueden seguir en la pantalla, es la confirmación de que toda historia, provenga de donde provenga, es precisamente eso, una historia narrada, contada y, por tanto, creada.

 

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Funny Games” (1997), de Michael Haneke .

 

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