“Shake some action” (1976), de The Flamin’ Groovies

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OPERACIÓN RESCATE

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“Las guitarras son resplandecientes y las armonías brillantes”

 

Fernando Ballesteros nos acompaña hasta 1976 para recuperar el cuarto trabajo de The Flamin’ Groovies, “Shake some action”. Un disco crucial en su trayectoria, marcado por los cambios en el seno de la banda de San Francisco y los nuevos aires beat.

 

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The Flamin’ Groovies
“Shake some action”
SIRE RECORDS, 1976

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Muchas veces, y más en secciones como esta, hablamos de grupos que no obtuvieron el reconocimiento que, posiblemente, merecieron. El caso de Flamin’ Groovies es singular. Lo de esta banda son dos historias en una. Dos sonidos muy diferentes, dos etapas en la que el éxito se resistió aunque el talento sobrara. Buena culpa de ello la tuvo el hecho de que nadaran a contracorriente. En plena explosion hippie y en San Francisco, ellos cultivaron un rock and roll que nada tenía que ver con el sonido ni con la imagen que lo movía todo en la ciudad. No, no fueron profetas en su tierra.

A pesar de todo, su primera grabación, el autoeditado epé “Sneakers”, les valió para firmar por Epic. Con ellos registraron “Supersnazz”, un disco con cuyo sonido no quedaron contentos. Los Flamin’ eran conscientes de que aquella rodaja no había plasmado la energía de la que hacían gala en directo. Y esa vena energética de sus directos la iba a seguir cultivando el vocalista Roy Loney, con una sensibilidad y unos gustos que cada vez se distanciaban más de los del guitarrista Cyril Jordan.

La brecha entre los dos cerebros de la formación se haría más evidente en “Flamingo”, el primero de sus dos álbumes para Kama Sutra. La escena de Detroit, con cuyas vacas sagradas había compartido escenario –Stooges y MC5, entre ellos–, influyó a Loney, que se llevó el ascua a su sardina tanto en este disco como en su sucesor e igualmente sobresaliente “Teenage head”. Pero un epé y tres elepés después, el éxito no había llamado a su puerta y la ruptura con su sello discográfico, que se acercaba, iba a marcar el final de esta etapa rockanrollera, sucia, boogie… En el horizonte estaba la perfección pop, y a ella se iban a dirigir.

 

Nueva formación
Ni la división ni el nuevo rumbo se fraguaron de la noche a la mañana, y tampoco iban a tener a los mismos protagonistas. De entrada, James Ferrell llegó sustituyendo al guitarra Tim Lynch, cuya marcha no sentó nada bien a un Roy Loney que veía que aquello se estaba escapando a su control, hasta que produjo el divorcio y su marcha del grupo para dejar su lugar a Chris Wilson. Con el nuevo vocalista intentaron seguir con el sello Kama Sutra, de hecho, grabaron varias canciones, pero aquello no fructificó. Con la carta de libertad en el bolsillo, hicieron las maletas para marcharse a Londres. Corría 1972, el comienzo de los años difíciles, en los que no se veía la meta. Al año siguiente volvieron a Estados Unidos con más cambios: Danny Mihm se fue, entró Terry Rae y trabajaron para Capitol. Una vez más, agua. No hubo resultados destacables.

La llamada de Greg Shaw, el capo de Bomp, en 1975, cambió las cosas, grabaron un single para él y, sobre todo, les puso en contacto con Seymour Stein para cuya compañía Sire grabarían los tres siguientes trabajos. Los tres grandes discos de su etapa beat. El primero de ellos el grandísimo “Shake some action”.

Para la ocasión recuperan grabaciones de esa travesía del desierto que fue el periodo 72-75, vuelven a Inglaterra y ya con David Wright a la batería le dan forma a una obra magna del pop. El disco vio la luz en junio de 1976 con ‘You tore me down’ y el tema titular rescatados de las sesiones que en el 72 les dirigió un Dave Edmunds que iba a producir magistralmente el disco.

 

 

Hay canciones que valen toda una carrera y esta es una de ellas, pero es que aquí había mucho más. Estamos ante un disco que, si hubiese sido lanzado una década antes, habría mirado cara a cara a todas las grandes obras del prolífico periodo 66-67. Pero estábamos en el 76, asomaba el punk, el glam había vivido su época de esplendor. Los Groovies llegaban tarde a los sonidos cristalinos deudores de los Beatles, los Byrds y otras luminarias.

“Shake some action” es una maravilla en la que las guitarrras son resplandecientes y las armonías brillantes. Además, el grupo tiró de gusto para completar seis versiones. Aquí hay sitio para releer el ‘Misery’ de sus adorados Beatles, ‘Let the boy rock n’ roll’ de Lovin’ Spoonful ó ‘Don’t you lie to me’ de Chuck Berry.

Las composiciones propias, aparte de la que da título al disco, no desmerecen. Más bien al contrario. El binomio Jordan-Wilson se muestra perfectamente engrasado dando como frutos baladas del calado de ‘I saw her’, explosiones de sentimiento como ‘Teenage Confidential’ o la rápida, alegre y armoniosa ‘Please please girl’.

 

 

Jordan por fin había llegado al lugar que quería. Su locura beat no era casual ni repentina. Él sostiene que aquel sonido era el que siempre había tenido en la cabeza desde los stonianos y hasta high-energy tiempos de Loney. La evolución, las idas y venidas, finalmente le permitieron moldear un grupo que respondía al cien por cien a sus gustos.

Estribillos pegadizos, canciones redondas, coros perfectos, “Shake some action” es pop. También lo fueron “Now” dos años más tarde y “Jumping in the night”, que saldría a la venta en 1979. Dio igual, aquellos discos fueron igualmente ignorados por el gran público y vieron reducido su espacio en las enciclopedias de la música pop. Hasta que un día compruebas que Greil Marcus ha resumido la historia del rock and roll en diez canciones, y que una de ellas, la primera del libro, es ‘Shake some action’, y te alegras, porque al final del camino siempre se hace algo de justicia.

 

 

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